Ser Senior en una pandemia

Hace un año se declaraba por la OMS la actual pandemia. Quizás sería momento para hacer balance sobre la gestión de esta crisis sanitaria a escala global, a fin de ir mejorando las intervenciones institucionales frente a situaciones inéditas que afectan a la salud pública. Este nuevo coronavirus modificó nuestros estilos de vida, de Oriente a Occidente, sin apenas poder asimilar cada día la magnitud de esta guerra sin cuartel frente a un microorganismo. En el caso de Europa, y concretamente de España, hay habido un segmento de la población que sufre como la víctima principal del COVID-19, las personas mayores. Más de 27.000 ancianos fallecieron con coronavirus o síntomas compatibles en alguna de las más de 5.400 residencias públicas y privadas, desde el pasado mes de marzo de 2020, en todo el territorio estatal.

Ante tales cifras devastadoras, yo al menos no tengo duda sobre las actuaciones diligentes de la mayoría de responsables y profesionales del sector sociosanitario en España, donde estuvieron meses desprovistos de los recursos protectores y combativos ante la sangría humana en estas residencias durante el estallido del primer brote. Pero igualmente, las autoridades competentes deberían reabrir aquel debate sobre el nuevo modelo de atención a las personas de edades avanzadas, desde la unidad y el consenso entre las comunidades autónomas, para reforzar nuestro sistema nacional de salud. Ya descubrimos que tenía fallos, a pesar de su supuesta excelencia y universalidad.

Ahora sabemos más sobre la especial vulnerabilidad de los adultos mayores frente al COVID-19, por razones de salud, dependencia o soledad, que obliga moralmente a resarcir tanto daño y dolor en miles de familias en nuestro país. Las investigaciones multidisciplinares sobre el impacto de la pandemia y sus secuelas debieran retomar la relevancia en la agenda política española y europea, siendo conscientes que el tiempo de pandemia no ha cesado y que irán surgiendo nuevos brotes y cepas. Sin duda la vacunación es la salvación de urgencia para generar inmunidad adquirida contra esta enfermedad, mientras los gobiernos deben implementar estrategias de intervención y control de este maldito virus. La ciudadanía busca certezas en la Ciencia y la Política, entendida como una alianza de defensa ante los embates en los puntos de flotación de las sociedades occidentales, evitando así la crispación política y el caos social, que algunos sectores de ideologías extremistas estimulan contra nuestras democracias.

Por suerte, la generación actual de septuagenarios y más, supieron aplicar el silencio y la resiliencia frente a las adversidades de una guerra civil en España y la dictadura franquista. Son personas supervivientes, quienes en contextos de carencia material y de represión política, avanzaron hasta la conquista de los derechos democráticos que hoy disfrutamos en libertad, justicia y paz el resto de generaciones. Así, ellos y ellas merezcan nuestros mejores cuidados y atenciones para continuar conviviendo y transmitiendo sus experiencias de vida. La solidaridad intergeneracional es la estrategia de adaptación a cualquier realidad, desde el conocimiento y las emociones compartidas, pues cuando todas las partes están dispuestas a colaborar en la mejora de las condiciones de vida, desde el sistema de pensiones públicas hasta las ayudas recíprocas entre miembros de las familias, progresamos como sociedades.

¿Qué le ha ocurrido a la ciudadanía senior en tiempo de pandemia?

Como inicié este artículo, ha habido casos de vulneración de derechos humanos de las personas mayores relativos a la asistencia sanitaria, que perjudicaron el estado de salud de residentes en centros geriátricos en España. La muerte es connatural al ser humano, pero podría haberse paliado con cuidados del final de muchas vidas, que se encontraron en situaciones de soledad no deseada y sin despedidas con seres queridos. Hubo quienes fueron abandonados a su suerte por desprotección en las residencias durante la pandemia, como denuncia Amnistía Internacional España, ya que las decisiones de determinadas autoridades de no derivar a las personas mayores enfermas a los hospitales se aplicaron de forma automatizada y en bloque, sin llevar a cabo valoraciones individualizadas. También, hubo decisiones públicas que impactaron en el derecho a la vida privada y familiar, y en el derecho a tener una muerte digna.

En aquel escenario de falta de respuestas desde las instituciones competentes y las empresas privadas del sector, se contrapone al ingente esfuerzo realizado por el personal sanitario y de residencias durante este annus horribilis. De ahí, la necesidad de reparar justamente algunas consecuencias de esta tragedia nacional e internacional, que se ha cebado con las vidas de nuestros padres y madres, abuelas y abuelos. ¡Nunca más, por favor!

Igualmente, se produjeron situaciones de discriminación por edad en distintos ámbitos de la sociedad española. Aún recuerdo con agravio ciertos titulares mediáticos, palabras de representantes políticos y medidas gubernativas de desescalada con tono edadista, que atentaban contra la dignidad de los seniors. Matia Instituto investigó sobre la desigualdad social a través de las opiniones y actitudes sobre las personas mayores en la crisis del coronavirus en España, concluyendo que los discursos paternalistas de políticos, periodistas y médicos, unido a las generalizaciones sobre las personas mayores como enfermas, fueron aceptadas por la sociedad en general para justificar medidas discriminantes hacia estos adultos, con efectos dramáticos en sus vidas durante el confinamiento domiciliario y las restricciones de movilidad posteriores.

En definitiva, los estereotipos de la vejez y el envejecimiento simplifican la diversidad humana hasta negativizar el proceso natural que lleva a tal etapa de la vida en Occidente; incluso infantilizando el trato hacia personas de edades avanzadas, despojándolas de su propia autonomía personal. Por eso, estoy convencido de la importancia de la educación en igualdad etaria, desde la infancia hasta la senectud, evitando así cualquier tratamiento por condiciones de discapacidad, enfermedad o fragilidad de las personas mayores, como recomienda la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología. Es un reto social que debe iniciarse en las familias, como célula básica societaria, para aprender a tratarnos con respeto y empatía, no por razón de la edad, sino por la experiencia de vida. La cultura del buen trato senior debe emerger y consolidarse en una sociedad para todas las edades, si aspiramos a que nos tratan como merecemos el día de mañana.

 

Santiago Cambero Rivero

Doctor en Sociología y Máster en Gerontología Social

Profesor de la Universidad de Extremadura

Dirección de correo: scamriv@unex.es

Twitter: @santiagocambero

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