Los graves peligros de la soledad son conocidos desde hace tiempo, sin embargo los mecanismos celulares por los que esta provoca resultados adversos para la salud no se han estudiado en profundidad. Ahora, un equipo de investigadores ha publicado un estudio que arroja nueva luz sobre cómo la soledad provoca respuestas fisiológicas que a la larga nos pueden hacer enfermar.

Para los adultos mayores, se percibe que el aislamiento social es un importante riesgo para la salud que puede aumentar el riesgo de muerte prematura en un 14 por ciento.

El documento, que publicado el 23 de noviembre en  Proceedings of the National Academy of Sciences, muestra que la soledad conduce a luchar o huir del estrés de señalización, lo que puede acabar afectando a la producción de células blancas de la sangre. El estudio examinó la soledad de los seres humanos y los macacos rhesus, una especie altamente social de primates.

Investigaciones anteriores de este grupo habían identificado una relación entre la soledad y un fenómeno que llamaron “respuesta conservada transcripcional a la adversidad” o CTRA. En esencia, las personas solitarias tenían una respuesta inmune menos eficaz y más inflamación que las personas no solitarias. 

“LA SOLEDAD ES MÁS QUE UN SENTIMIENTO”

Para el estudio actual, el equipo examinó la expresión de genes en los leucocitos, las células del sistema inmunológico que están implicadas en la protección del cuerpo contra las bacterias y los virus.

Como era de esperar, los leucocitos de las personas solitarias y los macacos mostraron los efectos de la CTRA – un aumento de la expresión de genes implicados en la inflamación y una disminución en la expresión de genes implicados en respuestas antivirales. Pero el estudio también reveló nuevas pistas importantes sobre el efecto de la soledad en el cuerpo.

En conjunto, estos resultados apoyan un modelo mecanicista en el que la soledad resulta en la lucha o huída al estrés de señalización, lo que aumenta la producción de monolitos inmaduros y lleva a la regulación de los genes inflamatorios y respuestas antivirales deterioradas. Las “señales de peligro” activadas en el cerebro por la soledad en última instancia, afectan la producción de glóbulos blancos

El equipo tiene previsto continuar la investigación sobre cómo la soledad conduce a malos resultados de salud y cómo estos efectos se puede prevenir en los adultos mayores.

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LA SOLEDAD DE LAS PERSONAS MAYORES – Juan Carlos Bermejo (Humanizar)

La experiencia de los mayores es cada vez más objeto de interés y atención por parte de la sociedad en general. Quizás no sólo porque por razones demográficas éstos sean cada vez más numerosos, sino también por una creciente sensibilidad ante las situaciones sociales que presentan una cierta vulnerabilidad y requieren lo mejor de la condición humana para salir al paso de las necesidades que presentan.

El ser humano es un ser social por naturaleza, desde que nace hasta que muere. Necesita de los demás para vivir. Su condición de fragilidad le hace solidario a la vez y le pone en comunicación con los otros, no sólo para subsistir, sino también para evolucionar hacia la realización personal: ser quien realmente es.

Pero la realización de nuestro ser social se ve facilitada en los diferentes momentos de la vida por diversas situaciones: el ser niño y las reacciones que provoca en los demás, el proceso de socialización y educación propio de la escolarización y la educación, la formación de proyectos vitales como la familia u otras opciones de convivencia, el ejercicio del rol profesional, etc.

La soledad surge, entonces, de la tendencia inmanente de todo ser humano a compartir su existencia con otros. Si esto no se logra, surgen la vivencia de estar incompleto y la desazón derivada de ello.

En la soledad, el ser humano añora la fusión con otra u otras personas y desea la comunicación para la subsistencia o para lograr la intimidad. Por eso, la soledad se nutre de una sensación de vacío y de la experiencia de una “falta de algo” que se necesita o aparece cuando el sujeto no halla un “otro” afín con el que complementarse.

Todo ser humano tiende al encuentro, a la relación vital y significativa con los demás, para ocupar sus espacios vacantes previstos para el destino de su ser relacional. Por eso, cuando una persona busca a alguien y descubre que nadie está disponible para ella, que nadie satisface sus necesidades (de cualquier naturaleza), que nadie se ocupa de ella en un sentido singular y profundo, que a nadie importa directa y verdaderamente, o que no hay nadie buscándola o esperándola, se inunda de pena y vacío.

Cuando la persona comprueba que no puede, que no tiene opción para establecer ese contacto humano que le permite ser quien es y que cualquier persona necesita, entonces aparece la soledad.

Soledad es, por consiguiente, el convencimiento apesadumbrado de estar excluido, de no tener acceso, quién sabe por qué, a ese mundo de interacciones tiernas y profundas del que todos creemos idealmente que los convivientes disfrutan. Soledad es, pues, la

constatación de que no se tienen las oportunidades y las satisfacciones de las que los demás participan.1

Se produce un “déficit relacional” o de valor en las relaciones interpersonales que hace que la experiencia sea desagradable.

La vejez es uno de esos momentos en los que más fácilmente se puede experimentar la soledad. Por definición, esta etapa de la vida va a compañada de una sucesión de pérdidas, como el trabajo, el status social, el cónyuge, algunas capacidades físicas, etc., que facilitan la experiencia de la soledad.

Una consideración superficial de la vejez nos podría llevar a considerar que todas las personas mayores se sienten solas. Sin embargo, los estudios no muy lejanos realizados en España, con el rigor propio de la investigación científica, muestran que la mayoría de las personas ancianas no se sienten solas, sino que la soledad la acusa un 8% del total2 de personas mayores. Sin duda, no es un problema desdeñable, sobre todo si pensamos en la experiencia de cada una de las personas incluidas en ese porcentaje, pero tampoco puede mantenerse el estereotipo de que todas las personas mayores están solas, se sienten solas y menos aún que estén abandonadas.

Aunque la soledad no produce síntomas externos graves, quienes la padecen afirman que se trata de una experiencia desagradable y estresante, asociada con un importante impacto emocional, sensaciones de nerviosismo y angustia, sentimientos de tristeza, irritabilidad, mal humor, marginación social, creencias de ser rechazado, etc. Todo ello hace de la soledad de los mayores un particular tema de estudio e interés, especialmente para quienes desean salir al paso de las necesidades de este grupo de personas.