Cuando le pregunté a Madame Narp su edad, para un estudio estadístico que estaba haciendo en aquel momento, las opciones eran más o menos de 85 años. Madame Narp con esa mirada pizpireta y risueña que es la suya, me contestó:

Pongamos menos de 85, total, cumplí los 86 hace solo dos semanas.

La coquetería, esos aires risueños no tienen edad, verdad ?. Ni nacionalidad. Vivo en Francia desde hace ya muchos años, y lo puedo constatar de primera mano.

Hablo mucho con personas mayores en Paris, en particular señoras mayores, y muchas se quejan, como hizo Madame Narp aquel día, de que no hay hoy en día ropa adaptada para ellas. En las tiendas solo se encuentran faldas demasiado cortas, encima de la rodilla, vestidos sin mangas, zapatos con demasiado tacón o con demasiado poco, o… esas horribles zapatillas de deporte.

Cuando llegué a Francia, una de las cosas que más me llamo la atención fue la osadía (sobre todo femenina) en términos vestimentarios. Yo misma educada en el post franquismo, con uniforme verde y marrón oscuro hasta casi la entrada en la Universidad, tenía una mirada hosca y un uso bastante rústico de la moda. Las mujeres francesas osaban acortar las faldas a unas alturas simplemente espeluznantes para mí, o unos escotes desafiando las leyes de la gravedad… por no hablar de los cambios radicales de estilo y coloridos según las tendencias del año. Eso sí, según avanzamos en edad, las personas mayores se vuelven más refractarias a la moda, menos osadas a la hora de probar nuevas texturas, longitudes de mangas o los nuevos colores fluorescentes.

Según un estudio de Kantar WorldPanel, las cifras de estudios de mercado son claras al respecto: las féminas mayores de 50 años son las más pujantes del mercado, en 2060 un francés sobre 3 tendrá más de 60 años y según las encuestas un 80% de las mujeres de más de 70 años manifiesta tener dificultades para encontrar algo adecuado en las tiendas.

¿Cómo es posible que en el país donde nació la ‘haute couture’, que dicta una buena parte del ‘diktat’ de la moda, la cuna de la elegancia, las personas mayores no encuentren ropa adaptada a ellas? ¿Es que ser mayor tiene que ser sinónimo de perdida de estilo, estilo sin gracia, sin clase, descafeinado?

¡No!

Es interesante constatar que algunos de los diseñadores más influyentes del mundo de la moda son estilosos octogenarios, Karl Lagerfeld, Sonia Rykiel, Ralph Lauren, Valentino, Vivienne Westwood…

Por ello, recibir estas quejas de mis amigas mayores me llena de alegría, porque me confirma que a toda edad, buscamos el estar a gusto con su físico, estar orgulloso de su imagen y de esa aura que desprendemos. El estilo no tiene edad. Bien es cierto que la sociedad de hoy en día fomenta un canon de belleza muy particular, chicas adolescentes tipo eslavas, altas, rubias y delgadísimas. Yo, con mi cuarentena recién estrenada, más o menos bien llevada, me siento excluida y fuera de esos baremos… ¡imaginemos las personas mayores!

Pero al mismo tiempo, nunca antes ha habido tantas tiendas de ropa y de moda en las calles principales de nuestras ciudades y a precios tan asequibles. Encontrar las prendas acertadas puede llevar tiempo, pero faldas de todas las longitudes existen, vestidos de mangas largas o cortas también, o esas camisas de seda con colores tan favorecedores… ¡y qué decir de la colección de jerséis en cachemira de la temporada pasada! Es cuestión, eso es cierto, de organizar la salida y redescubrir el placer del shopping… ¡nunca antes ha sido tan asequible!

Madame Narp me diría, con sus malas pulgas cuando le salen: si, podemos encontrar artículos que nos vayan… pero cada vez es más difícil abrocharse ese botón cerca del cuello o cerrar una cremallera mal posicionada. Es verdad. Pero ya hay empresas, como mi amiga Dora, que han pensado y creado colecciones estilosas, confortables y aunando la facilidad para ponérselas y quitárselas especialmente concebidas para personas mayores.

En una importante conferencia del año pasado, con todos los actores de la “Silver Economy” reunidos y altos cargos de la administración, la entonces ministra de la tercera edad dijo en su alocución: Señoras y señores de la “gran edad” (como dicen aquí en Francia), ¡No pierdan la coquetería!

En su momento me pareció muy frívolo, pero con el paso del tiempo me he dado cuenta de la trascendencia de la frase. Si, trabajemos activamente nuestra coquetería, las ganas de gustar a los demás, de mostrar lo mejor que tenemos y somos. La belleza, el estilo no tienen edad. Sentirse guapo, a gusto con su imagen nos da mucha seguridad en nosotros mismos a la hora de afrontar a los demás. Seamos todos actores del cambio de los cánones de belleza actuales. Valoremos, mostremos la belleza de los mayores tanto como podamos, ayudándoles a encontrar esas buenas prendas tan asequibles en las nuevas cadenas de tiendas, y sobre todo, reenviándoles una imagen positiva. Abuela, ¡qué bien te queda esta falda! Estas guapísima con ese color de «’rouge à levres » ! Me lo prestas?

Por cierto, quizá le regale a Madame Narp uno de estos nuevos « plumas » tan finos, ligeros y calurosos, elegantes y confortables que cuestan dos duros en el Uniqlo !

Regina Hernanz de Benoist

Fundadora y presidenta de La maison Felippa. Un club de actividades de nueva generación para la cuarta edad en Paris.

Tras 15 años como ejecutiva en el mundo de las telecomunicaciones, Regina ha desarrollado fuertes competencias en gestión, finanza y en la coordinación y gestión de equipos multidisciplinares en un entorno multicultural. Su abuela Felipa se despide de la familia en 2012, y es en ese momento en el que Regina decide romper con su carrera y lanzarse y entregarse de lleno a una nueva aventura social, más acorde con sus valores y expectativas personales.

Comprometida con dos asociaciones especializadas en la vejez y un par de diplomas nuevos en su haber, La maison Felippa verá la luz a finales de 2015. Su objetivo es contribuir al cambio de paradigma sobre la vejez en nuestras sociedades occidentales, y comenzará con un club de actividades de nueva generación para los octo+ (octo-plus) en Paris, ciudad donde vive Regina con su marido y sus cuatro hijos.