La idea de este artículo surge a partir de una visita fugaz, más bien de una huida en uno de esos grandes almacenes bien conocidos por todos. La señalética me indicaba cada sección y las escaleras me dirigían hacia el laberinto de marcas, colores y productos que no necesitaba, pero que avanzaban las tendencias que estaban por venir. Buscaba la salida pero eran demasiados los estímulos de la nueva temporada.

En esa vorágine loca por estar a la última, había perdido la medida y confundido el propósito. “Parece mentira que siendo ‘perro viejo’ no busques el ascensor” me dije.

Aquí quería llegar, a recuperar la palabra viejo sin pudor.

Todos los que nos leemos a través de este punto de encuentro sabemos que cumplir muchos años es sin duda la mejor de las opciones. ¡Un éxito! y lo digo con alegría en mi rostro y con la intención de compartir la siguiente reflexión.

Si el mercado distingue aquellos bienes nuevos y viejos, lo hace con premura para acelerar el consumo y sabemos que en ese afán, las personas siempre pierden. No hay quien lo pueda soportar mucho tiempo. Al igual que perseguir ser joven eternamente, la insatisfacción consumista es perpetua.

En paralelo, nos caducan aquellos que sólo por un ratito, serán aquello que fuimos, efebos inseguros, arrogantes y estúpidos.

Llegar a viejo es el destino común más deseable y sin embargo esa misma masa que consume como si no hubiera mañana, lo rechazan de una manera furibunda. Conviene añadir que lo podemos celebrar gracias a haber nacido en esta época de adelantos tecnológicos, salud (casi) universal y apoyos sociales.

Cuando usamos sinónimos a viejo lo hacemos para omitir una palabra que desde siempre había tenido una connotación positiva, contribuyendo a convertirlo en el tabú que el capitalismo fomenta. Sin quererlo somos cómplices de ese silencio. ¿Y qué pasa con aquellos que les gusta autodenominarse como viejo/vieja? ¿Y qué hay de nuestros amigos de Latinoamérica que usan ese adjetivo sin problemas?

El tono es lo que importa así como los adjetivos que lo acompañan.

Usemos viejo sin sentir miedo a ofender

Si bien los logos no visten, las etiquetas no nos definen en toda su dimensión. Cualquier estereotipo se queda corto pero viejo es mi futuro, con arrugas que interpretaré como heridas de guerra o señales de una resaca festiva y con canas como destellos de luz y serenidad.

Francisco Olavarría Ramos

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