Personas mayores durante el COVID-19

Estos días que nos encontramos bajo los efectos de la pandemia por coronavirus (Covid-19) la vejez está más presente que nunca en la prensa y en los medios de comunicación.

El hecho de considerar a las personas mayores como población de riesgo ha hecho visible muchas situaciones que, a pesar de que ya existían antes, se han visto agravadas por el confinamiento. Dos situaciones de las que se ha hablado mucho son las personas mayores que viven solas y las que viven con una persona cuidadora no profesional o con un cuidador/a principal.

Por un lado, en los últimos años se ha puesto sobre la mesa la existencia de personas mayores que viven solas y se sienten solas. Según el Instituto de Estadística de Cataluña (a partir de los datos de la Encuesta continua de hogares del Instituto Nacional de Estadística) en el año 2018 en Cataluña el 19,3% de las personas con edades comprendidas entre los 65 y 79 años vivían solas. Cuando son mayores de los 80 años viven solas el 32,25%.

El confinamiento ha tenido el efecto de reducir las interacciones que tienen estas personas mayores. En la investigación exploratoria sobre efectos y vínculos con los proyectos intergeneracionales, estudio que realizó la Fundación Pere Tarrés para la Fundación Cuberes-Donlo en el año 2016, se analizaron los impactos positivos de los programas que palían el aislamiento de las personas mayores. Se comprobó que estas mejoras se concretan en cuatro áreas:

• La salud: mejora de la salud emocional, creación de rutinas y hábitos y el aumento de contacto con el exterior.

• De aprendizajes: ayuda al mantenimiento de las capacidades cognitivas y de la comunicación, contribuyendo a la ruptura de estereotipos entre la gente joven y la gente mayor.

• De participación: aporta nuevas relaciones personales, posibilita la participación en nuevas actividades.

• De seguridad: incrementa el sentimiento de seguridad y protección, aporta aprendizaje de pautas de seguridad para relacionarse con el mundo exterior, mejora la prevención e identificación de problemas de salud, de higiene y de alimentación.

En la situación actual, hay que valorar que estos programas han hecho esfuerzos para adaptarse a esta situación y continuar atendiendo a las personas mayores, ofreciéndoles acompañamiento y apoyo desde el confinamiento.

Por otra parte, hemos visto que debido a que las medidas aprobadas por el Gobierno español en relación a la pandemia del Covid-19, algunos servicios y equipamientos dirigidos a las personas mayores han tenido que cerrar provisionalmente, como por ejemplo los Centros de Día. Las personas que eran atendidas en estos centros, por lo tanto, han permanecido confinadas en sus domicilios, y este hecho, aunque no se conoce exactamente el impacto que ha podido tener, podemos intuir que ha influido en la calidad de vida de las familias cuidadoras.

En este sentido, y en relación a la calidad de vida de las personas cuidadoras no profesionales, la Fundación Pere Tarrés en los últimos años trabaja en una línea de investigación específica (con la financiación del Ministerio de Sanidad y con cargo al 0,7% de IRPF). Se ha comprobado que uno de los elementos que más afectan a la calidad de vida de estas personas es el apoyo que reciben por parte de otras personas o bien de instituciones. En la situación de confinamiento se prevé que no se habrán podido dar todos aquellos apoyos que se recibían antes de la pandemia.

Por otra parte, como se ha comprobado en los estudios especializados, entre ellos el elaborado por la Fundación Pere Tarrés, el perfil de las personas que asumen el cuidado de un familiar en situación de dependencia suele ser una mujer.

Desde un punto de vista laboral, es de prever que en el caso de aquellas personas cuidadoras no profesionales que trabajan, les será muy complicado poder conciliar su vida laboral y familiar.

Finalmente, también se está observando que se están llevando nuevas iniciativas, por ejemplo, la Declaración a favor de un cambio necesario en el modelo de cuidados de larga duración en nuestro país, en la que se anima a poder hacer un análisis del sistema de cuidados de larga duración (tanto las carencias que la pandemia ha hecho visibles como las fortalezas) para hacer frente a los retos que nos plantea el futuro. En este sentido se apuesta por un modelo integral en el domicilio que integre a todos los agentes implicados.

En definitiva, la situación actual genera una oportunidad para poder reflexionar sobre el papel que pueden tener los actores implicados en el entorno domiciliario para garantizar una mejora de la calidad de vida de las familias cuidadoras y de sus familiares en situación de dependencia.

 

March Cadafalch

Coordinador de formación en la Fundación Pere Tarrés y especializado en envejecimiento activo y formación de personas cuidadoras

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