Hoy he decidido tomarme la libertad de poner voz a C.A., una mujer de 51 años con discapacidad intelectual.

Hace unos días, durante el taller de Preparación para el envejecimiento compartimos una serie de experiencias personales, profundizando en los aspectos más emocionales y las características individuales que nos permiten afrontar la etapa del envejecimiento con una visión positiva. Entre reflexiones, observaba cómo los ojos de C.A. se iban tornando cada vez más brillantes, y no se trataba precisamente de una mirada cargada de alegría. De repente, alzó su mano y buscó mi atención para compartir conmigo unas palabras.

“Tengo que decirte algo, llevo un buen rato pensándolo y necesito abrazarte, ¿puedo hacerlo?”.

No lo dudé ni un segundo y acto seguido le abrí mis brazos. Su abrazo fue el más sincero que jamás he recibido. Intenso y fragil, transparente y oculto, lleno de felicidad y necesitado de cariño. Sentí haber recibido todo el cariño que C.A. nunca ha podido repartir a través de su cuerpo. Y a la vez sentí llenar algunos cráteres que su mundo afectivo vislumbraba.

“Lo siento, creo que te he hecho daño”. Me dijo cuando nos separamos de aquel increíble abrazo. 

A través de C.A., una persona en proceso de envejecimiento que vive con una discapacidad intelectual, quiero destacar la importancia del contacto humano. Los gestos del contacto humano se dan por sentados en muchas ocasiones y sin embargo existen muchas personas que no cuentan con la capacidad de iniciarlos. Hay momentos en los que quieren ser abrazadas y se sienten incómodas preguntando por ello, y en otras ocasiones han querido dar a alguien un abrazo y el miedo les ha paralizado.

¿Por qué se te antoja un abrazo? El simple afecto dado y recibido a través del contacto es conmovedor y reconfortante. Es increíble lo que un apretón de manos, un abrazo o una palmada en la espalda pueden hacer. Sin embargo, hay que poner en duda si muchas personas se detienen y se dan cuenta del impacto que tales gestos pueden tener sobre los demás.

Ya por los años 50  René Spitz nos advierte de la importancia del contacto humano en la infancia. Si un bebé no es tocado, acariciado, besado…¿se sentirá querido? Seguramente no. El contacto físico y el afecto adecuados nos hacen sentir seguridad y tener nuestras necesidades satisfechas. Como adultos, continuamos teniendo la necesidad del afecto a través del tacto, desarrollamos “el hambre de la piel”. Con alimentos simples como las caricias, tomar de la mano a o dar un abrazo podemos experimentar una mayor autoestima y confianza, así como una disminución de los estados de depresión y soledad. 

La importancia del contacto humano se magnifica en la población de personas mayores y con discapacidad. Ambos se encuentran a menudo privados del contacto humano, ya que vivimos inmersos en una cultura donde priman valores de una salud sin discapacidad, llena de juventud y energía. Personas mayores y personas que viven con discapacidad, pueden aislarse de la sociedad si residen en entornos institucionales. De este modo, las interacciones con los cuidadores y las visitas de la familia pueden ser sus únicas oportunidades para el contacto humano. Y es el contacto humano el que proporciona la validación para cualquier persona que reciba este pequeño gesto, haciéndola sentir importante y querida. No esperes al 14 de Febrero para decirle a los demás que los quieres, no dejes que su condición de persona mayor o con discapacidad te impida hacerles llegar el afecto que necesitan, demuéstralo durante todo el año a través del tacto. 

Aprende a sentir más y a pensar menos: ¡abraza, besa, coge de la mano y déjate abrazar!

Nuria Carcavilla 

QMAYOR

 

 

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