Olvidar dónde he puesto las llaves o que tengo que ir a recoger a mis nietos a la guardería pueden ser señales de alarma para sospechar de un deterioro cognitivo o una demencia. Sin embargo, estos olvidos cotidianos preocupan cada vez a gente más joven inmersa en vivir a contrarreloj.

En la sociedad actual, y de acuerdo al frenético ritmo de vida que llevamos la mayoría de las personas, es relativamente complicado tener todas nuestras capacidades mentales a pleno funcionamiento. Cada vez son más los casos de personas que, a consecuencia del estrés o de un estilo de vida poco saludable, se quejan de mermas cognitivas como la reducción de la memoria reciente, más despistes y olvidos cotidianos, peor habilidad de concentración, dificultades para comprender problemas o mensajes complejos, o sensación de embotamiento o ‘niebla mental’.

Precisamente los problemas atencionales inciden de lleno en nuestra capacidad para memorizar, y después recordar, nuevos hechos e informaciones. La atención es, por así decirlo, la puerta de entrada a nuestra mente o sistema cognitivo; aquello a lo que no se atiende, difícilmente será captado por nuestros sistemas de memoria para un posterior almacenaje.

Estas limitaciones en la atención pueden provenir, como se ha dicho, del mantenimiento en el tiempo de situaciones de estrés y estados de ansiedad. Si concebimos la mente como un conjunto de sistemas de capacidad limitada, que funciona de acuerdo a principios de eficiencia, ahorro y repartición de recursos, se deriva que cuando dichos recursos están empleándose en otros menesteres (por ejemplo, una atención focalizada reiteradamente sobre pensamientos rumiativos, preocupaciones o, simplemente, la propia vida interna de la persona cuando, por ejemplo, se encuentra triste) no pueden emplearse para otras funciones que pueden ser necesarias en un momento concreto.

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Así pues, el estrés y la ansiedad reclutan cuantos recursos mentales pueden y, en el proceso, dejan al cerebro con poca capacidad ‘computacional’ para efectuar procesos como estar atento a algo que no sea los pensamientos de uno mismo, o memorizar el nombre de la persona que nos acaban de presentar.

En estos casos, la adopción de un estilo de vida lo suficientemente exento de estrés y preocupaciones puede lograr que nuestras capacidades mentales vuelvan a la normalidad; además, los fenómenos de pérdida atencional, despistes y olvidos, o mayor lentitud en la velocidad de pensamiento son perfectamente esperables en el contexto de un envejecimiento normal. Y, contra esto, puede emprenderse acciones para mantener la mente y el cuerpo activos.

La verdadera preocupación debería llegar cuando estos olvidos, despistes o confusiones aparezcan con una frecuencia y gravedad tal que el día a día habitual de la persona se vea afectado, y que su grado de desempeño cotidiano (en el trabajo, en familia, socialmente) se reduzca de manera interferente.

No está de más, ante cualquier sospecha, acudir al médico para poder realizar un descarte y/o diagnóstico, pero tampoco hay que alarmarse en exceso si de entrada existen otros factores que puedan explicar los fallos de memoria o atención.

Andrés Navarro, Neuropsicólogo de la Fundación Alzheimer España (FAE)

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