En Chile el 11,9% de la población total presenta discapacidad visual, y aunque el porcentaje referido a personas mayores se desconoce, lo cierto, es que es una realidad invisible a los medios, junto con otras formas de diversidad funcional. 

Desde hace algunos meses comencé a conocer la realidad de personas mayores que por diversas patologías, algunas genéticas, otras asociadas a enfermedades crónicas, fueron disminuyendo de forma total o parcial su visión, cuando tomaron contacto conmigo los representantes de la corporación de adultos mayores ciegos Baldomero Lillo, en un principio dude, producto de la escasa formación que poseía en torno a lo que pudiese ser trabajar con personas mayores con ceguera, sin embargo, considere este desafío como un aprendizaje, en donde mi apertura a conocer esta realidad y sus miembros no solo serían una intervención grupal más dentro de mi historia como psicogerontólogo, sino que sería un aprendizaje de vida, frente a una condición de la cual yo puedo eventualmente llegar a vivir.  Al conocer sus integrantes comprendí que muchos de ellos desde el inicio de su trayectoria vital sabían el desenlace que tendrían, siempre con la esperanza de que los avances médicos pudiesen lograr detener y revertir este proceso, aun acompañados de este diagnostico construyeron familias, tuvieron hijas e hijos, a los cuales les fueron enseñando el respeto y el significado de lo que es vivir perteneciendo a la diversidad funcional.

Uno de los primeros relatos que obtuve al conocer a los integrantes de este taller, fue una adulta mayor, la cual me revelo, que ella pese a sus problemas médicos, siempre mantenía una postura estoica para trasmitir en la generatividad sus nietos que se puede ser absolutamente independiente pese a lo que la sociedad cree, ella en sus rutinas aparte de pertenecer a la directiva de la corporación, también asiste a clases de natación y vive sola. Este ejemplo es similar a la mayoría de sus miembros, que a poco me fueron abriendo a través de sus narrativas, y yo que podía verlos podía comenzar a imaginar como es su día a día, también acompañándolos por las calles podía presenciar las miradas de los transeúntes, algunos acercándose a ofrecer ayuda para acompañarlos hasta las escaleras del metro de Santiago, otros avanzando rápidamente para no escuchar una posible solicitud de apoyo. Y este deseo de invisibilizar, de escapar a un escenario que pudiese activar la evasión y la huida, para ellos ya no era un tema relevante, puesto que desde sus propias familias son aislados, excluidos de espacio de conversación, confinados al rincón de su pieza, muchas veces afectados por las transformaciones arquitectónicas de su barrio, al cual vieron en algún minuto pero ya no lo perciben igual, en este trabajo del día a día con ellos, pude ver las fallas cognitivas aparentes, sin embargo, al buscar instrumentos validados en Chile para diagnosticar trastornos neurocognitivos, no encontré nada, al igual que evaluar cualquier otra dimensión de su naturaleza, y es que para ellos envejecer en Chile es desde la oscuridad que le brinda el sistema, pero a su vez desde la luz de agruparse, de reconocerse con otro a través del grupo, hoy mi compromiso con ellos trasciende, ahora formo parte de lo que es ser un voluntario profesional. Pero porque se debe esperar apelar a la caridad en un sistema que desprotege a personas que son parte de la diversidad.

Disfruta de otro artículo de Nicolás Andres Cisternas Sandoval. Psicólogo.

  • Magister (c) Psicogerontologia. UMAI, Argentina.
  • Especialista en Psicogerontologia. UMAI, Argentina.
  • Diplomado en Psicología Clínica. Universidad Autónoma de Chile.
  • Diplomado en Psicogerontología Social y Educativa. PUC.
  • Diplomado en Personas mayores y demencia: Abordaje gerontológico. PUC.

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