Las personas mayores en la pandemia

La pandemia ha puesto de relieve el debate de la atención a las personas mayores con dependencia que viven en instituciones. Se ha visibilizado. Se ha evidenciado un modelo de atención residencial caduco que hace tiempo que los y las profesionales cuestionamos y que, por distintos motivos, no se ha reestructurado ni se han aportado nuevas soluciones para atender a las necesidades y problemas que plantea. Una de las consecuencias de la desatención ha sido el gran número de personas mayores con dependencia fallecidas durante la pandemia en centros residenciales.

Algunos afirman que la razón por la que no se ha reestructurado ni mejorado el modelo de atención residencial ha sido por cuestiones económicas, otros por la carencia de acuerdos entre los agentes sociales, otros exponen la falta de iniciativa de un sector privatizado cada vez menos atomizado y con grandes grupos de poder económico…

Sea cual sea el motivo, la pandemia ha permitido visualizar las carencias de un sector que hace tiempo que agoniza y, aunque ha habido una voluntad de los poderes públicos de paliar las consecuencias, la pandemia y la inacción han contribuido a acelerar el debate.

La finalidad de este artículo no es centrarse en estas carencias, sino ir más allá. Ir al trasfondo de la cuestión: la atención a la persona mayor y no tanto cual es el modelo de atención de personas mayores dependientes que deseamos como ciudadanos para el día de mañana.

Relaciones intergeneracionales en una sociedad fragmentada

Nuestra sociedad, la occidentalizada, es una sociedad fragmentada. Son pocos los espacios donde personas de distintas edades nos encontramos para interrelacionarnos, compartir, disfrutar juntos… La familia es el último reducto y fuera de este entorno es poco probable que los niños/as y las personas mayores se encuentren. La situación se acentúa aún más en la población joven.

A pesar de la voluntad política de diseñar acciones que favorezcan la inclusión social y la diversidad en nuestra sociedad, la realidad es que los espacios sociales y públicos tienden a ser homogéneos a nivel generacional, visualizamos el monocolor, hay pocos matices, y contribuye todavía más a desconocer al otro; siendo unos de los grandes perjudicados los colectivos y los grupos sociales desfavorecidos.

El desconocimiento retroalimenta los prejuicios, las ideas preconcebidas y facilita que se aumente la distancia entre la sociedad y el grupo desfavorecido (Huenchuan, 2013). A mayor distancia, mayor dificultad de relación y se hace más difícil identificar las necesidades e intereses de los otros. En nuestra sociedad, la lejanía hacia las personas mayores es evidente y, cada vez más, esta distancia se acentúa aún más en las generaciones jóvenes.

Edadismo o discriminación por edad

Robert Butler, en 1968, definía el ageism. En castellano, se traduciría el concepto, años más tarde, como edadismo. Según este psiquiatra, el edadismo se refiere a la discriminación que la sociedad tiene hacia las personas mayores. Esta discriminación tiene similitudes con el sexismo y el racismo y, según Butler, se explica por tres elementos interconectados: los prejuicios, las prácticas y las políticas dirigidas a este grupo social, que refuerzan más su discriminación.

Así pues, nos encontramos ante un problema estructural y de carácter social. Nuestra sociedad tiende a rechazar todos aquellos valores relacionados con la vejez y con el envejecimiento y en consecuencia rechaza y margina el colectivo social que representa a estas características y rasgos de identidad.

El edadismo comporta ver a las personas mayores de manera diferente, no viéndolas como personas con más años a nivel cronológico; sino como seres diferentes, «sutilmente se empiezan a dejar de identificar como iguales» (Martínez Ques, 2015, p.100). Este proceso de distanciamiento y de construcción social de la vejez incide en todas y cada una de las esferas; y las personas mayores, sin ser conscientes de ello, adoptan el rol y la nueva identidad construida socialmente.

La discriminación comporta una segunda consecuencia: la invisibilización del colectivo. En nuestra sociedad las personas mayores son invisibilizadas, aunque el número y su porcentaje en la sociedad sea cada vez mayor. Los mayores no tienen voz, está silenciada, no está presente en la comunidad ni en los espacios de participación y consecuentemente sus necesidades y sus demandas quedan en un segundo plano social.

En definitiva, la pandemia que estamos viviendo nos interpela como sociedad y como personas. Repensar la visión que tenemos de las personas mayores es un objetivo prioritario antes de centrarnos en el modelo de atención. Visibilizar sus necesidades y retos como grupo social diverso y heterogéneo, crear espacios de participación, medidas de empoderamiento social, mecanismos legales para la promoción y protección de sus derechos, entre otras, son acciones de acercamiento, redefinición y reconstrucción de la vejez y de las personas mayores en nuestra sociedad.

La formación es una herramienta que puede contribuir al proceso de reflexión y revisión. Mediante la formación, revisamos nuestros propios prejuicios, creencias erróneas, flexibilizamos y ampliamos la propia perspectiva. La formación posibilita idear nuevos escenarios y nos capacita para adquirir competencias relacionales, cognitivas, sociales, actitudinales y reflexivas para afrontar los nuevos retos. 

Autora:

Cristina Vidal

Jefa de estudios de mayores y atención sociosanitaria en la Fundación Pere Tarrés

 Referencias

  1. Butler, R. N. (1969). Age-ism: Another Form of Bigotry. The Gerontologist, 9(4, Part 1): 243–246.
  2. Huenchuan, S. (2013). Perspectivas globales sobre la protección de los derechos humanos de las personas mayores, 2007-2013. Recuperado de: https://repositorio.cepal.org/handle/11362/35929
  3. Martínez Ques, A. A. (2015). Ageismo y derechos humanos en el contexto sanitario. Tesis doctoral.

No Hay Más Artículos