opinión edadismo

Os hemos echado de menos


Muchos de nosotros hemos percibido un cambio en la escala humana de nuestras ciudades, especialmente en los últimos meses. La declaración del primer estado de alarma supuso un gran impacto en nuestras vidas individuales y a nivel colectivo. Uno de los cambios más evidentes durante ese periodo fue la transformación de nuestras calles que de repente se quedaron desiertas, sin la vida y trasiego que les caracteriza. Las calles se vieron en gran medida huérfanas de la presencia de diferentes grupos de población, por ejemplo de niños, adolescentes o personas de edad avanzada. Ante el escenario que dibujaron las sucesivas olas de la pandemia muchas personas mayores no volvieron a las calles de forma rutinaria hasta que las medidas comenzaron a ser un poco más flexibles, cumpliendo las medidas establecidas para evitar los contagios y la propagación del virus.

En parte gracias a la vacunación prioritaria de las personas de edad más avanzada, podemos percibir que progresivamente hemos vuelto a sentir su presencia y participación plena en la sociedad. Estamos asistiendo como espectadores, y como propios actores en ocasiones, a la re-incorporación de muchos individuos a una vida social más compleja, con numerosas restricciones y limitaciones, todavía no claramente establecidas. Hemos podido comprobar además, que este escenario ha ido acompañado en ocasiones por el mantenimiento de decisiones y conductas edadistas, que ya estaban presentes en nuestra sociedad pero que durante la pandemia se ha acentuado en algunos ámbitos. Este edadismo puede contribuir a reforzar muchos de los estereotipos negativos que existen hacia el grupo de personas mayores, y en definitiva hacia el envejecimiento. Los estereotipos negativos se transmiten y consolidan a través del tiempo, y en nuestra sociedad actual los medios de comunicación tienen una gran influencia en la difusión de representaciones asociadas a la debilidad, fragilidad o falta de autonomía en personas de edad más avanzada. Con frecuencia se transmite la idea de que el envejecimiento se asocia a déficits en las áreas físicas y mentales y que puede asociarse a dependencia o mayor carga social. Esta visión negativa en parte podría justificar el aislamiento social que durante este periodo de pandemia se ha aplicado a las personas mayores en instituciones de convivencia colectiva como las residencias.

Como posible reflejo de este desconocimiento acerca del proceso del envejecimiento, durante estos meses hemos podido escuchar y leer titulares en los que se utilizaba el término anciano para hacer referencia a una persona con una edad aproximada a los 70 años. Sin embargo, si analizamos la conducta de este grupo de población durante todo este periodo podemos comprobar que ha destacado por características como la responsabilidad en beneficio del conjunto de la sociedad así como por su capacidad de cumplimiento y adaptación a las medidas impuestas a toda la población, sujetas además a continuos cambios.

En la actualidad es fácil ver titulares, noticias, tweets y retweets que aluden a ideas asociadas a las discriminaciones por edad que siguen existiendo, y no deberían tener cabida en nuestra sociedad. Consideramos que una de las aproximaciones que podría contribuir a mitigar el edadismo y la gerontofobia sería un mayor acercamiento y conocimiento de la realidad del envejecimiento, siempre compleja por la riqueza y diversidad de las personas que integran este colectivo. Así mismo, sería necesario considerar el concepto de salud propuesto por la Organización Mundial de la Salud (OMS), integrando el bienestar físico, mental y social, cuando se adoptan medidas aplicables a este grupo de población.

Deberíamos ser capaces de transmitir la gran diversidad en este grupo de población, desde una perspectiva que probablemente dista de la realidad que con frecuencia se percibe desde determinados ámbitos de la sociedad. Únicamente mostrando la heterogeneidad que caracteriza a las personas mayores y poniendo en valor sus aportaciones a la sociedad, podremos contribuir a cambiar las conductas edadistas, contribuyendo también a transformar los modelos de atención y cuidados en la esfera institucional.

Mercedes Fernández-Ríos y Rosa Redolat