El día 13 de marzo por la tarde, llegué a mi casa después de hacer unas gestiones en mi casa de Chinchón, y dejé el coche en la calle con la idea de “mañana lo meto en el garaje”. No podía imaginar que durante más de un mes mi coche se quedaría allí fuera y yo lo vería desde mi ventana. Y ese día empezó lo que han llamado CONFINAMIENTO pero que ha sido, y es, un encierro domiciliario. 

Tengo 76 años, vivo sola y soy una persona mayor, aunque me siento perfectamente, pero estoy clasificada como una persona de alto riesgo y eso me impide relacionarme con otros seres humanos.

Y empieza algo que es nuevo, que no he vivido nunca. No puedo ver a mis hijos que viven dos pisos más arriba ni a mis nietos llenos de proyectos. Soy persona de “alto riesgo” y me mentalizo que debo evitar cualquier contacto con los demás. Y los primeros días es una situación un poco fastidiosa, pero tampoco imposible. Mi gimnasio me envía tutoriales para que pueda hacer ejercicios similar a los que hacía en las clases. Incluso uso una bici estática y trato de usarla a diario. Pongo música y bailo canciones alegres al mismo tiempo que hago los movimientos de gimnasia para mover brazos, piernas, cuello, etc. Para sorpresa de los que me conocen me grabo interpretando la canción de Resistiré, y me divierto tanto que tengo la osadía de compartirla con toda mi lista de conocidos. ¡¡También era una forma de demostrar que esto no iba a poder conmigo!!

Me comunico por teléfono con Video, porque tienes ganas de ver las caras de las personas cercanas; se hacen grupos familiares y nos juntamos el fin de semana por Skype para vernos.  Además tengo un programa para mantener la mente y la memoria despierta, que era presencial y que han sido capaces de mantener la sesión los mismo días en multiconferencia y hacemos una sesión en tiempo real, además de ejercicios que nos mandan por correo electrónico varias veces en semana. Estas sesiones me producen mucho interés. 

Uso mucho WhatsApp y Facebook y otras aplicaciones, leo la prensa, oigo mucho la radio que es una gran compañera que te permite ir de un sitio a otro de la casa, y vas manejando tu vida. Leo menos de lo que suelo hacer habitualmente. Pero…

Y aquí empieza lo malo, o lo menos bueno. La Tele te va dando noticias de contagiados, de muertos y sorpresivamente te dicen que son los VIEJOS (horrible palabra) los que están cayendo como moscas. La historia de las Residencias, lugares poco apetecibles siempre que puedas organizarte tu vida y ser autosuficiente, pasan a ser macabras. Muertos, muertos, muertos; solos, abandonados, sabiendo que están llamados a morir y pasan a ser números, estadísticas curvas, datos, y seguimos hablando de VIEJOS (tienen más de 80 años y se morirán de cualquier forma), y esto te revela y te empieza a entrar miedo. Y sigues encerrada y cuando te traen algo de la calle lo lavas todo con agua de lejía porque el “bicho” (palabra odiosa) puede estar en todas partes.

Pasan 30 días, 60 días, se ha ido la Semana Santa, no habrá puente de mayo; no veré crecer las flores en mi jardín de Chinchón. Dejé los árboles recién podados y estaba esperando ver salir los nuevos brotes. Pero esto ya no es posible. Y el día que me dicen que puedo salir a la calle, en un horario tasado, no quiero salir. No tengo miedo, pero prefiero quedarme en mi casa. Y si salgo un ratito veo que la gente, como marcianos, nos miramos de reojo y se evita la distancia corta. Te bajas de la acera para no pasar cerca. Y vuelves a casa rápido y te encierras en tu limpieza, tu lejía y tu zona de confort. 

Y hoy día de San Isidro, ni bailo ni canto, ni voy a pasear. Me han robado mi libertad. No solo el mes de abril y mayo, sino la expectativa y la alegría de poder hacer planes que quizás nunca realizarías, pero que estaban en tu mente y en tu corazón. Y no dejan de hablar de REBROTES, palabra también horrible. Y siento que se ha perdido la ESPERANZA.

Firmado: Esperanza Viola Aristeguieta

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