Deja todo lo que estés haciendo y lee con atención lo siguiente. Sabemos (por experiencia propia) que esta historia y consejos no te decepcionarán, más bien todo lo contrario.

Los que tenemos ya una edad sabemos que la vida no es ideal y hay sucesos imprevistos que nos cambian para siempre (vamos a ver como salir victoriosos y no morir en el intento). En la mayoría de las ocasiones de forma drástica. Los planes a futuro se desvanecen en un instante. Ya estés sólo o tengas apoyos las experiencias van a ser parecidas. Las emociones quizá también.

Todo transcurre según lo previsto. La rutina se apodera de nosotros. De casa al trabajo, los deberes de los chicos, recados varios y la compra en el supermercado. Algún cumpleaños impuesto y de repente, un gran susto. Ahora si, la vida nos invita a experimentar valores que hasta entonces sólo los conocíamos en teoría. Parece como si todo se colocase por primera vez. Lo puedo decir ahora desde la distancia temporal de un cuidador que sufrió en el durante por no haber pedido ayuda.

Despierta. Hoy es el día en el que con unos pequeños consejos y mucha voluntad vas a afrontar de otra manera la adversidad, la enfermedad de alguno de tus padres. No te preocupes, ¡te vamos ayudar!

Quizá toda la vida quisiste un trabajo a tiempo completo cerca de casa y sin jefes. Pues bien, llegó un contrato a tu mesa. Conviene que no lo rechaces aunque será inestable a veces, ingrato otras y casi siempre solitario.

En mi caso no supe buscar ayuda. Seguro que el conocimiento me habría ayudado a entender que necesitaba cuidarme mejor porque lo que se avecinaba iba a ser una experiencia muy estresante. También para mis hijos.

De repente, papá sufre un infarto cerebral. Le hospitalizan. Sobrevive pero con un nivel muy alto de dependencia. Necesitará meses de terapia pero ni siquiera así, volverá a ser el mismo. Mejor dicho, nunca volverá a su autonomía plena y salud envidiable.

No importa como sobrevino el daño o como asumió su papel de cuidador, tendrás que hacer cambios en tu vida de ahora en adelante pero no todo es negativo ¡estás de enhorabuena! Existen una cantidad considerable de ayuda en estos días a través de sitios online para entender las enfermedades y conocer sus consecuencias. Parece que estos recursos impagables van siendo conocidos por la sociedad, pero, ¿por dónde empiezo para que no llegue a necesitar yo mismo esos cuidados?

Aquí van 5 consejos desde la experiencia propia:

1. Estableciendo Límites. Los límites emocionales saludables son importantes para ayudar al cuidador a distinguir entre sus propias necesidades y las necesidades de la persona que está siendo atendida. Ambos necesitan sus espacios y tiempos de desconexión. La relación ha de basarse en el respeto mutuo y la autonomía para que la relación sea satisfactoria. Establezcamos  límites y dejémoslos claros y por escrito.

2. Sea flexible. Los cuidados a largo plazo cambiarán a medida que la vida y la enfermedad avance; y así las necesidades del receptor del cuidado aumentan. Este es el momento en que, si no lo ha hecho antes, es probable que necesite obtener ayuda externa porque tus hijos también demandan (reclaman) tu atención. La flexibilidad también implica tolerancia ante aquel que no quiere o no sabe cuidar. Eso sí que éstos no malmetan o compliquen la situación.

Por lo demás, vas a tener que claudicar en imposiciones, negociar intereses y establecer prioridades.

3. El amor reside también en el ser atendido. A veces hay que sobreponerse al ego y rendirse a la evidencia, los cuidadores también necesitamos cariño y la seguridad de una mano amiga.

4. Comparte tus angustias. Hable con otros cuidadores a través de grupos de apoyo ya sea online o en persona. Acepte sus consejos y la ayuda que os podáis brindar.

5. Mímate. Descansa siempre que puedas, aliméntate de forma equilibrada, consiéntete caprichos y no olvides realizar tareas que te satisfagan o que te aporten un crecimiento personal comparable al amor que has depositado en esta nueva relación de cuidados con tus queridos padres.

Pasados los años, ahora que puedo contarlo (sin ira ni culpa) he aprendido muchas cosas. Me conozco mejor y me admiro como nunca antes. He disfrutado cuidando a mis mayores y lo hecho pensando en lo que era justo. Se lo debía. Sin más.

Quiero terminar este artículo reconociendo la labor de tantos cuidadores y tantas (sobre todo) cuidadoras que no dudaron lo más mínimo por corresponder (ese verbo que usamos poco) con cariño aquellos desvelos y esfuerzos de la infancia hacia sus padres.

Por cierto, los cuidadores que experimentan estos eventos de crisis alcanzan un nivel de posgrado en humanización de la salud que ningún ciclo formativo te ofrecerá.

Anónimo

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