El camino que llevó a Miriam Lúcar a la Gerontología inició con la dura experiencia de acompañar a un ser querido en sus últimos momentos, la misma que la conectó con las carencias del sistema de salud pública de su país.

Hoy, desde su rol como psicóloga y gerontóloga y su experiencia en países como Colombia y España, busca reivindicar a las personas mayores y promover el cuidado de la salud mental en todas las etapas de la vida, conversando con su compañero profesional, Francisco Olavarría.

Francisco Olavarría: ¿Cuántos años llevas ejerciendo de psicóloga? ¿Por qué elegiste esta profesión entre tantas otras?

M. L. Llevo 8 años ejerciendo. Tan pronto salí de la facultad de Psicología de la Pontificia Universidad Católica del Perú entré en el campo de la práctica clínica y fui acumulando experiencia que me llevó a abrir mi consulta privada hace 5 años. Elegí esta carrera porque la veo como una oportunidad para ser agentes de cambio individual y colectivo.

Cuidar la propia salud mental incrementa el bienestar individual pero también fortalece en nuestras relaciones familiares, laborales y amicales y nos ayudar a ser mejores ciudadanos. A la par, conocer cómo está la salud mental de nuestras sociedades, entender el comportamiento colectivo y mejorar las condiciones sociales puede dar más calidad de vida a muchos y reducir la desigualdad que tanto nos perjudica.

¿Consideras que existe una resistencia a acudir a un psicólogo como no existe con otras asistencias relacionadas con la salud? ¿Por qué sucede esto?

M. L. Sí, creo que todavía existen muchas personas que aún se resisten a buscar ayuda o que sienten vergüenza de contar que la reciben. En Perú, un informe de la Defensoría del Pueblo realizado en el 2018 muestra que 1 de cada 3 peruanos desarrollará un problema de salud mental a lo largo de su vida y solo el 20% accederá a tratamiento oportuno y adecuado. Esta difícil realidad se debe, en parte, a que la oferta de estos servicios no es tan amplia como para alcanzar a la mayoría y a que tienen costos que no todos pueden pagar.  La otra cara de este asunto es que como sociedad todavía no damos la importancia que se merece a la salud mental y a que hay muchos prejuicios sobre lo que significa tener un problema psicológico.

¿Desde cuándo decidiste dedicar tu trabajo hacia el trabajo con la población adulto mayor?

M. L. Cuidar a mi abuelo durante la última etapa de su vida fue un momento decisivo para mí. Durante las idas y venidas al hospital donde se atendía conocí las limitaciones de la salud pública de mi país, viví la falta que hace el acompañamiento de un psicólogo cuando una persona que quieres está sufriendo y, a la vez, tienes que tomar muchas decisiones importantes mientras todo lo otro en tu vida (estudios, trabajo) no puede parar. Además, fue mi primer encuentro consciente con el edadismo: varias veces nos dijeron que no ingresarían a mi abuelo, a pesar de estar muy delicado, porque invertir en recuperar su salud “ya no tenía sentido”. Contrariamente a las ideas que nos dejaba el hospital, al regresar con mi abuelo siempre encontraba una actitud positiva y aliento para seguir. Su forma de llevar las cosas, a pesar de su malestar, es mi mejor ejemplo de que la resiliencia y los recursos no desaparecen en una persona porque cumplió 60, 65, 70 o más años.

Fue imposible seguir viendo las cosas de la misma manera y decidí trabajar con los mayores y sus familiares esperando que ellos pudieran vivir algo diferente a lo que yo pasé.  También creo que en ese momento nació una pasión enorme por entender el envejecimiento y cómo dar mi granito de arena para que la vida de los mayores en mi país sea mejor.

¿Qué pacientes te han marcado de manera positiva en tu carrera profesional?  ¿Por qué?

M. L. Cada vez que cierro un proceso, comparto con mis pacientes lo que me ha dejado el tiempo que compartimos en terapia. Estoy convencida que cada conexión que hacemos nos deja alguna enseñanza y mueve alguna fibra en nosotros, me gusta agradecerles por eso.

Si tuviera que destacar a alguien, la primera sería Adela. Con más de 70 años, me animó a probar la psicoterapia virtual. En unas semanas me mudaba a otro país y había asumido que no seguiría atendiendo a mis pacientes mayores, pero cuando se lo comenté me dijo que no tenía por qué ser así y propuso usar la plataforma de videollamadas con la que se comunicaba con su hija cuando salía de viaje. Con una frase, abrió un mundo de posibilidades que no había considerado.

Luego viene a mi mente César, quien sufría una depresión profunda. Hasta 4 años antes de conocerlo, era muy activo e independiente, pero esto cambió cuando se jubiló. Al dejar el trabajo, tanto en él como en su familia se activaron muchas de las ideas negativas sobre ser viejo y él empezó a alejarse de las actividades que más le gustaban porque “su tiempo de ser productivo había terminado” y no tenía idea de cómo armar una nueva rutina que lo emocione. Su familia pensaba que “había mucho riesgo” en que hiciera muchas cosas porque “le tocaba descansar”. Con el tiempo, se fue aislando de sus amigos, perdió conexión con sus intereses y se volvió muy sedentario.

¿Recuerdas alguna anécdota que puedas compartir con nosotros y que ilustren la resiliencia, por ejemplo de esta población?

M. L. Tengo muchos ejemplos, pero quisiera hablar de Gracia. Ella vivió hasta pasados los 90 años siendo un ejemplo de constancia, positivismo y entrega a los demás. Estuvo sola durante la segunda mitad de su vida porque sus hijos emigraron y, a pesar del cariño, se llamaban poco. Nunca tuvo un trabajo formal que le diera una pensión así que empezó a vender comida durante su vejez; poco a poco, su carisma y empuje la hicieron conocida y así se ganaba la vida. Apoyada en su fe, superó los momentos de incertidumbre y carencia; hasta la muerte de una de sus hijas, de quien no pudo despedirse. Estaba convencida de que todo ocurre por una voluntad mayor y que su Dios la llevaría hacia mejores cosas. Participaba activamente en su iglesia y ahí se sentía acompañada.

Para mí, su historia es una muestra clara de que, a pesar de las dificultades que una persona pasa a lo largo su vida, siempre puede elegir la actitud con las que les hace frente y encontrar maneras de hacerlas llevaderas.

Deterioro cognitivo leve… Un problema de salud pública

Una de los principales temores de esta sociedad es el Alzheimer ¿podrías informarnos sobre la incidencia de esta enfermedad y cómo aprender a convivir con ella cuando la sufre un familiar cercano?

M. L. Sobre las demencias es importante aclarar que, aunque estos casos son más frecuentes en personas mayores, no es correcto asumir que su aparición depende únicamente de la edad. En el envejecimiento normal cambian algunas funciones del cerebro, el deterioro cognitivo ya nos habla de un envejecimiento patológico. Respecto al Alzheimer, la Organización Mundial de la Salud (2019) nos dice que afecta a 47 millones de personas a nivel mundial (cerca del 5% del total de la población) y proyecta que llegaremos a los 75 millones de casos en el año 2030.

Si un familiar tiene Alzheimer, mi primera recomendación es que al definir y recibir el tratamiento la misma persona (dentro de sus posibilidades) y quienes lo(a) cuiden conozcan la enfermedad, su proceso y las opciones que tienen. Es un derecho estar informados; por lo que los animo a compartir sus dudas con los médicos tratantes y a conversar en familia, partiendo de las voluntades de quien ha recibido el diagnóstico, para tomar las mejores decisiones. Para el día a día, es clave que la persona tenga una rutina que le dé cierta estructura y estabilidad; algo que puede ayudar con esto es distribuir tareas y responsabilidades entre los miembros de la familia para evitar que se sobrecargue una sola persona. Otra sugerencia es atender el impacto de cuidar, quien no se cuida primero no puede ver por otros. Además del cansancio físico, es muy común que al cuidar a alguien con Alzheimer se desatienda otras partes de la vida, que no se pueda tener un trabajo de jornada completa y que se sienta mucho al ver que un ser querido está sufriendo.

¿Qué puede aportar la psicología a la aceptación de la vejez?

M. L. Para mi, uno de los principales aportes de la psicología es que nos ayuda a tomar conciencia de las propias ideas y emociones sobre lo que significa envejecer. Si yo pienso que ser vieja significa que soy menos valiosa que cuando era joven y eso me genera mucho tristeza, lo más probable es que viva esta etapa con mucho sufrimiento. Mediante la psicología podemos desarrollar herramientas para evaluar de forma más objetiva si, más allá de lo que creo, mi realidad es que hoy ya no soy útil, que tengo menos capacidad de disfrutar o de compartir algo de valor con quienes me rodean.

Por otro lado, la psicología cuenta con mucha información valiosa respecto a los procesos humanos que son clave para promover el bienestar y lograr una convivencia armónica. Asimismo, ha identificado aquellos determinantes sociales en los que se puede intervenir para dar mayor calidad de vida a las personas. Todo este conocimiento debe ser considerado en el diseño, implementación y evaluación de la política pública dirigida a la promoción de un buen envejecimiento si se quiere lograr un cambio significativo.

¿Dónde podemos encontrar satisfacción en la edad avanzada cuando hemos perdido familiares, independencia y autonomía?

M. L. Creo que cada persona encuentra diferentes formas de darle sentido a la vida, incluso en los momentos más difíciles, siguiendo sus valores y lo que considera importante. Por ejemplo, tal vez alguien que ha perdido familiares se siente satisfecho cuando participa en actividades en su comunidad y ayuda a otros. Quien ha perdido independencia y autonomía puede sentir alegría viendo que quienes lo cuidan lo hacen por el amor y compromiso que sembró en ellos y ellas a través de los años.

También he observado que hay mucho valor en la espiritualidad. Fuera del credo específico, pensar que existe algo más allá de nosotros que busca nuestro bien y que comprende el para qué de nuestras dificultades es muy poderoso. Existen investigaciones que muestran que quienes han cultivado una vida espiritual hacen frente de forma más saludable a los retos de la vida y se adhieren mejor a los tratamientos médicos.

¿Es difícil desconectar y desvincularse emocionalmente con los casos que recibes en consulta? ¿Cómo lo logras?

M. L. En mi experiencia, desconectarse emocionalmente no es sencillo, pero es necesario para no quemarse y mantener la objetividad que se requiere para guiar el proceso psicoterapéutico. Pienso que se trata de encontrar un balance porque una conexión emocional saludable con el paciente refuerza mi empatía y me ayuda a ver, desde mi lado más humano, lo que el otro está viviendo.

Los años de experiencia ayudan a ese balance, pero tengo una rutina de cuidado que incluye la supervisión con otros colegas, mi práctica diaria de yoga, tiempo desconectada del trabajo y actividades que den variedad a mi día, como la docencia.

¿Dónde te ves trabajando a corto, medio y largo plazo?

M. L. En el corto plazo, mi objetivo es hacer crecer mi emprendimiento “65 y más. Envejecimiento Activo”.  Además del servicio de psicoterapia también brindamos talleres y seminarios para familiares y profesionales de la salud que trabajan con personas mayores. En el futuro me gustaría ser consultora en temas relacionados con el envejecimiento, tanto en el sector público como privado, para compartir la experiencia que he ido ganando en estos años.

Por último, me gustaría participar en investigaciones ya que el año pasado tuve la oportunidad de investigar sobre las condiciones de vida adultos mayores habitantes de calle en Bogotá y eso me abrió los ojos respecto a la importancia de conocer mejor las diferentes circunstancias de vida de los mayores para tomar mejores decisiones en la atención y servicios destinados para ellos.

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