Recientemente mi querida abuela cumplió 85 años. El día de su cumpleaños, toda la familia organizamos una pequeña fiesta sorpresa en la casa donde vive, felizmente, con mi abuelo. Cuando la tarde iba terminando, mi hermana y yo nos quedamos charlando con la abuela.

Le preguntamos cómo se sentía al estar entrando en los 90 años. Sus respuestas fueron más o menos tópicos comunes: “Estoy muy agradecida de tener salud”, “estoy contenta de poder estar con mi familia” o “me gusta poder estar disfrutando esta sorpresa con todos”.

Entonces, casualmente, le hice otra pregunta. Abuela, hoy cumples 85 años, pero ¿cuántos años sientes que tienes realmente? Sin dudarlo ni un momento ella respondió: “28”.

¡¡Veintiocho!! Exclamamos mi hermana y yo al unísono.

Su respuesta fue tan rápida y tan firme que no pudimos evitar contagiarnos de su vitalidad y energía y las tres sonreímos compartiendo unas carcajadas que emanaban felicidad.

¿Cuántos años sientes por dentro?

Aunque intentamos que la abuela nos diese más detalles no nos explicó mucho más. Su principal argumento era que esa era la edad que realmente sentía por dentro, 28 años.

¿Cómo podría la abuela con su pelo blanco, su expresión llena de arrugas y sus 85 años sentirse como una jovenzuela? Obviamente, la abuela se sentía bien física y mentalmente, a pesar de que su cuerpo ya no refleje juventud. Su imagen impuesta por la sociedad no es la que le importa, ella no se ve en las fotos como la pobre viejecita que necesita un bastón para caminar. Ese es su yo, pero no el verdadero yo. Ella todavía se siente joven, vibrante y comprometida con sus valores. Su verdadero yo tiene 28.

La abuela tenía razón.

Nuria Carcavilla