“La vida asume un significado minuto a minuto en que experimentémonos alcanzando las cosas simples del cotidiano.”
Gary Kielhofner

Levantarse, cepillarse los dientes, comer, arreglarse, moverse, trabajar, hacer compras, dialogar, mantener vínculos diarios y desarrollar de actividades de ocio. Simple, ¿no? Sin embargo apenas reparamos en cómo actividades que nos parecen sencillas son tan complejas en el desempeño de la ocupación humana y es que para toda acción existe el acto de decisión, intencionalidad, planificación que son conducidas con equilibrio y maestría por las funciones cognitivas (atención, memoria, función ejecutiva, etc.). Esto repercute de manera determinante en las diversas áreas del desempeño diario, en especial, el autocuidado, el control del ambiente, las actividades laborales y las prácticas del ocio, sea en el contexto ambiental, clínico, social o educacional de cada persona.

A lo largo de la vida evolucionamos ejerciendo acciones fundamentales e impresionantes en la construcción de nuestra historia de vida. Cuando somos niños nos ocupamos de la acción de jugar como acción básica para la adquisición de habilidades con el entorno; en la adolescencia desempeñamos la práctica de estudios con la intención de perfeccionar el conocimiento para las futuras actividades laborales en la vida adulta; ya maduros, buscamos el perfeccionamiento con la perspectiva de un futuro mejor y, por fin, llegamos a la vejez, teniendo como punto principal la jubilación y la posibilidad de realizar nuevos proyectos de vida, con la intención de mejorar nuestra calidad de vida y el fortalecimiento de las relaciones en la vejez.

Con la conquista de la longevidad, reflejada en el aumento global de la expectativa de vida, crece la importancia de factores positivos y negativos relacionados al proceso de envejecimiento y unidos íntimamente a la capacidad funcional de aquel que envejece. En consecuencia, evidenciamos distintos perfiles de ancianos, tanto ancianos sanos, como aquellos que presentan alteraciones en la salud, reflejándose en el comprometimiento de la actividad ocupacional de ese anciano. Sabemos que el envejecer no es sinónimo de enfermedad, pero evidenciamos pérdidas y modificaciones que pueden generar un impacto negativo en la capacidad de cada persona, en especial de los más ancianos. Es necesario, por lo tanto, que sepamos desarrollar la mejor forma de disminuir los problemas y considerando los retos inherentes al “quehacer humano”.

En este sentido, referirse a la funcionalidad, es decir, al desempeño con autonomía e independencia en la vivencia del cotidiano, necesariamente nos remite a la Terapia Ocupacional. Se trata de una ciencia del área de la salud que consiste en el proceso de mantenimiento, estimulación, rehabilitación y/o inclusión del anciano que necesita de acompañamiento gerontológico, convirtiéndose en un profesional esencial para las actividades de la vida diaria.

El observar, como terapeuta ocupacional, va más allá del diagnóstico clínico, de evidencias negativas identificadas en el cotidiano o en la ausencia de la enfermedad, pues se trabaja con la perspectiva de que la persona sana es aquella que convive, en sus diversos contextos, de una manera equilibrada, resiliente y activa, aunque sepa que al largo del desarrollo llegaremos a la disminución de la capacidad funcional o mismo a la incapacidad (dependencia). Sobre todo, la historia de la vida del anciano es el fundamento más grande de una práctica asistida, significativa y orientada.

Sólo a través de una metodología que permita evaluar y realizar un diagnóstico situacional en terapia ocupacional será que lo consideremos como un proceso abierto, creciente y que condensa varias informaciones del anciano, dando la oportunidad del desarrollo de un plan de tratamiento con objetivos, metas, estrategias, abordajes específicas y adaptaciones ambientales que envuelven conocimiento técnico, científico, interdisciplinaridad y participación familiar con el objetivo de resolver las dificultades temporales o crónicas en los ancianos. A través de prácticas supervisadas, direccionadas y entrenadas para cada anciano, teniendo en cuenta las características socioeconómica y culturales; elementos fundamentales para la realización de cualquier intervención, se establece la necesidad, que es única para cada persona, a partir de los deseos reales del anciano y de su familia. Los beneficios al desarrollar la terapia ocupacional como acompañamiento preventivo y rehabilitador incluyen la promoción del bienestar y la estimulación de la participación activa, envolviendo los aspectos físicos, emocionales y sociales que se reflejan en la independencia, en la confianza y en la salud del anciano.

La visión de este profesional tiene como prioridad desarrollar el potencial, explotar las posibilidades, mantener las capacidades preservadas y disminuir áreas deficitarias, con el propósito de beneficiar el anciano en su desempeño de las actividades básicas e instrumentales de la vida diaria. A partir de nuestras experiencias y vivencia práctica constatamos mejoras en la calidad de vida; resaltamos el mantenimiento del estado de actividad; la organización del cotidiano; la desacoplamiento de las tareas simplificadas; la preservación de la independencia y la autonomía; el reencuentro en el contexto familiar y social; la resignificación de las vidas; y, en especial, la promoción del protagonismo de la persona anciana como ciudadana y dueña de su propia historia de vida.

Phelipe Cabral Nobre 

Graduado en Terapia Ocupacional por la Universidade de Fortaleza – UNIFOR;

Especialista en Gerontologia por la Universidade de Fortaleza – UNIFOR;

Especialista en Salud de la Persona Anciana por la Universidade Federal do Ceará – UFC;

Miembro y Director de Divulgación de la Asociación Brasileña de Alzheimer – ABRAz Nacional y Regional Ceará.


Versión original en portugués:

“A vida assume um significado minuto a minuto em que nos experimentamos alcançando as coisas simples no cotidiano.”
Gary Kielhofner

Levantar-se, escovar os dentes, alimentar-se, arrumar-se, locomover-se, trabalhar, fazer compras, dialogar, manter vínculos diários e desenvolver atividades de lazer. Parece simples, não? Nunca paramos para refletir o quanto o “simples” é complexo no desempenho da ocupação humana, pois para toda ação existe volição, intencionalidade, planejamento e realização que são conduzidas com equilíbrio e maestria pelas funções cognitivas (atenção, memória, função executiva, etc.). Isto repercute de modo determinante nas diversas áreas do desempenho ocupacional, em especial, o autocuidado, controle do ambiente, atividades laborais e as práticas de lazer, seja no contexto ambiental, clínico, social ou educacional de cada pessoa.

Ao longo do curso da vida evoluímos exercendo ações fundamentais e marcantes na construção da nossa história de vida. Quando criança nos ocupamos do ato de brincar como ação base na aquisição de habilidades para o meio; na adolescência desempenhamos a prática dos estudos, com intuito de aprimorarmos o conhecimento para as futuras atividades laborais na vida adulta; já maduros, buscamos o aperfeiçoamento ou perspectiva de um futuro melhor e, por fim, chegamos a velhice, tendo como marco principal a aposentadoria e a possibilidade de realizar novos projetos de vida, com o intuito de melhorarmos a qualidade de vida e o fortalecimento das relações na velhice.

Com a conquista da longevidade, refletida no aumento global da expectativa de vida; aumenta a importância de fatores positivos e negativos associados ao processo de envelhecimento e ligados intimamente a capacidade funcional de quem envelhece. Em decorrência disso, evidenciamos diferentes perfis de idosos, sendo perceptível tanto idosos saudáveis, como os que apresentam alterações no estado de saúde, refletindo-se no comprometimento da performance ocupacional desse idoso. Sabemos que o envelhecer não é sinônimo de doença, porém evidenciamos perdas e modificações que podem gerar um impacto negativo na capacidade de cada pessoa, em especial dos mais idosos; sendo necessário, portanto, sabermos desenvolver a melhor formar de minimizar os problemas e os desafios inerentes ao “fazer” humano.

Nesse sentido, se referir à funcionalidade, ou seja, ao desempenho com autonomia e independência na vivência do cotidiano, necessariamente nos remete à Terapia Ocupacional. Esta é uma ciência da área da saúde que consiste no processo de manutenção, estimulação, reabilitação e/ou inclusão do idoso que necessita de acompanhamento gerontológico, tornando-se um profissional essencial nos aspectos da atividade humana.
O olhar, como terapeuta ocupacional, vai além do diagnóstico clínico, de evidências negativas identificadas no cotidiano ou na ausência de doença; visto que se trabalha com a perspectiva de que a pessoa saudável é aquela que convive, nos seus diversos contextos, de uma forma equilibrada, resiliente e ativa, mesmo sabendo que ao longo do desenvolvimento chegaremos a diminuição da capacidade funcional ou mesmo a incapacidade. Leva-se em consideração, sobretudo, a história de vida do idoso, o fundamento maior de uma prática assistida, significativa e orientada.

Somente através de uma metodologia que permita avaliar e realizar um diagnóstico situacional em terapia ocupacional é que evidenciamos um processo aberto, evolutivo e que condensa várias informações do idoso; oportunizando o desenvolvimento de um plano de tratamento com objetivos, metas, estratégias, abordagens específicas e adaptações ambientais que envolvem conhecimento técnico, científico, interdisciplinaridade e participação familiar com o intuito de sanarmos dificuldades temporárias ou crônicas nos idosos.
Por meio de práticas supervisionadas, direcionadas e treinadas para cada idoso, considerando-se a composição socioeconômica e cultural, elementos fundamentais para a realização de qualquer intervenção; se estabelece a necessidade que é única para cada pessoa a partir dos reais desejos do idoso e da sua família. Os benefícios em desenvolver a terapia ocupacional como acompanhamento preventivo e reabilitador incluem a promoção do bem estar e a estimulação da participação ativa, envolvendo os aspectos físicos, emocionais e sociais que se refletem na independência, no senso de confiança e na saúde do idoso.

A visão deste profissional tem como prioridade desenvolver o potencial, explorar as possibilidades, manter a capacidade preservada e minimizar áreas deficitárias; tudo com o intuito de beneficiarmos o idoso no seu desempenho das atividades básicas e instrumentais da vida diária. A partir de nossas experiências e vivência prática constatamos os ganhos na qualidade de vida; ressaltamos a manutenção do estado de atividade; a organização do cotidiano; a decomposição das tarefas simplificadas; a preservação da independência e autonomia; o reencontro no contexto familiar e social; a ressignificação de vidas; e, em especial, a promoção do protagonismo da pessoa idosa como cidadão e dono da sua própria história de vida.

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