Javier es autor del libro: “Cohousing. Modelo residencial colaborativo y capacitante para un envejecimiento feliz”. Editado por la Fundación Pilares

María vive sola en chalé adosado de más de 200m2 distribuidos en cuatro plantas; a duras penas mantiene limpias las habitaciones aún decoradas con los pósters de sus hijos, esperando que en Navidad vuelvan a pernoctar en ellas junto a sus familias, cosa que por cierto rara vez ocurre. Los días que no hace excesivo calor, ni llueve, ni le duele la rodilla, camina más de 300m hasta llegar a una parada de autobús, subiendo y bajando los vados de garaje de tantas casas gemelas, y parando de vez en cuando bajo un árbol, de pie porque no hay bancos. Muchos días se queda en casa y es su hija quien le trae la compra. María a menudo se siente sola pero dice estar feliz y no quiere vivir en otra casa que no sea ésta, su hogar familiar desde hace décadas.

Siempre me ha sorprendido la capacidad para conformarnos con ciertas incomodidades, principalmente las que afectan a ese bien de enorme valor – y excesivo precio – que tiene nuestra propia vivienda. Y más aún me inquieta el apego a la tipología del adosado (1), sobre todo cuando se extiende en interminables hileras a las afueras de nuestras ciudades. Se trata de una mala copia – minimizando las superficies en pro de un lucrativo negocio inmobiliario – del exitoso modelo urbano de una sociedad machista americana que ofreció a los maridos la excusa perfecta para comprar un buen coche con el que desplazarse hacia su lugar de trabajo (tarea productiva y vida pública); mientras, a las mujeres les regalaba un amplio espacio doméstico donde desarrollar sus dotes de perfecta ama de casa (tarea reproductiva en el ámbito doméstico o privado). 

Por suerte cada vez más urbanistas (seguramente gracias a la labor de algunas urbanistas) reclaman un modelo de “ciudad para las personas”, “para el peatón”, “ciudades inclusivas”… El programa de Ciudades y Comunidades Amigables con las Personas Mayores de la OMS ofrece una metodología participativa ejemplar para el desarrollo de políticas de ámbito municipal basadas en la observación del entorno, la expresión de necesidades y la formulación de propuestas por las propias beneficiarias. Por otra parte está cobrando fuerza la redefinición del concepto de ciudadanía que incluye los “cuidados” como eje central (2). De esta forma, los cuidados están abandonando la esfera privada y familiar para comprometer al conjunto de la sociedad. 

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De la misma forma hoy la vivienda está dejando de ser el espacio de la individualidad para comprenderse como una pieza de un entorno más amplio e inclusivo. Y aunque queda mucho por hacer, va reduciéndose esa creencia, antes generalizada, de la relación de ciertos espacios y roles “propios” de cada género. La crisis económica, la normalización de nuevos modelos familiares, una mayor conciencia medioambiental, el reclamo de mayor autonomía personal o el miedo a la soledad están modificando la concepción de la vivienda tal y como la conocemos, dando pie a alternativas centradas en una comunidad próxima y la colectivización del trabajo reproductivo (3).

La casa hoy da cabida a actividades que antes se realizaban en el exterior (ej. teletrabajo, compra online…), y al tiempo extrae hacia fuera funciones tradicionalmente propias del espacio íntimo (como el cocuidado de infancia o mayores, fiestas o comidas comunitarias…). Volvemos a comprender que necesitamos de una red de apoyo social más amplia que la familia nuclear: así, la vivienda compartida (coliving), vivienda colaborativa (cohousing), ecoaldeas, jubilares… vienen a retomar un modelo ancestral de vivienda donde el ser humano se sabía interdependiente, y con una distribución de roles mucho más amplia y flexible que en el pasado, favoreciendo mayor equidad de género e inclusión de colectivos vulnerables (mayores, personas con discapacidad, niñas y niños…). Se trata de alternativas de vivienda con presencia mayoritaria femenina, de diseño participativo y autogestionado basadas en la corresponsabilidad y el compromiso por hacer de esos lugares viviendas accesibles para toda la vida.

María necesitará, para seguir viviendo con autonomía hasta el final en su querido adosado, hacer accesible el interior de la vivienda, pero también algo más: infraestructuras que faciliten la conexión con la comunidad y una variedad de servicios (políticas urbanas de transformación del medio físico), pero además una comunidad próxima donde compartir, participar, cuidar y ser cuidada. Podríamos empezar por convocar a vecinas y vecinos del suburbio, y soñar un entorno para todas las personas: quizá derribemos vallados perimetrales, peatonalicemos calles, quién sabe si alguien se animará a compartir parte del espacio privativo como zonas comunes, y se organicen fiestas y tertulias, se construyan amistades, se refunda el barrio…

Javier del Monte Diego, es arquitecto de MMN Arquitectos y la Asociación Jubilares, volcada en el desarrollo de viviendas colaborativas para la población sénior, confundador de la app MI PLAZA y un entusiasta gerontólogo. Además de ser miembro del Consejo Editorial de QMAYOR MAGAZINE.

  1. Un 81% de las personas según la encuesta FOESSA 1993 preferían vivir en un unifamiliar. El 70% de las viviendas de las grandes ciudades españolas era ya de este tipo a finales del s.XX. Durán, M.A. (1998). La ciudad compartida. Conocimiento, afecto y uso. Madrid: CSIC
  2. Hernández, J.M. (2016). Redes de mujeres, tejido para una ciudad amable. Género y participación local. En C. Egea y D. Sánchez, Ciudades Amigables. Perspectivas, políticas, prácticas. Granada: Comares.
  3.  Montaner, J.M. y Muxí, Z. (2011). Arquitectura y política. Ensayos para mundos alternativos. Barcelona: Gustavo Gili

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