Cuando echo la vista atrás, y vuelvo a los recuerdos de niñez en el pueblo, siempre me viene a la mente ver las señoras haciendo labores, cosiendo mantelerías, tapetes de ganchillo, o cuadros a punto de cruz en la puerta de sus casas. En aquellas sillas bajitas de mimbre y madera, a la sombra, con esa calma que caracteriza la vida rural, y los típicos saludos entre personas mayores cada cinco minutos cuando pasábamos delante de ellas: “Hola maja, ¿y tú de quién eres?. Ah, sí. Es primo de mi marido. ¡Pasad y coged una pasta!” Con lo cual, como en el pueblo solemos ser todos familia, teníamos rosquilladas aseguradas cada dos calles.

Era muy fácil también ver a los señores con sus carros de madera, repletos de leña para pasar el invierno, hombres bien mayores con una fuerza y una voluntad descomunal, que nos mandaban coger un poco de leña y nos parecía un castigo, con la consecuente frase “¡Ay, cómo se nota que no habéis vivido una guerra!…”

Antes no nos dábamos cuenta de todo su esfuerzo. Llamábamos pesadas a las señoras que nos preguntaban tanto y nos ofrecían su generosidad. De niños no valoramos muchas cosas. Entre ellas el sacrificio y las enseñanzas.

Ahora estas escenas de pueble no se suelen ver. Sigue habiendo esa tranquilidad pero las cosas han cambiado. Se sigue haciendo labor, recogiendo leña pero también se dedican a otras cosas, y es que no va a ser todo trabajar, que ¡ya les toca disfrutar un poco! ¿Verdad?

Y es que las ganas de aprender, de divertirse, de compartir, de viajar, están ahí y eso aporta ganas de vivir, ilusión y esperanza. Y si a eso le sumas la calidad de vivir en pueblo, es una maravilla.

Hace años una “persona mayor” era casi a la edad de 60 años o antes. Recuerdo ver a las mujeres de riguroso luto, si apenas salir de casa. Se hacían mayores antes de tiempo pero no hay edad para dejar de disfrutar, que también se puede (y se debe). Reunirse con los amigo o apuntarse a clases de baile.

Y eso es lo que veo ahora en mi pueblo, personas que se divierten a pesar de los achaques, que tienen tiempo para todo. Igual que te hacen una mantelería que se preparan un coro para cantar en las bodas, o preparan una merienda de cumpleaños con la peña, o se organizan una chirigota en un carnaval. ¡Os lo prometo!

¡Da gusto ver que con sus años y con todo lo que han vivido, siguen con esas ganas de todo. Y que sigan así.

¡Ah! y con todo eso, aún siguen ofreciéndonos sus dulces. Un saludo para todos los mayores vividores de los pueblos. Mi homenaje y cariño.

Azucena Muñoz Sanz – Profesional sociosanitaria y monitora en Estimulación Cognitiva