Aquellos que me conocen me oyen decir a menudo que todos los días salgo de casa con ilusión y regreso muy satisfecha. Hace unos cuantos años que mi día a día transcurre entre melodías y personas mayores -algunas tan sólo dando sus primeros pasos en la madurez-, personas en buen estado de salud o conviviendo con enfermedades como el Alzheimer, y os aseguro que es una de las vivencias más enriquecedoras que he experimentado. Intentaré contaros por qué.

Mi relación con la música desde la infancia fue especial. Empecé a tocar el piano cuando tenía 6 años. Difrutaba de la música que se escuchaba en casa y tuve la suerte de asistir a los conciertos dominicales del ‘Palau’ durante muchos años. Sentía ya entonces que la música era más que algo divertido y emocionante. Intuía que tenía un poder transformador. Y esa idea me acompañó a lo largo de décadas. Muchos años después, en un momento en que empecé a sentir la necesidad de poner una buena dosis de factor humano en mi vida profesional, fue cuando recuperé aquella idea que había estado siempre latente.

Pero, ¿cómo saber si era real ese poder transformador de la música que yo simplemente intuía? Había oído hablar de la musicoterapia, pero desde mi faceta más pragmática necesitaba saber que aquello tenía una base científica evidenciada. Y así fue como decidí investigar un poco más y formarme como musicoterapeuta profesional. Durante los años de formación descubrí que, más allá de la evidencia, había una apuesta por la VIDA, en el sentido más amplio de la palabra. Y así fue como me lancé.

Empecé a acompañar a personas que vivían con Alzheimer, porque conocía de cerca esta enfermedad y sus consecuencias, y sabía que había una buena base científica que apoyaba el uso de la música para mejorar su bienestar. La música me ayudaba a guiarles cuando se sentían desorientados, a relajarse experimentando sensaciones placenteras, a demostrarles que sí podían recordar canciones y hacer música, y que eran capaces de superar algunos de los retos que les imponía la enfermedad como recordar, vivir emociones, haciéndose dueños de nuevo de su identidad y mejorando su autonomía y su bienestar.

Recuerdo a Teresa, una mujer a quien conocí en un Hospital de Día, cuando empezaba a tener los primeros síntomas de la enfermedad, con tan sólo 45 años. En aquellos momentos la depresión estaba jugándole una mala pasada, pero en las sesiones en grupo disfrutaba con la música de West Side Story, Saturday Night Fever y Tina Turner: a pesar de las limitaciones que la enfermedad le imponía, cantaba, reía, bailaba y hacía, con su entusiasmo, que los demás participasen. Su familia me contaba cómo nada más empezar el programa de musicoterapia, en casa estaba mucho más contenta. Me emocionaba muy especialmente la ilusión que transmitía Teresa en su mirada.

¿Conoces a esta familia?

La Familia Shoemaker le pone color al Alzheimer

Unos meses después terminé mi programa en el Hospital. Al cabo de cuatro años el destino hizo que coincidiéramos en otro centro, a donde Teresa había sido trasladada. La enfermedad había evolucionado. Ya no podía hablar y necesitaba que la acompañasen para caminar. Sufría mucha ansiedad, de forma casi permanente, y lloraba muy a menudo. Los profesionales que la atendían manifestaban que se sentían impotentes para tranquilizarla y a menudo se la medicaba, con los efectos que esto conlleva.

Y la música, una vez más, fue un elemento transformador. Me contaban las auxiliares que, de manera intuitiva, Tere esperaba tras la puerta, el día y la hora en que teníamos la sesión de musicoterapia. Y así era. Nada más abrir, me recibía con una enorme sonrisa.

Conocer qué música le gustaba fue esencial, y poder aproximarme a ella sabiendo qué la emocionaba, qué la hacía sentirse bien, era un regalo que me permitió realizar una aproximación empática y plena. Durante un año y medio estuve viéndola cada semana. Es indescriptible el cambio que experimentaba ella mientras interactuabamos con la guitarra, a través de nuestra voz, con una canción grabada o con otro instrumento, o mientras la acompañaba bailando, sintiendo la música a través de su cuerpo. Al cabo de pocas sesiones, respondía con monosílabos a mis preguntas y en varias ocasiones la pude escuchar diciendo ‘muy bonito’ ‘qué bien’. Cuando dejaba la sesión terminaba, apretaba mi mano para que aquel momento no acabase. La luz de ilusión en su mirada había vuelto. Había bienestar, había felicidad y había seguridad, incluso más allá de la sesión, según me contaba su familia. Y todo gracias a ese acercamiento que un recurso único como la música nos permite hacer, para encontrar a la persona que permanece tras los síntomas de una enfermedad como el Alzheimer.

¿Entendéis por qué todos los días salgo de casa con ilusión y regreso muy satisfecha?

Mónica de Castro
Musicoterapeuta especializada en Alzheimer y envejecimiento saludable.
Atención directa, consultoría e investigación.
Fundadora de Singular, Música y Alzhéimer.

singular@musicayalzheimer.com

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