El que vivamos más tiempo y lleguemos en mejores condiciones supone nuevos retos para el grupo familiar, retos que ponen en cuestionamiento los estereotipos mantenidos sobre las personas de edad y sobre las ideas caducas en torno a conceptos clásicos sobre familia, relaciones entre padres e hijos, pareja y otros muchos. Estas creencias equivocadas complican el panorama de los adultos mayores, debilitando su seguridad personal y dirigiéndolos más rápidamente hacia la dependencia.

Entre estas creencias está la de sobreprotección como prueba de amor incondicional a los hijos, confundiendo el quererlos con aceptar todo lo que ellos quieran; desprenderse de lo que tienen para responder a las necesidades materiales que ellos se han creado, ¿cómo voy a negarle a mi hijo ayuda para comprarse el coche? Pasar apuros o vivir con cierta penuria para poder ofrecerles una vida más cómoda o un regalo después de que ellos ya no estén, tengo que ahorrar para dejar a mi hija una casa en propiedad

De igual manera, el concepto de justicia los lleva a considerar que unos buenos padres deben repartir sus bienes por igual, entre sus hijos, con independencia de cómo es cada hijo, cuál ha sido su respuesta hacia ellos ni cuál es su opinión respecto a cómo ellos consideran repartirlo, ya sé que es mi hija la que me atiende todos los días y mi hijo no, pero para mí son los dos iguales, si le doy a uno un dinero, al otro también.

Estas y otras ideas están enmarcadas en un aprendizaje del sacrificio y representan una demostración de lo que se espera sea el “verdadero” amor entre padres e hijos y tienen una consecuencia directa en ellos. En los primeros porque esperan que los hijos respondan de igual manera, a modo de “obligación emocional”, teniendo el deber de devolver los desvelos paternos, siguiendo el patrón que ellos han realizado con sus propios padres, con todo lo que yo he hecho por mis hijos y ahora tiene que atenderme una persona desconocida.

En los hijos, estas ideas les llevan a pensar que todo lo que los padres tienen es de ellos, que su obligación es la de conservarlo y los juzgan como egoístas y malos padres, si se desvían de lo que creen que es justo, considerando que es una demostración de no querer a sus hijos, toda la vida ocupándome de mis padres y ahora reparten el dinero entre todos los hijos por igual.

Conforme avanza la edad de los padres, cualquier comportamiento que se aleje de lo que los hijos consideran ajustado al deber de los padres hacia los hijos, lo interpretan como un deterioro relacionado con la edad, concluyendo que éstos necesitan su supervisión porque ellos no están en posición de decidir, mi padre está mal de la cabeza, hace cosas como si fuera un jovenzuelo.

Podíamos decir que la sobreprotección parental, la dedicación exagerada a los hijos puede hacer que estos, o bien aprendan a comportarse de la misma manera, mostrando sobreprotección y anulando la decisión de los padres por exceso de cariño, o bien se aprenda que ese comportamiento abnegado y dador de los padres es lo lógico, que solo son los administradores de sus bienes, por lo que esos bienes tienen que estar a su disposición en todo momento, tienen un derecho adquirido y se consideran con plena autoridad sobre ellos.

La sobreprotección también se da en los hijos hacia los padres e indica un exceso de responsabilidad de lo que le pueda ocurrir a la persona querida anticipándose a sus necesidades, avisándole de todos los peligros de forma incluso alarmista y retrasando, muchas veces, que esa persona siga probando y reforzando el aprendizaje, si no estoy para ayudarte, no te metas en la ducha, podrías resbalarte y caerte, no me lo perdonaría.

Las razones del uso de la sobreprotección son bondadosas, se quiere evitar que a la persona querida le pase algo malo, sintiéndose culpable al no haberlo podido evitar.

La sobreprotección tiene una serie de consecuencia como es el no desarrollar un buen concepto de sí mismo al no poder poner a prueba su competencia personal, en el caso de los hijos o al no dejar que sigan desarrollando su competencia personal, en el caso de los padres, cuando se les aleja de cualquier cometido por motivo de la edad.

De igual manera, la sobreprotección genera un sentimiento de indecisión ante la toma de decisiones que produce inseguridad, necesitando acudir a otros para resolver los problemas porque ellos se encuentran incapaces, tienen miedo a equivocarse y no intervienen para evitar fallar. La falta de seguridad que genera la sobreprotección conduce a disminuir su autoestima.

La sobreprotección de los hijos hacia los padres y el mantenimiento de estereotipos sobre los mayores han dado como consecuencia la dificultad de los hijos adultos para comprender la perspectiva de los padres, creyendo que sus padres no tienen capacidad para tomar muchas decisiones, por el hecho de ser mayores y que ellos tienen la obligación moral de tomarlas por ellos.

En base a estas ideas equivocadas, surgen distintos conflictos en el contexto familiar que comparten elementos comunes:

  • Formas distintas de entender lo que ocurre.
  • Creer que el cómo lo ve cada uno es la manera correcta y que los otros están equivocados.
  • La opinión de los mayores no tiene que tenerse en cuenta porque no están en condiciones de decidir ya que la edad afecta a su capacidad.

Estas y otras ideas, sobre lo que los padres y los hijos esperan de lo que debe ser el comportamiento idóneo, provocan sentimientos depresivos y de indefensión en los mayores y emociones contradictorias en los hijos adultos y entre los hermanos que dificultan la convivencia familiar.

La mayor duración de la vida supone un alargamiento en la convivencia de pareja y posibilita la aparición de nuevos conflictos de relación. Las parejas de larga duración se encuentran con fuertes dicotomías respecto a los roles aprendidos y los nuevos roles presentes en la sociedad actual y, además, estas dualidades no se dan por igual entre los dos miembros de la pareja, ocasionando fuertes enfrentamientos que conducen, en muchos casos, a la ruptura de la relación a edades que, en otros tiempos no se hubiera pensado en esta salida.

Estas rupturas, en parejas de larga duración, tienen una repercusión en los hijos adultos, dando diferentes respuestas a la decisión de los padres y entre las más frecuentes es la de asombro y perplejidad, seguida de temor y oposición a la misma. Ven peligrar su esquema familiar y la repercusión económica que les pueda acarrear, mis padres no tienen edad para separarse, no piensan en todo lo que supone para nosotros.

Vivir más y en mejores condiciones abre la posibilidad de seguir ocupándose de los hijos adultos que, por diferentes motivos, bien por falta de trabajo, porque éste sea precario, por simple comodidad o por cuestiones de ruptura de pareja, que ocasiona una vuelta del hijo, en muchas ocasiones con los hijos propios, alarga y complica la relación familiar.

La crisis económica actual ha incidido en este alargamiento de la convivencia entre padres e hijos adultos, cuando lo que se requiere es una vida por separado entre generaciones distintas. Además ha supuesto una carga adicional para los adultos mayores, teniendo que seguir manteniendo a los hijos adultos, bien en la propia casa o ayudando a que éstos puedan vivir independientes, lo que ha llevado a un empobrecimiento de esta población.

Vivir más, junto al mantenimiento de las ideas estereotipadas de ser mayor, también puede ocasionar conflictos entre los hermanos sobre cómo cuidar a los padres, qué entienden por cuidados, si creen que debe hacerse en una institución, en casa de los padres o en las de los hijos. Estas discrepancias se acentúan cuando el vivir más va acompañado de cierto deterioro y se producen respuestas diferentes de los hijos ante esta situación.

Los conflictos son connaturales de la vida de las personas y por tanto, son también parte de la vida de los adultos mayores y de quienes se relacionan con ellos. El conflicto es generador de cambio y no siempre vamos a poder eliminarlo o detenerlo por lo que es de gran importancia, para este colectivo, contar con herramientas que les den capacidad para gestionar los problemas de su vida cotidiana de forma constructiva y funcional.

Necesitamos abandonar la imagen de las personas de edad como objetos pasivos de políticas asistenciales, promoviendo su participación y su capacidad de iniciativa e impulsando el control y la autodeterminación de sus vidas. Se trata de envejecer participando plenamente en la sociedad para sentirse más autónomos en la vida cotidiana.

Para abordar estos conflictos en el mundo de las familias se requiere nuevas vías de solución, fórmulas que ayuden a gestionar los conflictos de forma constructiva y promuevan el que las personas mantengan el control en las decisiones que les afecte. Fórmulas que fomenten la seguridad personal, eleven la autoestima y garanticen la capacidad de autodeterminación de las personas mayores, como es LA MEDIACIÓN.

Trinidad Bernal Samper
Directora de los Programas de mediación de Fundación ATYME