Que tu padre tenga Alzheimer te rompe el alma. Tienes miedo y es duro experimentar esa inversión de roles inesperada. Todavía se me llenan los ojos de lágrimas cuando recuerdo el Cola Cao que me preparaba cuando estudiaba por las noches y me daba un beso en la frente diciendo: “No te acuestes tarde hija, esa cabecita necesita descansar”. Es algo que nadie merece experimentar. Pero los hijos de personas con Alzheimer sabemos algo que los demás desconocen. Sabemos que, a pesar del dolor, la lucha, las lágrimas y las noches sin dormir, tener un padre con Alzheimer resulta maravilloso.

Los hijos conocemos la pérdida. La pérdida de un modelo de vida, de un consejero, de un confesor, de un amigo, de un maestro, de un regazo suave y acogedor, y de la experiencia que pensabas que ibas a tener como el resto. Conocemos el miedo y la impotencia de intentar desesperadamente ayudar a tu padre para quitarle el sufrimiento, deseando poder hacer cualquier cosa por conseguir llegar a casa con él cuando todo acabe. Sabemos lo que es pensar en tu futuro y el de tu padre y ser consciente de que quizá será mucho más duro de lo que nunca imaginabas.

Pero también sabemos otras cosas.

Sabemos lo que es mirar a tu padre acurrucado con la piel fina como el papel y los ojos cerrados, conectado a máquinas y a vías intravenosas, y aun así sentir un amor inconmensurable y sincero al pensar que tu padre es el ser más especial del mundo.

Sabemos lo que es encontrar la felicidad en las pequeñas cosas, como cuando tu padre gana un poco de peso, o cuando le ponen un nuevo sistema de respiración, o cuando por fin te mira a los ojos y sonríe.

Sabemos lo que es sentarse y coger la mano de tu padre durante horas, aprender cada día un poco más sobre nutrición y cocina por mucho que lo odies, porque pese a todo es lo más importante que puedes hacer por la enfermedad de tu padre.

Sabemos lo que es querer tanto a alguien hasta el punto de dar cualquier cosa por verle sano y feliz.

Sabemos lo que es darse cuenta, por fin, de que en realidad no importa si tu padre tiene dificultades de memoria o problemas de comunicación o si le cuesta caminar… porque siempre que mi padre viva, lo demás da igual.

Sabemos que por muy frustrado que estés cuando tu padre llore o grite o tire las cosas o diga cosas que duelen, sigue habiendo una parte de ti que recuerda cuando tú mismo no eras lo suficientemente fuerte para llorar, o cuando no sabías si podrías gritar o tirar cosas o a ir de un lado a otro.

Sabemos que cada paso, sea como y cuando sea, es una celebración.

Pueden pasar muchas cosas si tu padre tiene Alzheimer, y a unos hijos les costará más que a otros. Algunos lucharán más y tendrán que recorrer un camino más tortuoso. Pero lo que siempre sabrán -lo que ni médicos ni enfermeros ni familiares ni amigos ni el resto de hijos podrán entender de verdad- es que cuando miren a su padre (a su admirado, querido e increíble padre) verán a un guerrero, a un padre que ha luchado sin descanso por superar mucho más de lo que nadie puede imaginar, y que ser su hijo es lo mejor que te podría haber pasado nunca.

Puede que tener un padre con Alzheimer sea una de las cosas más duras que me han ocurrido en la vida. Pero puede que también sea una de las mejores.

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