Por Conejillo de Indias

La historia comenzó el domingo pasado—día de la madre—a las 5 de la tarde.  Me había acostado a las 3 a dormir una pequeña siesta, y me desperté bien.  Sin embargo, no podía decir nada—ni una palabra.  Formulaba perfectamente en mi mente lo que quería expresar. Las palabras no me salían. No querían ser pronunciadas.  Sentía como si tuviera una tonelada de arena en la boca.  También, me di cuenta que la mano izquierda no me pertenecía. Trataba de hacerlo obedecer mis deseos, pero todo fue en vano; tenía vida propia.    

Las nuevas sensaciones me preocuparon. Estaba sola, con mi hermano discapacitado y el señor que me ayuda a cuidarlo. La jefa era yo, y no me sentía en condiciones de tener las riendas del mando.  Trataba de llamar al señor que me ayuda y, después de unos 20 minutos, pude lograrlo.  Sentí el habla un poco alterado, pero fue entendible para mí y entendido por los demás. Logré dominar la mano izquierda un poco pero aún le faltan su acostumbrada fuerza y coordinación.  Llamé a la señora que me ayuda con las tareas de la casa—sobre todo la cocina, lugar de su absoluto dominio y competencia.  Ella estaba libre e iba a estar libre el lunes ya que era uno de esos días feriados sin definición, como todos los lunes que ya son los días en que nadie conmemora nada pero existe un leve recuerdo que en alguna época del remoto pasado algo importante sucedió.  Así son los recuerdos de la posmodernidad y el posEmiliani (Senador autor de la ley que establece el lunes como día de conmemoración, o día del olvido).  En todo caso, ella prometió llegar en las horas de la noche para quedarse en la casa como es su costumbre.  Y, así pasó.

El lunes a primera hora me desperté preocupada por La Primera Dama, la mayor de mis perros (Son dos, madre e hijo. Ella tiene un temperamento calmado.  Su hijo, Nelson Mandela, es noble y querido, pero un total histérico).  Ella tiene alrededor de 11 años y no ha tenido mucho apetito últimamente.  Tampoco tenía los ojos en muy buen estado. Llamé al médico de ella a las 7:30 y acordamos que él venía a verla dentro de una hora. Y así fue.  La examinó hasta donde ella lo permitió y le aplicó tres inyecciones. Ya no había cómo evadirlo.  Tenía que fijarme en mi misma, tarea que poco acostumbro hacer con seriedad y detenimiento.

Las presiones de la señora que me ayuda, y el comportamiento errático de la mano me convencieron que no tenía muchas opciones. Y, siempre estaba la presión de estar en buen estado para cuidar a mi hermano, un ser totalmente limitado y amañado en su condición de dependencia.  Parece que mandara yo.  En realidad manda él.  Pero los dos tratamos de vivir alegres, cuestionando nuestra realidad con poca frecuencia, adaptándonos a las exigencias que cada nueva circunstancia exige. O, por lo menos, me encanta pensar que es así.  Pero con o sin explicaciones de una filosofía faux, me dejé convencer. Mi empleada y yo nos embarcamos para el lugar de  atención de urgencias de mi seguro de salud.  La decisión de ir allá, es siempre difícil.  El sitio está en el otro extremo de la ciudad; siempre está lleno; se pierde mucho tiempo; se requiere paciencia.

El primer obstáculo, el transporte, fue superado con facilidad. Un amable vecino que maneja un taxi estaba disponible para llevarnos. No había mucho tráfico.  Llegamos al sitio de urgencias en menos de una hora, antes de las 10 am.  La sala de espera estaba repleta y yo era casi la única persona sin un niño de brazos.  Fue un día de mucho movimiento, sin embargo la atención para mí fue rápida y oportuna.  Llamé a unas amigas que viven relativamente cerca y ellas se presentaron mientras que la médica me revisaba.  Eso, con el fin de enviar a la señora que me ayuda a la casa para atender a mi hermano, su cuidandero y los animales (Hay un gato también.  Se llama Último porque iba a ser el último; pero nunca hay garantías cuando de animales se tratan). Efectivamente, la señora se fue y las amigas se quedaron.

Las recomendaciones de la médica fueron de enviarme a una clínica (Ya ve, paciente lector, sí hay una clínica en esta crónica) ya que por ser día feriado no había el personal especializado para revisarme y llevar a cabo los exámenes indicados.  No quería internarme por nada del mundo pero no tenía muchas opciones.  Deliberé un rato pero terminé aceptando la incertidumbre de mi decisión al escuchar las voces de razón que son las de los profesionales de la salud que siempre tienen los intereses del paciente como prioridades.  ¡Qué bonitas palabras!  Son las que quería creer. En este caso fueron totales y absolutas mentiras.

Habiendo “colaborado” con las recomendaciones de la médica, los ayudantes y asistentes se encargaron de tomar una muestra de sangre y de hacer un TAC cerebral (tomografía de cráneo simple). Me canalizaron la vena de la mano derecha.  Poco después me enviaron en ambulancia a mí y a mis amigas a una clínica más cerca a mi casa. Entramos por la puerta de urgencias y me acomodaron en un cubículo. El médico de medicina general revisó mis exámenes y me explicó que tenían que mantenerme bajo observación ya que las 72 horas después de un episodio como el que había experimentado son críticas porque el episodio podría repetirse, aún con más consecuencias.  ¡No me gustó para nada esa información! Cada vez que creía que estaba llegando a un acuerdo razonable con el sistema médico, las reglas del juego cambiaban.  Pero todo el mundo me aseguraba que esto era para mi bien, que era necesario, que con la salud no se juega y similares palabras reconfortantes y convincentes.  Fue muy temprano para saber que nada de lo que iba a pasar era para mi bien, ni era necesario y los que sí jugaban con la salud eran sus mismísimos representantes de su máxima expresión—sus sacerdotes, obispos y cardenales—los médicos, enfermeros y especialistas que iban a practicar cualquier clase de invasiones y atrocidades para seguir sus protocolos y comprobar sus hipótesis—y, sobre todo, cobrar sus dineros.

Yo necesitaba sentir que los parámetros de mi estadía en la clínica respondían a un acuerdo razonable.  Estaba dispuesta de aceptar las 72 horas de observación, inocentemente creyendo que trataba con personas honradas que cumplían su palabra.  Aclaré con el médico que las  72 horas habían comenzado el domingo a las 5 pm y terminarían el miércoles a la misma hora.  No fue hasta tarde que me di cuenta que aunque cada persona individualmente podría ser honrada y cumplidora, el resultado, sumando a todos los actores del caso, estaba en mi contra.  Cada uno veía un fragmento del proceso y lo prometido por uno fue ignorado y desautorizado por el otro.  La única persona con la visión global sobre lo que pasaba era yo y mi opinión no contaba. Tantos expertos seguramente sabían mucho más que yo lo que tenían que hacer y cómo tenían que hacerlo.

Mientras tanto me entretenían en exámenes: electrocardiogramas, revisiones, estudios en sitios más fríos que el polo norte, más análisis.  Amigos y amigas me visitaron en urgencias. Un sin-fin de médicos y especialistas también. Cada uno veía la situación por su óptica particular y procedía de acuerdo con su apreciación de la situación. Nadie, con la excepción de mi persona, tenía la visión total.  Mi visión aunque más auténtica y comprensiva, definitivamente no contaba.  Carecía de poder.

Yo no quería que nadie se quedara conmigo en la clínica. Pregunté si un acompañante era un requisito de atención y un médico me dijo que no.  Los demás—médicos, enfermeros, administradores—aparentemente no sabían eso.  Para ellos, un acompañante era indispensable. Ya yo había recuperado el uso de mi mano izquierda casi en su totalidad. Caminaba bien, me bañé, organicé mis pertenencias que me habían traído mis amigas desde la casa.  Es de notar que en esta clínica el paciente tiene que aportar su propia toalla, sábanas y almohada.  Si necesita ayuda con las actividades de la vida diaria o tiene dificultades de movimiento, el mismo paciente tiene que traer a su ayudante para moverlo y ayudarlo. La clínica no proporciona sino supuestos cuidados médicos. Lo demás corre por cuenta del paciente cuya paciencia seguramente está agotándose rápidamente. Se me olvidó decir que las pastillas que le traen al paciente no vienen acompañadas por agua ya que el agua potable también corre por cuenta del enfermo.

Permanecí en Urgencias desde que llegué a las 2:00 pm.  La clínica solicitaba autorización de mi aseguradora para internarme. A medianoche, ya cuando se habían ido mis amigos, decidieron internarme en la Unidad de Cuidados Intermedios. Allí empezó una estadía tan horriblemente incómoda que no encuentro cómo describirla adecuadamente. Estaba en un cubículo, en una cama que requería asistencia para manejar.  La opción de sentarme en una silla no existía.  No había baños.  Para orinar tenía que llamar a una auxiliar. Ésta venía con un pato metálico más frío que la temperatura del ambiente. Fue incómoda, humillante y, sobre todo, muy innecesaria ya que estaba perfectamente capaz de realizar todas las actividades básicas de la vida.

Antes del amanecer yo pedí hablar con el jefe de la UCI.  Un asistente lo llamó.  Aunque no estaba haciendo nada, no quería acercarse. Seguí insistiendo. Sin embargo, cuando por fin tuve su magnífica presencia al lado mío, me arrepentí completamente. Le dije que no podía quedarme en esas condiciones de incomodidad y no necesitaba estar en la UCI. Aceptaría un cambio para un cuarto en un piso de la clínica. El director de la UCI me dijo que como ninguno de mis familiares quería quedarse conmigo, tenía que estar en la UCI. Le dije que eso no era correcto pero, en todo caso, tenía que salir de ese ambiente tan frío y hostil.  Me dijo que tenía que quedarme allí y se marchó. La tentación de marcharme también fue grande pero todavía estaba oscuro afuera y no me atreví a salir a la calle en ese momento. Equivocada otra vez.

Se me olvidó decir que nadie se preocupaba por preguntarme sobre los medicamentos que tomo. Yo tomo muy poca medicina y la tenía conmigo.  Sin embargo, en varios momentos me ofrecían medicamentos que no iba a tomar porque mi experiencia con ellas en el pasado no fue buena. La familia de las “estatinas”, por ejemplo, siempre me causaba dolencias en los músculos. Las rechazaba, acción que seguramente operaba en mi contra—pero no sabía que estaban calificando mi conducta como cualquier profesor de primaria.

Por fin se aclaró el día y a las 7 tuve la visita de unos 5 médicos juntos—algunas caras conocidas y algunas nuevas.  Ya sabían que me había quejado por las condiciones de la UCI. Prometieron cambiarme a un cuarto en un piso de la clínica.  La mañana pasó.  Me trajeron un desayuno. Explicaba que era vegetariana (Nada de carne, nada de pollo, nada de pescado) y el desayuno—tajadas de melón, una arepa, queso y avena—fue adecuada.  Fue la única comida aceptable durante mi estadía en la clínica ya que no entendían mis requisitos dietarios a pesar de haberlos repetido pacientemente (no sin razón nos llaman pacientes) a todas y cada una de las personas que me atendían.  Afortunadamente mis amigos me trajeron avena, pan, agua y galletas del supermercado al lado.  Logré hablar con unas nutricionistas el miércoles, día que iba a salir.  Ellas me vinieron a visitar porque me habían traído una sopa de plátano absolutamente adecuada para mi dieta vegetariana según la persona que repartía las comidas.  ¡Cuál fue mi sorpresa cuando destapé la sopa y vi que en ella flotaba un ala de pollo!

Estoy adelantando.  Varias personas de la UCI me aseguraron que el cambio de cuarto venía pronto pero tuve que pasar más de 6 horas, congelada e incómoda, para realizar el traslado.  Fui enviada al cuarto piso a una habitación con dos camas.  Ninguna estaba ocupada.  Como nadie me orientaba sobre qué tenía que hacer,  me acomodé en un espacio, guardé mis cosas y me bañé. El cuarto estaba frío y me dijeron en el puesto de personal para ese grupo de habitaciones que no era posible cambiar la temperatura.  No insistí más pero cuando llegó un amigo más tarde él pidió el control del aire y lo bajó, ya con el consentimiento de mi compañera de habitación.

Mi compañera de habitación y sus familiares y amigos fueron un verdadero regalo de la vida.  Ella tenía 95 años y estaba muy, pero muy, agradable.  Se veía muy bien arreglada pero un poco pasado de kilos.  Compartimos el disgusto por las tareas de la cocina y el amor por la música vallenata.  Nos contó sobre su primer viaje a Bogotá cuando estudiaba en un colegio de monjas.  Viajaron por el Río Magdalena seis días en un barco de rueda que llegaba a Honda.  Desde ese lugar se trasladaron a Bogotá por tierra. Cuando vio a las niñas bogotanas bañándose en el rio, ella también decidió hacer lo mismo, sin contar con la temperatura del agua que la congeló en seguida. Recibió visita de muchos amigos y pude renovar contacto con una excelente persona amiga de ella que había sido amiga mía en un tiempo y cuyo paradero desconocía. ¡Qué alegría tropezar con personas tan amables!

Sin embargo, no todo fue alegría.  La señora estaba acompañada siempre por un hijo, recién operado del corazón, una nuera delgada y una hija, también bajita.  Los empleados de la clínica no estaban dispuestos a ayudarlos en los cambios de posición que había que realizar: de acostar a la señora, de voltearla, de cambiar su pañal, de trasladarla a una camilla para llevarla a un examen—o cualquier movimiento grande o pequeño que estuviera indicado. Los familiares de ella y amigos de ella y míos trataban de ayudarla al máximo. Nos pareció una indebida falta de colaboración ya que todos trataban de ayudar en lo que más se pudiera.

Con el buen arreglo que mi amigo había hecho al aire acondicionado, tanto mi compañera como yo logramos dormir toda la noche. En la mañana tuve la visita de un joven, casi-médico, que termina sus estudios este año. Me entrevistó detenidamente sobre mis antecedentes médicos y la situación que me tenía en la clínica actualmente. Conversábamos aproximadamente media hora. Le comenté que ese día era miércoles y se cumplían las 72 horas de observación y pensaba irme a las 5 pm ya que ninguno de los múltiples estudios había revelado nada concreto.  Al rato el joven regresó, esta vez con su profesor y los demás alumnos del grupo.  No tuve sino palabras positivas para el joven.  Fue cortés y delicado y parecía escuchar y asimilar lo que le decía. Aunque fue así, tanto él como yo, siendo los más conocedores de mi situación médica, estábamos totalmente sin poder.  El profesor decidió que deberían de realizar otros exámenes. Reiteré que salía a las 5 pm si no se presentaba un poderoso argumento médico para quedarme. Expliqué que viajaba a Barranquilla a participar en un evento organizado por médicos (gerontólogos y geriatras), que me iba a quedar con una amiga enfermera conocedora de mis antecedentes, que tenía buenos contactos en la comunidad médica de esa ciudad.  Pedí que me tuvieran lista la historia clínica junto con los resultados de los múltiples estudios y exámenes.  

El joven casi-médico me acompañó a la unidad de cardiología.  Me hicieron una ecocardiograma y me dijeron que necesitaba un examen Holter de 24 horas.  Sería de pedir autorización a mi compañía de seguros para realizar eso en el futuro. Ya me habían hecho varias TAC y un Dopler de los vasos del cuello.  Regresé a la habitación para arreglar mis pertenencias. Fue en ese momento que me trajeron la sopa con ala de pollo. No me preocupé mucho ya que ningún resultado de ningún examen—que yo supiera—había arrojado un resultado ni preocupante ni alarmante.

Había citado a la persona que me iba a acompañar en la salida para las 4 de la tarde.  A las 3, vino el casi-médico a avisarme que su profesor, el médico-jefe, no se encontraba en la clínica y no sabía quién iba a hacerme los papeles necesarios para mi egreso. Mentalmente revisaba mis conocimientos jurídicos sobre detención ilegal—un crimen reconocido en todas partes del mundo. Le pedí al “casi” que buscara una alternativa. Mientras tanto una enfermera me dio una tableta ASA de 100 miligramos y me aplicó una inyección de un anticoagulante en el estómago.  Inmediatamente hice una reacción alérgica.  Los músculos de la cara y el cuello bailaban sin control. ¡Ojalá mis piernas y caderas funcionaran así al ritmo de una música bailable! Nadie de la clínica tenía mucho interés en mi reacción pero era obvio que tenía que esperar un tiempo más para que los músculos se calmaran.  

Ya cuando sentí que estaba en vías de normalización, alrededor de las 6:30, volví a pedir los papeles necesarios para salir de la clínica. Nadie tenía razón de ellos. Seguí insistiendo y, por fin, localicé al médico que dizque “estaba trabajando en eso”. Ese médico mostraba su inconformidad con mi decisión.  Yo le agradecí su preocupación pero me mantuve firme en mi decisión. Salía esa misma noche—con o sin los papeles indicados. Por fin me dieron una historia clínica de 9 páginas. Después de tantos estudios y tantos especialistas involucrados, esperaba un diagnóstico—y, por lo menos, los resultados de los principales exámenes que me habían hecho. La historia repite la información dada por mí—con un poco de respuestas inventadas por los que hicieron el informe.  Cuál fue mi sorpresa, por ejemplo, cuando leí que era una viuda que vivía sola. ¡Puro invento! Lo que sale claramente es que fui inconforme, grosera, e irritante.  Es cierto. Sin embargo, no creo que fuera necesario internarme en una clínica para llegar a esas conclusiones, ni a observar esos comportamientos.  No tuve la oportunidad de expresar mi tristeza de haber participado en semejante obra de teatro con consecuencias muy reales y negativas para mi aseguradora.  Fui una presa no tan fácil, utilizada para conseguir dinero para la clínica.  Me niego a repetir la experiencia.         

Y, por supuesto, el posdata. Llegué bien a la casa.  Dormí toda la noche.  Al día siguiente en la mañana, la señora que me arregla las uñas vino para hacerme el debido trabajo en preparación para mi viaje a Barranquilla.  Mientras tanto, nos tomamos un delicioso café con leche, preparado en la licuadora por la señora que me ayuda en los quehaceres de la casa.  Esa bebida me devolvió el alma al cuerpo.  Sin duda, Juan Valdez es mi médico de cabecera.