Trabajar como psicóloga en una residencia para personas mayores me cruzó en el camino con Blanca. Su amistad durante su estancia me enseñó lo que es importante en la vida.

Me siento muy afortunada de haber formado un vínculo muy especial con una señora notable de casi cien años. Blanca no era la persona más mayor de la residencia, tampoco la que más llamaba la atención. Sin embargo, fue ella la que me regaló una de las experiencias más bonitas y humanas en lo que va de mi trayectoria profesional.

El 25 de agosto, apenas una semana antes de su cumpleaños, ella falleció. Esta es la historia de nuestra amistad.

“He conocido a una mujer encantadora,” dije a mi abuela en una de nuestras llamadas telefónicas. “Eso es bueno hija”, dijo ella. “Sí yaya, pero es mayor, muy mayor”,” hice una pausa y le dije, ¡¡Tiene casi cien años !! Un momento que me cambió.

Eso fue hace unos años. No me di cuenta que sería el inicio de una amistad cercana, donde la diferencia de edad abarcaba más de seis décadas. Desde el principio, nunca me sentí como si Blanca y yo no tuviéramos conversación, o como si no tuviéramos suficientes cosas en común. Todo lo contrario. Ella traspasó la relación profesional que nos unía, para convertirse en una persona que marcaría un antes y un después en mi existencia. Me enseñó a guardar palabras sabias para crear una filosofía de vida de bolsillo. 

Con el paso de los meses, me maravillé por la fuerza y la hazaña del cuerpo humano y su capacidad para funcionar. Algunos se sorprendían al ver que Blanca podía tener una conversación completa conmigo sobre cualquier cosa, y que su memoria se remontaba tan fácilmente, recordando incluso pequeños fragmentos de conversaciones que tuvieron lugar hace 80 años.

Cuando conocí a Blanca, me sorprendió por su asertividad. Sus estudios eran básicos, no le gustó eso de tener que hincar los codos. Sin embargo, era una mujer rebosante de inteligencia, buenos modales y llena de agudeza. No bajaba la guardia.

Comenzamos a construir nuestra amistad pieza a pieza; semana a semana. Una vez que consiguiera conocer su historia, recordaríamos los detalles que se escondían en cada una de las fotografías que formaban el tapiz de su vida. Blanca se había asegurado de capturar los viajes que hacía de Zaragoza a Bilbao para ver a su marido. Siempre recordaba, entre tímidas sonrisas, aquellas horas en tren y los consejos de su padre para que todo fuese bien en el camino. Su marido trabajaba en Bilbao y ella hacía todo lo posible por estar con él. Al final, logró convencerlo y como ella decía “se lo llevó a su terreno”. 

Maña por convicción -y cabezonería- era amante de su Virgen del Pilar. Recuerdo las tardes que venía a verme al despacho. Acabábamos haciendo una visita a la Basílica de 360º o viendo la zarzuela de Gigantes y cabezudos. Cómo disfrutaba.

Aunque los despistes y los fallos de memoria se iban abriendo paso en sus días, participaba en todas las actividades. Adoraba cuando podía pasear por el jardín y respirar aire puro -“Dame el bracete que nos vamos de paseo”-, me decía. Le apasionaba bailar cuando era niña y recuerdo, sólo unas pocas semanas antes de su muerte, como ella sonrió cuando sonaba un vals vienés en mi móvil, nos cogimos de las manos y bailamos junto a la música.

Está claro que algo interesante empezó a suceder mientras compartía esos momentos con Blanca cada día y me di cuenta de que ocurría tanto para mí como para ella. 

Pero cuando las cosas han sido un poco frustrantes en mi vida; cuando he fracasado a lo largo de los años; cuando las amistades y las relaciones han sido confusas, y pequeñas decisiones han pesado en mi mente, he apreciado simplemente la oportunidad de recuperar mi perspectiva de la vida y aquello que realmente importa.

Cuando estamos inmersos en nuestra vida sin ninguna limitación, es muy difícil imaginar la sensación de privación de libertad si tus facultades fallan -que, seamos sinceros, si llegamos a los 100 lo harán-. Cuando la radio no supone ningún placer -estás demasiado sordo- y los libros ya no son una opción -demasiado ciego-, lo único que te llena es la alegría de la gente. La gente que te demuestra que no te olvida; que todavía vales mucho como persona que piensa, siente y opina; que todavía recuerda la vida que ha tenido – y la cuenta con alegría, tristeza y añoranza. Al ver cómo Blanca valoraba la compañía de la gente por encima de todo y posicionaba las cosas materiales muy por debajo de eso, fue un crudo recordatorio de la forma en que debemos tratar de acercarnos a nuestras vidas.

La muerte a los cien años no es inesperada, pero todavía siento que falta algo en mis días y en mis semanas. Me siento muy afortunada de haber formado un vínculo muy especial con una señora envidiable, que era una verdadera amiga en todos los sentidos de la palabra. Y yo siempre estaré agradecida y llevaré flores al Pilar cuando pase por Zaragoza. Es lo que Blanca hubiera querido.

Nuria Carcavilla

Psicóloga y coleccionista de historias