“Envelhecer”, hermosa palabra… Embellecerse, mejorar como personas, hacerse mayores… 

Escuchaba a una persona de 88 años, curtido pero embellecido por la vida, decir que la juventud es a fin de cuentas una enfermedad que se cura sola. Solo hay que esperar. 

A diferencia de las personas jóvenes, a los mayores se les curó la prisa y ese afán por llegar a todas partes. También se les pasaron las ganas de acumular objetos y de ganar dinero para poder comprarlos; pero en cambio, son ricos en recuerdos. Sin más proyectos ni planes a la vista, les basta con estar rodeados de sus vivencias. No necesitan conocer más mundo ni a más personas, tan solo piden ser respetados y vivir en sus casas; en el barrio de toda la vida y rodeados de sus vecinos. Porque ya no necesitan tener para ser felices, les basta con estar. 

Siempre me pareció maravillosa aquella metáfora del montañero que, como las personas mayores, va perdiendo las fuerzas a medida que asciende; pero que al llegar a la cumbre, cansado pero pletórico, comprueba como su vista alcanza a ver los valles más lejanos. Abajo quedó el bosque, lleno de frutos y criaturas silvestres, pero ahora su visión de la vida es más nítida y más serena. 

Siendo esto así, habiendo acumulado tanta experiencia, con tanta información como tienen, por qué dejamos de contar con ellos a partir de cierta edad; cuál es la razón por la que deben jubilarse estando en plenas facultades; quien decide en qué momento una persona debe retirarse a descansar. 

Nadie consentiría ser discriminado por sus ideas; tampoco ser marginado por razones de género u orientación sexual. En cambio, ¿por qué nos parece aceptable que una persona sea discriminada por su edad? 

Se trata en muchos casos de creencias, normas y valores que imperan en nuestro entorno, que pretenden justificar actitudes discriminatorias contra las personas por motivo de su edad. Una estereotipación que recibe el nombre de edadismo, y que junto con otros términos como viejismo, ancianismo o gerontofobia, hace referencia a comportamientos rechazables cuyas consecuencias pueden ser trágicas al menoscabar la autoestima de las personas mayores, su integridad física y su autonomía a la hora de tomar decisiones. Que afectan a la convivencia y al normal desarrollo del grupo, y que denigra a la sociedad en su conjunto. 

Se impone la necesidad de aprender a convivir con la diversidad y enriquecernos con ella, sin menospreciar ni señalar a nadie por sus creencias o valores, su forma de vestir o expresarse, sus hábitos o formas de vida. Pero tampoco por motivo de su edad. 

Autor: Bruno Anguita Alegret

NOTA: Indico enlace con la web, creada con el fin de dar a conocer el edadismo, reconocerlo en nuestro entorno y encontrar formas de combatirlo.

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