Sólo es cuestión de sentarse con una taza de té en tu sillón orejero. Coger aire y saborear esa lenta inhalación. De joven no tenías tiempo para detenerte en estos momentos tan deliciosos que ahora te reconfortan.

Te has dado cuenta que “los estragos del envejecimiento” te persiguen. La vejez no es para los débiles de corazón. Ahora estás ahí sentado, ordenando tus pensamientos para afrontar esta etapa con las mejores armas. Navegando en un océano de divagaciones te das cuenta de los problemas que amenazan tu vida. Ayer visitaste a tu fiel amigo en una cama de hospital tras superar su triple salto mortal.

Te comparas con ese joven que corría en el aeropuerto para alcanzar su vuelo. Y a los 70 años, tu cuerpo emite señales para recordarte que debes subir a la cinta transportadora de la vida. Las personas más religiosas se aferran a los heraldos de la eternidad sin temer esos “achaques de la edad”. Los ateos lo tienen más complicado, no pueden mirar a un futuro mejor de aquí en adelante.

¿Qué puede hacer uno ante el envejecimiento?

El psiquiatra Irv Yalom nos pide que miremos un poco al sol. Una metáfora que nos invita a entrar en nuestro propio dolor. ¿Esto nos puede ayudar a evitar el terror de morir? Así lo afirma en uno de sus libros. Al intentar eliminar los temores sin enfrentarse primero a la muerte, lucharemos inútilmente contra lo inevitable y sentiremos un profundo desaliento ante el próximo síntoma o diagnóstico. 

Así que, en lugar de estar siempre tratando de racionalizar que los cambios físicos o mentales no tienen importancia, pasas al plan B. Vuelves a la realidad y admites que son signos de tu decadencia. No se trata sólo de aceptar la parte más cruda, también hay una positiva. Ahora cuentas con una base legítima que te va a facilitar las cosas. No tienes que hacer frente a esos duros e inalcanzables objetivos, podrás trabajar un poco menos duro sin preocuparte de que la pereza se apodera de ti.

“Los signos de la edad son también magníficos recordatorios para que el tiempo que queda lo inviertas en tus actividades y relaciones más valiosas”

Después de haber cogido un poco de color al sol, sería un acto prudencial tratar de abandonar todos esos pensamientos basados en preocupaciones respecto al final de la vida. Así, tus neuronas de la memoria asociadas con la muerte y el dolor dejarán espacio a los pensamientos positivos: lo que vas a hacer en este momento, aquí y ahora.

Por último, algo que el miedo a la muerte y el morir puede convencerte es que el tiempo se gasta mejor cuando usamos nuestras mejores habilidades para ayudar a los demás. Centrarse todo lo que sea posible en este aspecto en lugar de en tu desaparición marcará una gran diferencia y te permitirá sentirte más feliz. 

Nuria Carcavilla

QMAYOR