Hoy te fuiste, abuela. Nunca pensé que cuando me despedí y te abracé aquel día, sería la última vez. Más que no pensarlo, me rehusaba a creerlo. Tenía miedo de que aquel beso que te di en la frente, con lágrimas en los ojos, sería el último. Y aunque desde luego si algo no tenía eran certezas, me invadió un miedo insondable cuando caí en cuenta de que tus ojos también se cristalizaban. Aquel gesto me dejó mudo, me marcó profundamente, pues pocas veces que te vi llorar. Ese día sentí, como si tú supieras de forma anticipada, que sería la última vez que estaríamos juntos. Y así fue.

Perdona si tardé demasiado en regresar. Perdona, también, si me fui tantas veces. Ahora tengo la certeza de que cada segundo a tu lado se queda aquí, conmigo para siempre. Tú me dijiste que seguiríamos juntos; que seguirías esperándome hasta que yo regresara; que todo seguiría igual. Pero esta vez fue distinto. No estaba en ti: cada viaje, cada periodo en el extranjero, estaba acostumbrado a saber que al regresar bastaba con llegar a casa para encontrarte feliz, sana, enérgica, contando historias y haciendo bromas. Hoy, en la distancia, sabiendo que ya no estás con nosotros, cierro los ojos y me imagino entrando a tu casa, mientras me miras con una enorme sonrisa.

Siempre supe que esa última vez que me despedí de tí sería distinta. Esta vez me dijiste: ‘‘Aquí estamos, mijo’’, con un aire de resignación. Tú silencio me dijo mucho aquel día. En ese momento no lo pensé, pero hoy me queda claro que reaccioné inmediatamente al tono de tus palabras. Y si nunca antes me permití decirlo, hoy sé que tus palabras entraron a mis oídos como una suerte de vaticinio. Por primera vez sentí que había probabilidades reales de que, si no regresaba pronto, sería la última vez que te tendría en mis brazos. Ese día cuando mi madre me vio llorar, ella lloró a mi lado. Sabía perfectamente lo que sentía. No pude evitar interpretar su abrazo como una especie de consuelo anticipado. Estando lejos, el día de tu partida, recuerdo aquella sensación como una fuerte dosis de tranquilidad. Como cuando mi tío Alfredo se despedía de ti, abuela, cada vez que se iba a Estados Unidos, cerrando los ojos para tratar de encontrar un ápice de tranquilidad en medio de la incertidumbre de si te encontraría de nuevo. Yo sé que es tarde para pensar en eso. Como sea, me siento culpable de no haber entendido cuando me decías que este último periodo no había sido el mejor para ti. Me dijiste, muchas veces, que estabas cansada. Cansada de tantas pastillas, tratamientos, dolores, cuidados y cosas. No estabas acostumbrada a la enfermedad, abuela. Y nosotros tampoco a verte así. Verte decaer y perder energía nos dolió: por primera empezamos a caer en cuenta de que no serías eterna.

Me duele tu partida, pero al mismo tiempo me llena de felicidad. Con casi cien años de vida, es difícil tener la energía que tú tenías, abuela. La alegría, el ánimo, la fortaleza y la vitalidad siempre te acompañó, hizo que probablemente nosotros nos mal acostumbráramos a la idea de verte sana, enérgica y feliz, aunque te acercaras al siglo de vida. ¡Y como no hacerlo! Hoy recuerdo perfectamente aquella fiesta en la que cumpliste quince años por sexta vez[1], baliando de cachetito, gritando de emoción y llorando de alegría. Aunque no me arrepiento de nada, hoy te repito lo aquella vez te dije: nadie como tú me ha enseñado que la juventud se lleva en el alma.

Tal vez nos olvidamos, abuela, de que no estarías siempre con nosotros para llenarnos de vida, alegrarnos el día, para unir a la familia. Pero por eso, precisamente, creo que  no es momento de tristeza. Hoy recuerdo y celebro tus palabras: ‘‘Cuando me llegue el día, no quiero que me lloren. Ni se despidan. Yo fui feliz y quiero que lo sigan siendo ustedes; yo me voy tranquila, como un libro que termina; una página que cuenta su final’’. Si bien no llorar no te lo prometo, abuela, sí te prometo, desde luego, no despedirme de ti. En lugar de eso, te escribo esta carta como un hasta pronto. Te escribo para comenzar a comenzar a vivir con tu ausencia. Tú me lo dijiste muchas veces, con toda razón: no somos más que polvo; pequeñas piezas insignificantes de este universo. Hoy sé que cuando me llegue la hora de partir, recordaré tus palabras. Al imaginar que tomo tu mano, no tendré miedo. Me iré feliz, como tú, con la certeza de que falta poco para encontrarte de nuevo. Mientras tanto, me quedo con tus recuerdos, no para llenarme de nostalgia, sino de felicidad. Proyectaré tu sonrisa en mi mente al recordar todas las historias y enseñanzas que me dejaste. Para recordar tu compañía, tu cariño, el inmenso amor que le dejaste a tus hijos, nietos y bisnietos. Como uno más de ellos, te agradezco por tu amor, presencia y enorme legado: hasta pronto, querida abuela.

Cristian Márquez Romo

Josefina Calderón Hinojosa

 (1922-2017)

 

[1] Azteca Noticias. (2012, 21 de noviembre). Mujer celebra sus XV años por sexta vez. Recuperado el 3 de agosto de 2017 de: https://www.youtube.com/watch?v=Je2_G4PTw6I

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