La vida es como una canción. Cuenta con crescendos, ritmo y un comienzo definido y un inevitable final. Treshold Choir toma esta canción como una metáfora literal de la vida y la muerte, y lo utiliza para ofrecer calidez a las personas con enfermedades terminales, con música y armonía. Pero también con susurros “Estamos contigo” y el roce de la piel “Nos importas”.  Mientras cantan en la cabecera de la cama, la gente ha dicho a los cantantes que se sienten menos dolor, menos ansiedad y menos soledad. Hoy en día, este organización se ha expandido desde su origen en San Francisco a 150 coros de todo el mundo, sembrando amor. Gloria para ellos y gloria para los que padecen y sufren al final de la vida. Ellas convierten al lecho de muerte en un hermoso santuario.

Vale la pena conocer la historia de la fundadora. originalSu amigo estaba muriendo de SIDA, y Kate Munger no sabía muy bien cómo ayudar. “Cuando llegó el momento de sentarse junto a su cama, estaba aterrada,” dice Kate, 66. Estaba agitado. Así que Kate hizo lo que siempre hacía cuando sintió miedo, se puso a cantar:

“Hay una luna / Hay una estrella en el cielo / Hay una nube / Hay una lágrima en el ojo / Hay una luz / Hay una noche que es larga / Hay un amigo / Hay un dolor que se ha ido.”

Kate repitió las letras una y otra vez, cantando durante dos horas y media. “Me calmó, que le tranquilizase”, recuerda. “Yo sabía que le había dado el mejor regalo que podía. Y en el momento en que terminó de cantar, sabía que esto era algo que debía ser  compartido. “Y así The Treshold Choir nació”.

Transmitir presencia, paz y comodidad es la misión de cada voluntario. Muchas de las canciones han sido escritas por Kate. “Cantamos con mucha suavidad y bastante de cerca”, dice Kate. “Estamos tratando de recrear la distancia entre la boca de una madre y el oído de un bebé.”