Nuestro querido corresponsal en Chile, Rodrigo Balcazar, ha hecho posible esta entrevista para acercarnos a la labor que realiza el capellán Andrés Ariztía en la Fundación Las Rosas. Conversando nos explica que el esfuerzo de la Fundación , y el suyo propio. Se enfoca en comprobar día a día las ganas de vivir, las alegrías, las penas y esperanzas de los ancianos. Son personas mayores. Son pobres. Y por si fuera poco; desvalidos. Ellos son su desafío “Mientras haya un abuelo que consolar o acompañar en su soledad, en sus dolencias; uno no puede descansar”, dice.

“Hay que hacerse cargo”, son las primeras palabras del capellán. Tal como enseña San Pablo. “Haz con el otro lo que quieres que a ti te hagan”, el sello de Fundación Las Rosas se expresa en los cuidados que le entregan a los adultos mayores más pobres de Chile. A esos que nada tienen, los que carecen de redes familiares o sociales, los más enfermos. Es una tarea inmensa, compleja, que implica detenerse en cada uno de ellos, en sus realidades, sueños, historias. “Esto es mucho más que alimentación y techo. Es esperanza de cielo. Es reconciliarlos con su propia existencia, darles la confianza de perdonarse y asumir el final de sus vidas con alegría”, dice el capellán.

Fundación Las Rosas lleva 50 años en la misión de acoger y cuidar a los adultos mayores más pobres de Chile. Andrés Ariztía lleva 15 años dedicado al oficio de la capellanía. Fue un regalo del cielo, que le ha cambiado el sentido a su propia existencia. “Sentir el cariño y afecto de las personas mayores es vivir en un milagro constante. Esas personas que a simple vista parece que nada tienen, son capaces de entregar el cariño más maravilloso que puede recibir un ser humano. Porque en el fondo son ricos en la fe, en la sabiduría, en el amor a Dios. Ellos nos enseñan a mirar al cielo y a entender que hacia allá vamos todos, sin miedos, sin temores.

Los hogares de la Fundación son verdaderos centros clínicos. “Es el hospital más grande de Chile”, dice el padre, aludiendo a que tienen 30 hogares desde La Serena a Osorno. El 96% de los residentes muestra algún tipo de dependencia física, el 72% presenta daño cognitivo, siendo el Alzheimer el más común. En promedio, tienen 8 patologías asociadas, entre ellas hipertensión, diabetes, inflamaciones al páncreas, fibromialgia. “Nosotros trabajamos mayoritariamente en la cuarta edad, esa que comienza al cumplir los 80. Se trata de un período de la vida en que sobrevienen los grandes quebrantos de salud. Una etapa en que escasean los vínculos humanos y los únicos recursos con los que se cuenta son los recuerdos que se desvanecen y la soledad”.

Para nosotros celebrar un cumpleaños con una torta incendiaria de 82 velas prendidas es pan de cada día.

A todos ellos, Fundación Las Rosas les entrega cuidados médicos, alimentación adecuada, terapias ocupacionales, sesiones de kinesiología y todos los servicios físicos y psicológicos que necesitan. “Ese es nuestro compromiso con ellos. Una labor que nos llena de paz y hace que nuestra vida tenga mucho sentido. En mi caso particular, con mi ministerio sacerdotal, es mi conciliación con la caridad”, señala el padre. 

Explosión social

En Chile no hay una política pública que se responsabilice del rápido envejecimiento de la población. “Estamos sufriendo una explosión social”, dice Andrés. No de protestas. No de manifestaciones ni  gran caos, sino “una implosión donde quienes sufren soledad se queden cada vez más solos; donde los que tienen carencias recibirán, por solución, carencias más profundas”.

Según la última CASEN, en Chile hay 3,1 millones de personas que tienen más de 60 años. De ellas, poco más del 21% (unas 600 mil) vive en condición de pobreza multidimensional, es decir, presentan carencias significativas en materia de salud, vivienda y redes sociales. “Somos el segundo país más envejecido de América Latina, después de Uruguay; y el que tiene esperanza de vida más alta de toda la región. Se estima que 100 mil personas ingresan al segmento mayor en Chile cada año, lo que hace estimar que para el año 2050 la población mayor superará el 25% del total, con más personas mayores de 60 años que menores de 15. A ello se suma que la gente no está teniendo hijos. El promedio actual es de 1,7 hijos por familia… Todo este cambio demográfico está generando un impacto profundo en nuestro país, que requiere de una mirada global y de acciones que nos permitan enfrentar con seriedad todo lo que viene”.

En Chile hay 330 mil adultos mayores que viven en absoluta soledad. No pocos están enfermos y en malas condiciones de salubridad.

En este escenario, crudo y desolador, Fundación Las Rosas aporta con un pequeño grano de arena. Mínimo quizás, para la tremenda cantidad de personas que necesitan atención y cuidado, pero tremendamente valioso.

Crecimiento y listas de espera

El Alzheimer y la postración son las principales causas de ingreso a Fundación Las Rosas. “Son familias de escasos recursos, que viven en la vulnerabilidad. Un adulto mayor enfermo y postrado, en un hogar pobre, muchas veces produce un quiebre familiar muy grave. Desesperanza al no poder cuidar a quien lo ha dado todo por ti”, sostiene el capellán. En ese sentido, la Fundación es una obra que colabora con la familia. Cada vez que una persona mayor ingresa a un hogar de la fundación hay un miembro de la familia que puede retomar su vida, que vuelve a trabajar y a vincularse con “su abuelo” desde una dimensión más amable. También reciben mucha gente sola, abandonada en sus casas o en los pasillos de algún hospital. Para ellos, que no reciben visitas, que están solos en el mundo, las cuidadoras, auxiliares y voluntarios son fundamentales. Muchas veces ellas, en su mayoría mujeres, toman el lugar de la hija que nunca tuvieron, de la hermana que ya murió o de la amiga que por razones de salud no los puede visitar.

También hay muchos residentes que aunque tienen familia no reciben visitas. Porque viven lejos, porque no tienen tiempo o simplemente porque no les interesa.

“Solo un 15% de nuestros adultos mayores recibe visita permanente. Ahí tenemos un gran desafío: mantener a la familia cerca. Vamos a intentar, mediante la tecnología, mantener un sistema de información periódica sobre el estado y la condición de vida del residente con los apoderados y las redes que tenía antes de ingresar”, asegura el capellán.  Y agrega: “esa información será de gran importancia. Les va permitir un mejor conocimiento de sus abuelos y les va generar un mayor compromiso. Creemos que eso va mejorar enormemente el estado anímico de las personas. No solo de quienes reciben la ayuda, sino en toda la red de apoyo”.

El capellán de la Fundación Las Rosas se refiere con esto al acceso a las nuevas tecnologías que hoy están disponibles, las cuales permiten acercar, crear y fomentar los lazos que se pierden con el tiempo y la exigencias de la vida actual. Esa es la única alternativa viable.

Otro gran desafío inmediato lo constituyen las listas de espera. Más de 1.300 personas mayores claman por un lugar en Fundación Las Rosas. “Recibimos 200 llamados diarios. Hijos desesperados que ya no son capaces de seguir cuidando a sus padres. Vecinos de abuelos que viven solos, que no tienen a nadie que los cuide. Pero no podemos recibirlos a todos. No tenemos capacidad. Nuestros 30 hogares están copados y no podemos crecer en residentes, afectando el bienestar y los cuidados de los que ya están. Debemos ser muy prudentes”, asegura Andrés. Para crecer, dice, se necesita de la inspiración que Dios pone en el corazón de la gente.

¿Cómo se financian?

Los hogares de Fundación Las Rosas son obras de alto costo. No están hechas solo para entregar un techo y un plato de comida. Son lugares donde cada adulto mayor recibe cuidado integral, que implica muchos recursos, tanto humanos como materiales. “La implementación de un nuevo hogar nos cuesta $3 mil millones. Eso, sin contar lo que luego nos cuesta la operación, con todos los servicios de cuidado que requiere un adulto mayor”, sostiene el capellán. Obtener esa financiación no es fácil. Todos los meses hay que salir a la calle a buscar a lo menos $300 mil por residente, porque el cuidado de una persona mayor para nosotros tiene un costo promedio de $650 mil por persona”.

Cada residente aporta su pensión, que en la mayoría de los casos es la básica solidaria; el Estado aporta un pequeño subsidio por concepto de salud y pobreza; las personas de corazón generoso y las empresas hacen un aporte significativo, entregando donaciones mensuales y/o anuales. Pero no es suficiente. “Se necesita un compromiso mayor de todos los chilenos, de la sociedad civil y, por supuesto, del Estado”.

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