Para los que aún no te conozcan, preséntate ante nuestra audiencia y coméntales de manera breve, eso sí, ese tándem perfecto que encaja tu trayectoria vital y profesional. ¡Deslúmbrales! 

Tengo 61 años vividos uno a uno, intensamente, y me gusta comenzar a presentarme así, porque sé que es una provocación declarar la edad que tienes y más si eres una mujer. Me gusta tener 61 años a los que he intentado sacarles todo el jugo que he podido y así quiero seguir, exprimiendo cada instante de mi presente porque el presente no tiene edad. Por eso vivo al día y estoy encantada con mi capacidad de aprendizaje y mi capacidad de olvido. Comencé muy prontito a trabajar sobre el aprendizaje y el talento de las personas y a eso quiero seguir dedicándome. Entré en crisis madurescente hará unos diez años y la superé al salir de la empresa donde había trabajado once años, e iniciando un gozoso camino que me lleva hacia la libertad, la autosuficiencia, el conocimiento de mí misma y el deseo de compartir mi día a día con mis congéneres. Mi pasado está en LinkedIn, por si alguien quiere revisar mis méritos anteriores, pero mi futuro pasa, entre otras cosas, seguramente por Twitter en donde aprendo cada día algo nuevo. Vivo conectada y en estado beta, en construcción, así que “yo no envejezco, evoluciono”, como dice Keith Richards. Madurescencia.

¿Cuál fue el origen de la chispa que hizo interesarte sobre la gestión de la edad y del talento dentro de las empresas?

Trabajaba entonces en una entidad financiera, como responsable de formación en el momento en que empezaron a generalizarse las jubilaciones anticipadas. Observé entonces cómo la empresa se desprendía de profesionales muy valiosos sin más, -¡adiós muy buenas! y llévate contigo todo tu conocimiento y experiencia-. Me pareció incomprensible. Coincidió además con la constatación de que el equipo de formadores internos que yo coordinaba entonces estaba compuesto por profesionales maduros que llevaban muchos años en la organización y que de manera altruista, generosa y apasionada contribuían a la integración y formación de las nuevas incorporaciones. Empecé entonces a estudiar las características del aprendizaje y el desarrollo profesional en la madurez y a proponerle a mi empresa diversos proyectos que tenían que ver con la gestión del conocimiento experto. Desde entonces me apasiona seguir aprendiendo sobre cómo seguir creciendo en la madurez. Quisiera aportar mi granito de arena a erradicar el edadismo que nos rodea y a sensibilizar sobre la importancia de contar con el talento maduro, con el talento experto, en cualquier actividad o proyecto innovador que se ponga en marcha.

¿Tuviste algún mentor extraordinario que te hiciese reflexionar sobre ello?

Mis padres fueron mis principales mentores y me enseñaron a envejecer con la curiosidad intacta y con perennes ganas de aprender cosas nuevas: José Luis era la persona más hospitalaria que yo haya conocido jamás, con las puertas de su casa siempre abiertas, porque me enseñó a escuchar, a conversar, a debatir, a desarrollar mi pensamiento crítico y mi madre María Luisa, espíritu libre e inconformista, por su genialidad y lucidez hasta el último momento, que me enseñó a cantar, a reír y a interpretar, que comenzó a aprender inglés con 70 años y que casi sus últimas palabras para mí fueron: -Cuando sea mayor,…-

He ido de la mano de Homero, Borges, Cortázar, Cervantes, Proust, Zweig, Camus, San Juan de la Cruz, Gil de Biedma, Shakespeare, Asimov, Carpentier, Stendhal, I. Calvino, y todo lo que en forma de libro cae en mis manos, sin orden ni concierto, y doy lo leído por vivido. En la literatura encuentro a mis mejores mentores. 

He aprendido todo lo que sé de mis colegas de trabajo, que en la sombra y huyendo de cargos y medallas, dejaban su huella indeleble en el corazón de otros compañeros.

¿Le dan importancia las empresas a esa experiencia acumulada, a ese valioso intangible que sólo aparece con la edad?

NO. El “edadismo” (la discriminación por edad) es una lacra en nuestro país. Es fruto de la sociedad industrial que construyó la exaltación de la juventud que hemos vivido estos últimos 50 años. El “consejo de sabios ancianos” de la tribu ha desaparecido y ha sido sustituido por el héroe joven, musculoso, “saludable” centrado en la acción y no en la reflexión. Y en este sentido, las empresas creen que pueden sustituir el conocimiento y la experiencia por la energía. Estamos viviendo un momento bisagra en el que conviven dos modelos de empresa contrapuestos: El modelo industrial que necesita de mucha mano de obra poco especializada, necesita de trabajadores obedientes que no piensen, sólo ejecuten. Eso en breve podrán realizarlo los robots. Pero por otro lado está emergiendo una nueva concepción de la empresa que necesita de talento innovador, de diversidad y de capacidad de adaptación y ahí los profesionales maduros tenemos mucho que aportar.

La crisis que estamos viviendo estos últimos años ha agravado la discriminación por edad y el desprecio de la experiencia por muchos motivos: el fundamental económico, que ha supuesto que, para abaratar costes, se haya prejubilado a una cantidad enorme de profesionales maduros y expertos que no han sido sustituidos y que, en un sistema en el que la antigüedad era una manera de promocionar, en el momento de un ajuste de plantillas, los primeros que abandonan la empresa son los que llevan en ella más años y esos son los profesionales de más edad.

Pero todo eso indefectiblemente tiene que cambiar aunque sólo sea porque en breve seremos la nueva mayoría. En España, en este momento, ya somos el doble, (sí, he dicho el doble) los mayores de 50 años que los menores de 18).

¿Cómo podemos reconocer si estamos en la madurescencia? ¿Nos explicas mejor este concepto?

La revolución demográfica que estamos viviendo, el constante alargamiento de la longevidad y descenso también constante de la natalidad, ha hecho aparecer una etapa vital que antes no existía, los madurescentes, aquellos que no tienen entre sus planes el hecho de envejecer. Se trata de una novedad demográfica de la generación del “babyboom” como en su día lo fue la aparición de la “adolescencia” a mediados del siglo XX, fruto de los avances de la medicina, la tecnología y la sociedad del bienestar.

La generación del “babyboom” que comienza su “madurescencia” ha llevado en general una vida razonablemente satisfactoria. Se sientan frente al ordenador o manejan su smartphone como si lo hubieran hecho toda la vida, olvidando el viejo teléfono, y escriben e-mails, posts y hasta tweets con sus observaciones, ideas y vivencias. No lloran cuando pierden, reflexionan, toman nota y a otra cosa mariposa. Lloran de emoción o de alegría. Mujeres y hombres “Atlas” que mantienen a la vez a sus descendientes y a sus ascendientes que saben de la importancia de una mirada cómplice, una frase inteligente o de una sonrisa iluminada por la experiencia.

Hombres y mujeres que sufren discriminación laboral por edad y tienen muy difícil si están desempleados el volver a la empresa y por ello deciden emanciparse, entran en el período más creativo de sus vidas y se convierten en los dueños de su destino.

Para dar una definición más formal, la madurescencia es una crisis vital que provoca un cambio drástico en nuestra visión de la vida. Se caracteriza por un nuevo esfuerzo de búsqueda de una nueva identidad. El adulto llega a un punto en que se pregunta ¿esto es todo lo que hay? (el nido vacío, la hipoteca pagada, el mismo trabajo año tras año). Y comienza a buscar nuevos alicientes vitales que pueden suponer un cambio radical en su vida laboral, en su vida afectiva y relacional.

A menudo la persona incurre en patrones de comportamiento que no son los que se espera de una persona de su edad, en particular, trata de establecer patrones de vida típicos de los adolescentes. Muchos madurescentes emprenden un ímprobo esfuerzo por realizar lo que quedó pendiente en la juventud y a lo que damos especial valor y significado en nuestra vida. Se despierta además en esta época vital un marcado interés por contribuir a la formación de generaciones más jóvenes.

Algunos “madurescentes” tiran la toalla y dan por finalizada su etapa de aprendizaje para pasar a la etapa de conservación que se caracteriza por estar regida por el miedo permanente a la pérdida de bienes, estatus, en fin, de todo lo acumulado o todo lo conocido durante la primera edad adulta.

Otros, cada vez más numerosos, superan esa crisis e inician una fase de indagación y cuestionamiento de lo conocido a la búsqueda de una segunda oportunidad vital, con el bagaje de la experiencia acumulada.

¿A quién o quiénes (conocidos o anónimos) podemos mirar si queremos envejecer con significado?

Envejecer ya no es lo que era. La sociedad occidental está envejeciendo aceleradamente y lo está haciendo en general en buen estado. Baste ver a los grandes mitos del rock, por ejemplo, todos en activo, muchos superando la setentena. Me gusta fijarme en las personas que envejecen de forma “generativa”, actuando, aportando su experiencia y su acción al cambio social, a la construcción de una sociedad mejor. Y pienso en tantos de mis colegas de generación que se han puesto el mundo por montera y han comenzado de nuevo: ejecutivos reconvertidos en pintores, delineantes transformados en artesanos, secretarias transformadas en gerontólogas, maestros que montan un sensorial restaurante, economistas que escapan a la India para colaborar en proyectos de economía social… me rodean cientos de casos que me iluminan y dan también sentido a mi mañana.

¿Cuántos años te ha llevado quererte tal como eres, aceptando el paso del tiempo?

Toda una vida, en realidad aún “estoy en ello”. Me gusta recordar, como momento simbólico, el día que decidí aceptar el paso del tiempo e inaugurar así una nueva etapa vital “madurescente”, cuando tomé la decisión de dejar de teñirme.

Adoro mi melena gris y mis blanquísimos mechones naturales que iluminan mi rostro y le dan un aire dulce desconocido para mí.

El proceso de aceptación de uno mismo es lento y doloroso porque es difícil desprenderte de las consignas que has ido recibiendo a lo largo de la vida. En el colegio me tachaban de rebelde y de querer destacar, quemaron un montón de cartuchos para “bajarme los humos” y cuando necesité de la fortaleza que me caracterizaba en mi infancia, no supe cómo recuperarla. Mis padres sufrieron lo indecible porque no respondía al canon de comportamiento de mis compañeras de generación, leía en las discotecas, no me maquillaba ni para fiestas y no tenía novios, aunque sí un montón de amigos. Mi marido nunca aceptó que yo fuera ambiciosa y quisiera ganar más, saber más, conocer otros mundos. Mis jefes me hubieran querido más dócil, un poco más pelota y menos vocecita de “pepito grillo”. Y así llegué a la madurez, dócil, obediente, derrotada… Está siendo el reto más importante de mi vida rescatar a la niña Laura, no tanto por niña sino por libre, que se esconde detrás de tanto consejo y tanta advertencia, pero estoy en ello.

Mi lema es: una mariposa no es más que un gusano con experiencia

¿Con qué frases de la colección de #microedadismos te has sentido interpelada o identificada? ¿Se te ocurre algún otro que aún no hayamos visibilizado y denunciado?

Me afectan especialmente los que yo misma lanzo al aire sin ser consciente, como por ejemplo: “Yo a tu edad ya estaba casada”, “Ya no tengo edad para estas cosas”, “En mi época…”, “Qué me vas a contar, si llevo en esto más años que Matusalén…”, “Esto se hace así…, de toda la vida”.

Me molesta especialmente cuando alguien me dice que “me conservo muy bien” como si fuera una sardina o que “no represento la edad que tengo”, porque así se asocia edad a deterioro.

Un ser tan inquieto como tú debes estar preparando la nueva temporada con algo grande, ¿con qué proyectos nos vas a sorprender?

Estoy escribiendo un libro que tiene como título provisional “La revolución madurescente”, espero que pueda salir al mercado a final de año. Y tengo en cartera para el otoño varios proyectos de “Gestión de la Edad” con empresas que tienen un alto porcentaje de su platilla mayor de 50 años. Para estos profesionales, trabajamos en el relanzamiento de su carrera profesional (no se trata de reinventar sino de relanzar) haciéndoles reflexionar sobre su talento oculto (todos sabemos cuál es nuestra profesión, pero pocos cuál es nuestro talento), ayudándoles a efectuar un balance de su vida profesional para poder así planificar un futuro mejor en el que los profesionales inicien nuevos aprendizajes y asuman nuevos retos que enriquezcan su vida.

Así es Laura. Si quieres conocerla un poco mejor, visita su BLOG y si la quieres en tu equipo, sólo tienes que mandar la propuesta a su correo electrónico: lrosilloc@gmail.com

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