Ningún profesor pasará a nuestra historia por lo que nos aportó en el plano académico. Parece ser que su carisma y calidad humana es aquello por los que los hace inolvidables. Nosotros también nos sumamos a esta teoría y así ocurre con la historia de la que os vamos a contar.

“Martes con mi viejo profesor” de Mitch Albom es a grandes rasgos un dialogo entre el alumno y su enfermo profesor y también un debate sobre la dependencia. Un tema de plena actualidad que en palabras de el anciano nos conmueve.

El pasaje que a continuación rescatamos no tiene desperdicio. ¡Disfrútenlo!

-Al principio de la vida, cuando somos niños recién nacidos, necesitamos de los demás para sobrevivir, ¿verdad?.

Y al final de la vida, cuando te pones como yo, necesitas a los demás para sobrevivir, ¿verdad? Su voz se redujo a un susurro.

-Pero he aquí el secreto: entre las dos cosas, también necesitamos a los demás.

Morrie había perdido su batalla. Otra persona ya le limpiaba el trasero.

Lo afrontó aceptándolo con su valor característico. Cuando ya no era capaz de llegarse al trasero cuando utilizaba el inodoro, informó a Connie de su última limitación.

-¿Te inconomodaría hacerlo por mí?

Ella dijo que no.

A mi me pareció característico de él que se lo preguntase primero.

Morrie reconoció que le había costado cierto trabajo acostumbrarse, pues era, en cierto modo, una rendición completa ante la enfermedad. Ya se le había despojado de las cosas más personales y más básicas: ir al baño, sonarse la nariz, lavarse las partes íntimas. Con la excepción de respirar y de ingerir la comida, dependía de los demás prácticamente para todo.

Pregunte a Morrie cómo conseguía seguir siendo positivo con todo lo que estaba pasando.

-Tiene gracia, Mitch –me dijo-. Yo soy una persona independiente, de modo que mi tendencia era resistirme a todo esto, a que me ayudaran a bajar del coche, a que otra persona me vistiera. Me sentía un poco avergonzado, pues nuestra cultura nos dice que debemos avergonzarnos si no somos capaces de limpiarnos el trasero. Pero después pensé: Olvídate de lo que dice la cultura. He pasado por alto la cultura durante buena parte de mi vida. No voy a avergonzarme. ¿ Qué importancia tiene?

Y ¿sabes una cosa? Una cosa muy extraña.

-¿Qué es?

Que empecé a disfrutar de mi dependencia. Ahora me gusta que me vuelvan de costado y me pongan pomada en el trasero para que no me salgan llagas. O que me sequen la frente, o que me den un masaje en las piernas. Gozo con ello. Cierro los ojos y me deleito con ello. Y me parece muy familiar.

Es como volver a ser niño. Que una persona te bañe. Que una persona te tome en brazos. Que una persona te limpie. Todos sabemos ser niños. Lo llevamos dentro. Para mí, es una cuestión de recordar el modo de disfrutarlo.

La verdad es que cuando nuestras madres nos tenían en brazos, nos acunaban, nos acariciaban la cabeza, ninguno de nosotros se cansaba nunca. Todos anhelamos de algún modo volver a aquellos días en que nos cuidaban por completo, con amor incondicional, con atención incondicional. La mayoría no nos cansábamos nunca.

Sin duda, sus palabras son una lección de vida a través del hermoso vínculo del que predica con el ejemplo. Su profesor favorito de la universidad le regala valores como la dignidad y la gratitud.

Pero como el libro es una delicia, preferimos no desvelar más e invitaros a visitar una libreria o biblioteca y sumergiros en su lectura. Esperamos vuestros comentarios. La huella que nos dejan los demás y la huella que dejamos en los demás. Eterno retorno.

La vida no tiene freno y la vida vale la pena, en buena compañía.

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