¿Por qué somos capaces de recordar el lugar dónde hemos dejado el coche y volver a él sin mirar los nombres de las calles ni fijarnos en las direcciones exactas? La respuesta está en el conjunto de tres tipos de células nerviosas: las neuronas de ubicación del hipocampo, las neuronas reticulares y las células de orientación de la cabeza, ambas en la corteza entorrinal. Ellas forman el GPS de nuestro cerebro: se encargan de orientarnos, de “informarnos” sobre nuestra localización con respecto a nuestro punto de partida y de “animarnos” cuando nos enfrentamos a una dirección buscada.

El descubrimiento del GPS cerebral les mereció un Premio Nobel de Medicina (2014) a tres John O’Keefe, Edvard Moser y May-Britt Moser, pero poco tiempo después ya se sabe algo más sobre cómo sabemos dónde tenemos que ir.

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Gracias a una reciente investigación dirigida por Hugo Spiers, se ha descubierto que la corteza entorrinal genera el mismo patrón de actuación tanto cuando pensamos en una dirección como cuando la estamos viendo. En otras palabras, nuestro GPS cerebral simula la dirección que tenemos que tomar. Un mecanismo de simulación que varía de persona en persona, explicando porqué algunos son tan buenos recordando rutas y orientándose en el espacio, y porque otros no lo somos tanto…