La primera mujer en recibir el Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política, María Ángeles Durán Heras (1942) tuvo a bien sentarse con nosotros y charlar de todo lo que a continuación transcribimos para todos vosotrxs.

Buenos días María Ángeles ¿Alguna vez has consultado en la Wikipedia tu nombre? 

– Sí. Claro

¿Qué no dice de ti que sí debería de decir?

– No insiste suficientemente en la relación entre los resultados de mis investigaciones y  la adopción de medidas económicas. Todas las decisiones económicas están basadas en el uso eficiente de recursos escasos, pero lo que yo analizo son los recursos escasos que no tienen precio. Si en una ecuación sólo se introducen los recursos escasos que tienen precio y una parte de la ecuación no se hace visible, pero  es absolutamente imperativa, por ejemplo para un plan de Alzheimer, el resultado no puede salir bien. El análisis económico siempre es un balance; cuando se analiza la relación coste/beneficio hay que ser consciente de que se tienen en cuenta todos los elementos que componen la situación. Lo habitual es que el trabajo no remunerado se olvide, y las decisiones están basadas en la idea errónea de que los únicos componentes a tener en cuenta son los que tienen precio. En una población que envejece, los elementos que no tienen precio  no sólo son importantísimos,  sino que varían  en el tiempo.

¿Quién quieres que lea tu último libro “La riqueza invisible del cuidado”?

– Quiero que lo lea mucha gente y variada. Me interesan sobre todo dos grandes grupos: por un lado, los  profesionales que toman las decisiones políticas, sociales y económicas. Y por otro,  los cuidadores.

¿Cómo les invitamos a leerlo?

– Les pediría que no se viesen a sí mismos individualmente, porque en el  tema de los cuidados se ha abusado de la perspectiva  psicológica, de la relación persona  a persona. Eso es importante, pero lo que yo aporto es una visión completamente distinta. Lo que reflejo, como socióloga, es  lo que ocurre en una estructura social. Vivimos en una  sociedad que ha de resolver sus problemas  en conjunto. Hay que afrontar el tema de la dependencia y las situaciones de vulnerabilidad decidiendo entre todos  qué recursos le asignamos, en qué seremos exigentes y en qué abandonamos. Puede hacerse de muchas maneras, pero no es aceptable que la respuesta al reto del cuidado  sea  el sacrificio  y el olvido  del cuidador.

En la sociedad capitalista, el mercado lo inunda todo. Lo que no se puede comprar y producir beneficio no existe, por tanto el sistema de cuidados es  muy frágil. Al mercado no le interesa el cuidado  porque, inevitablemente,  las personas con alto grado de dependencia no pueden pagar. Y si esto es así,  ¿quién paga lo que la gente necesita?  Hay ayudas y sistemas de cuidados institucionales, pero la inmensa mayoría del tiempo de cuidado necesario se produce fuera del mercado laboral y fuera de las instituciones, sean públicas o privadas.  A los segmentos de población que cumplen esa función se les saca del mercado profesional, colocándoles en una posición subordinada, marginal. Su situación social es muy difícil.

¿De qué mueren las personas con Alzheimer?

¿A quién le interesa que esto sea invisible?

– Le interesa a todos los que resuelven su obligación pasándole el problema a otros. Y es muy fácil cortocircuitar, desentenderse.

¿A qué te refieres?

– Cuando no se quiere asumir una carga, lo habitual es hacer  creer a otro que no hay solución, destruir todas las opciones alternativas. Refuerza el engaño haciendo creer al otro  que es maravilloso/a, que tiene una obligación moral específica, que es la única vía posible. Lo que yo busco son alternativas. El cuidado es un problema y una obligación de todos y no sólo de algunos, y hay que repartirlo. 

Lo que ha pasado con la Ley de la Dependencia me parece fascinante. Ha sido  la ley más importante desde que se aprobó la Constitución, porque suponía un cambio en la interpretación de la relación entre el  ámbito de lo privado  y de lo público. Fue un intento  de enorme valor, pero se hicieron unas estimaciones muy a la baja del consumo necesario de cuidado, se infravaloró. Algunos impulsores de esta Ley se quejaban, tiempo después, de que en las residencias les estaban haciendo pinza.

Explícamos esta práctica

En cuanto se ofrece un servicio, se genera una demanda derivada; y esto no lo previeron en la Ley. Al dar valor a la discapacidad, se potencia que aumente el número de discapacitados reconocidos y su grado de dependencia. Los  procesos de revisión son  muy costosos, para una sola persona sus familiares no se toman la molestia de hacerlo,  pero cuando se gestiona a varios dependientes  y se conoce el mecanismo, conlleva  poco coste extra.  Por ejemplo, si  en una residencia antes tenían,  por poner una cifra, un 30% de personas con gran dependencia,  en cuanto se puso en marcha la ley, les interesaba aumentar la proporción o el grado   de dependencia de los residentes, porque así podían cobrar más.

“El gran reto del futuro serán las residencias geriátricas u otros modelos para personas con síndrome de Down”

¿Qué le falta al género masculino para que se incorpore a las tareas de cuidar?

– Ganas. Pero unas ganas matizadas. En muchos casos no se puede culpabilizar  a los hombres , dentro de las familias se hacen pactos de división del trabajo. Estos pactos son  a veces realmente libres y en otros son el resultado de la presión social. Unos salen fuera a ganar dinero y otros se quedan  dentro. A los que están saliendo no se les puede decir, a mitad del partido, déjalo y redefine tu contrato. Hay hombres que querrían asumir más trabajo de cuidado, pero no pueden hacerlo porque el conjunto familiar al que quiere ayudar resultaría muy perjudicado si ellos  se quedasen en casa a cuidar. Por eso, el cuidado se deriva mucho hacia las personas jubiladas. Son ajustes bastante racionales. ¿Quién es el que tiene menor valor de mercado en la casa? Pues a ese le toca cuidar porque el conjunto de los ingresos de la familia se ve menos perjudicado.

¿Estos pactos se hacen con tanta planificación?

– No… No son pactos explícitos pero siempre se hacen con mucha presión social. Por ejemplo, en España ha sido tradicional en las familias campesinas que una de las hijas se marchara a servir a la capital para mandar dinero a los padres. Como esa mujer no tenía facilidades, se quedaba soltera y cuando los padres se hacían mayores, los hermanos la llamaban para que volviese al pueblo a hacerse cargo de ellos.

En el libro hablas del cuidatoriado ¿quién lo compone? 

Acuñé ese término para un  congreso de sociología, hará unos cinco años. El cuidatoriado lo componen aquellos que tienen como función principal la tarea de cuidar. Tienen dos segmentos: los  que lo hacen remuneradamente y los que no. También están conectados al cuidatoriado quienes  lo hacen a tiempo parcial.

Lo que  trato de visibilizar a través de este libro es que este nuevo grupo social  equivale al campesinado de la época antigua de economía agraria. Tampoco los obreros de la época industrial tuvieron consciencia de su situación como clase social en la época inicial, fueron sus teóricos y las organizaciones sindicales quienes hicieron visible que  existía una estructura social y no sólo relaciones contractuales individuales, a esa clase se la llamó proletariado.  En la época postindustrial ha habido tal aumento de la productividad que las sociedades avanzadas pueden mantener enormes cantidades de personas fuera del mercado laboral. En España, en este momento tenemos unos veinte millones de   personas en el mercado de trabajo y unos veintiséis  millones fuera. Queda fuera la infancia y adolescencia, la edad media de jubilación apenas rebasa los 6o años y la esperanza de vida supera los 80. 

Según los resultados más recientes de la encuesta de empleo del tiempo del Instituto Nacional de Estadística, los cuidados de la familia y el hogar equivalen a 28.000.000 de puestos de trabajo a jornada completa. Un 30% más que todo el  mercado laboral.

¿Cómo puede aguantar el mercado capitalista una población con una proporción tan elevada fuera del empleo? En la etapa del final de la vida se genera un sector muy grande de economía no capitalista, que en parte vive gracias a lo producido anteriormente para la sociedad capitalista, a través de las pensiones y los ahorros;  pero estas rentas acumuladas  no le permiten satisfacer todas sus necesidades. ¿Cómo las satisface? Pues por una fuerte  economía de la donación dentro de la familia , con un pequeño complemento del voluntariado.

¿Son conscientes de lo que pesa esta carga del cuidar a personas con alguna enfermedad?

– Unos sí y otros no. Por ejemplo, en las encuestas sobre uso del tiempo, los datos que ofrecen  las mujeres mayores sobre cuidado son muy bajos. ¿Por qué? Lo tienen tan asimilado,  tan integrado en su día a día, que no son conscientes de su propia dedicación. 

MICROEDADISMOS #35 Que se quede el abuelo con los niños. ¡Se pasa todos los días sin hacer nada!

¿Qué pasará cuando este Cuidatoriado sea consciente de su pertenencia a un grupo tan numeroso y crucial para la sociedad?

– Cambiarán las reglas de juego y las leyes. Se repartirá. Ahora lo estamos solucionando por  una vía muy arriesgada, la importación de trabajadores  de fuera de España.

¿Por qué es arriesgada?

– Porque esta vía solo funcionará mientras sean trabajadores mal pagados que no tienen tantos derechos como han conseguido el resto de los trabajadores españoles. Es un subproletariado, a menudo en situaciones de no legalidad, que está soportando gran parte del cuidado en el sector asalariado. El año pasado fue uno de los sectores  con más conflictos colectivos. ¿Por qué? Porque en una primera fase de llegada aceptan condiciones muy malas con tal de salir de su país de origen, donde las condiciones eran aún peores . Luego empiezan a integrarse  a través del cuidado en el sector  hogares,  que es más flexible. Pero en cuanto pueden, se trasladan a empleos para empresas privadas o para subcontratas de  la administración pública . Ya no se trata de relaciones  interpersonales, de tú a tú, hay mayores posibilidades de organizarse sindicalmente y de declarar un conflicto laboral.

¿Cómo viviste la pasada Huelga Feminista del 8 de marzo?

– Con alegría. No voy mucho a manifestaciones pero me pareció muy hermoso. Para mí tenía una novedad importante, era la primera vez que de modo masivo aparecía  el cuidado en las reivindicaciones.

Hace 40 años, cuando empecé a trabajar este tema, producía sorpresa, incomodidad y malestar. Para los ámbitos sindicales y los medios progresistas de izquierda significaba poner la lupa y llevar el énfasis a un terreno de conflicto al que no estaban acostumbrados. El ámbito tradicional de actuación de los sindicatos no era el trabajo sino  el empleo  fuera del hogar; no se sentían capacitados para hacer una huelga o redactar un convenio. No era su terreno de juego y se sentían incómodos en muchos casos.

El año 1995, Naciones Unidas pidió que se rehiciera el análisis macroeconómico porque no se estaba  incluyendo el trabajo no remunerado del cuidado, que es tan importante como el que se hace en las empresas. Ahora el cuidado  ha entrado en la agenda política en todos los países.

¿Quién debe cuidar al cuidador?

– Todos.  Y él mismo el primero. Pero para que se cuide debe ser más consciente de que tiene derechos, de que es una obligación compartida con toda la sociedad. En valenciano se usa el adjetivo “patidora” como una versión laica  y leve del martirio, son personas que se sacrifican, se inmolan . El debate es sobre si se hace libremente o no.  Esto se veía muy bien en el Informe ISEDIC sobre los afectadas por daño cerebral. Muchos cuidadores decían: “Si no lo hago yo; ¿quién lo va a hacer?”

¿Se hacen con mayor satisfacción de los cuidados a los hijos que a los padres?

A un niño es más fácil cuidarle. Hay una razón muy sencilla, de asignación de causa. A tu hijo lo has hecho tú y cuando has querido, además el niño te obedece, tienes autoridad sobre él. En cambio, sobre las generaciones anteriores no tienes autoridad reconocida, en los casos graves puede ser necesaria la incapacitación pero es un proceso largo y complicado.  Puedes llevar distanciado años por residir en otro lugar, y también existen otros hermanos. La responsabilidad se diluye. Y si es el cuidado de un abuelo o tío, no digamos. En una encuesta que realicé en el CSIC, el sentimiento de obligación de cuidar a los hijos lo reconocían  más del 90 por ciento, con los suegros era la mitad de fuerte que con los padres, y con los tíos, primos y demás familiares era similar al de un amigo. 

“Cuando atamos eliminamos la dignidad de las personas”, Juan Ignacio Vela

Ahora parece que el género está de moda pero tú en el feminismo llevas toda la vida, ¿has sentido que era un demérito o un asunto menor?

Yo soy una feminista muy particular. Como investigadora, no me interesan los análisis parciales  sino globales, integradores. Los que no se dan cuenta que la realidad es más compleja, los que no ven el trabajo ni la vida de las mujeres, no sólo son  intelectualmente machistas sino  superficiales y sesgados.  El efecto sobre la ciencia ha sido terrible, especialmente en las ciencias jurídicas, sociales y humanas, pero también en la medicina,  el urbanismo o el arte.  El trabajo intelectual de muchas feministas me parece innovador y de mejor calidad que el de otros investigadores  anclados en visiones parciales del mundo; pero no porque se refieran  a las mujeres, sino por ser capaces de ver la realidad con mayor complejidad, integrando la aportación de mujeres y hombres.

¿Qué mujeres te han guiado en este camino por la igualdad?

Sobre todo  mi madre, una mujer serena, inteligente, trabajadora, magnífica… Se quedó viuda a los 42 con seis hijos. Teniendo a mi madre, no he necesitado a más. Pero es que además he conocido miles de mujeres ejemplares y maravillosas en todos los grupos sociales. Entre ellas hay obreras, empleadas de hogar, ejecutivas, campesinas, juezas…

¿Cómo está siendo esta etapa que muchos  conocen como la Tercera Edad? ¿Cómo te sientes?

Soy atípica. Tengo 75 años y sigo trabajando gratis, teóricamente podía haberme jubilado a los 65 pero ni se me ocurrió. Apuré hasta los 70, el límite legal en mi profesión. Si os digo la verdad, llevo muy mal la jubilación porque significa una  expulsión del mercado de trabajo injusta e ilegal, lo que es un derecho se convierte en una obligación.. España ha suscrito convenios en los que se declara que no se puede discriminar por razón de edad, pero la ley que en el anexo llevaba la posibilidad de que los investigadores o docentes que demostrasen alto rendimiento podían permanecer en su empleo, no se ha aplicado.

Por otra parte, físicamente me siento muy bien, me queda cuerda para rato y muchos objetivos por cumplir.  Además, es una etapa en la que estoy disfrutando muchísimo de mis nietos.  Lo que realmente me ha marcado desde hace dos años ha sido la tristeza de haber perdido a mi compañero de vida durante más de medio siglo. Esto sí que me define, me obliga a replantearme todo. No es la tercera edad,  sino su pérdida. 

A raíz de la elaboración Informe ISEDIC sobre pacientes con Ictus o Daño Cerebral encargado por una compañía farmacéutica, nos contó lo siguiente:

Lloré mucho al escuchar los testimonios de los cuidadores y aquello me comprometió con el drama del ictus. Hay frases que he repetido mucho:  “Los viernes ya no suena el teléfono”, “Los vecinos nos han denunciado por los gritos de mi padre” ,“Desde hace años vivo en una cárcel sin guardias”, o “Cuando le dio el primer Ictus estaba clínicamente mejor pero con el segundo los que le cuidábamos sufríamos menos porque ya no nos gritaba…”

María Ángeles Durán es doctora en Ciencias Políticas, licenciada en Ciencias Políticas y Económicas (sección Políticas) y ha realizado estudios complementarios en Derecho. 

Ha sido catedrática de Sociología en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Zaragoza y encargada de cátedra en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Autónoma de Madrid. Profesora de Investigación en el CSIC, ha dirigido el Departamento de Análisis Socioeconómicos y pertenecido a los Departamentos de Economía y Población.

Ha publicado más de doscientas obras sobre trabajo no remunerado, uso del tiempo, salud, mujer, desigualdad y urbanismo.  Entre ellas, los libros “Los costes invisibles de la enfermedad” (2003), “Si Aristóteles levantara la cabeza” (2003), “El trabajo no remunerado en la economía global” (2012), “Las personas mayores en la economía del País Vasco” (2014) y los artículos recientes “La otra economía española” (2015), “La imposible neutralidad de la ciencia” (2016), “Alternativas metodológicas en la investigación sobre el cuidado” (2016) y “Los costes no sanitarios de las enfermedades crónicas” (2017). Muchos de ellos pueden accederse libremente a través de la web Digital CSIC.

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