¿La cantidad de objetos en casa te resulta abrumadora, pero se ha vuelto muy difícil liberar espacio? Esto les ocurre a muchas personas y suele ser más común cuando hemos vivido muchos años en un mismo lugar, en el que no solo se acumularon nuestras pertenencias y las de nuestra familia, sino que también se crearon muchos recuerdos con ellas. 

Despejar nuestros espacios no siempre es sencillo porque “las cosas que poseemos, también nos poseen”. Aquello que compramos y/o guardamos se vuelve importante no solo porque para adquirirlo o mantenerlo invertimos dinero sino porque representa algo de valor personal. En el fondo, esto es lo que hace tan difícil desechar ciertos objetivos o limitar lo que compramos:

  • El reloj que ya no funciona, pero guardo porque lo compré con mi primer sueldo.
  • El vestido favorito de mi hija cuando tenía 5 años porque me recuerda cuando ella era pequeña.
  • Tener la despensa llena, aunque sé que no podré comer todo, porque me da tranquilidad saber que no hay riesgo de que pase hambre.

Reconocer que son nuestras ideas y emociones sobre las cosas las que nos hacen aferrarnos a ellas, permite aprender a seleccionar mejor nuestras posesiones. No hay nada de malo con guardar lo que nos recuerda buenos momentos o a nuestros seres queridos, pero acumular cada uno de los objetos que hemos relacionado con esos episodios o personas no hará que regresen. Cuando queremos compañía, puede ser agradable recibir invitados en una casa cómoda y ofrecerles algo rico para comer, pero eso no significa que tener los productos más caros del supermercado o la mejor decoración asegurarán que el tiempo compartido sea de calidad.

Inclinarnos hacia un estilo de vida minimalista tiene varios beneficios como hacer un uso eficiente de nuestros recursos; normalmente, nos enfocamos mucho en el ahorro, pero tener una buena relación con el dinero también implica saber cómo gastarlo. En casa, habrá más orden y el ambiente se sentirá menos estresante porque no hay acumulación, exceso de estímulos distractores e incluso se reducirá el riesgo de accidentes y/o caídas pues los espacios estarán más abiertos y despejados. Dicha amplitud y orden también se reflejan en nuestra mente, liberándonos de exigencias respecto a “lo que se debería tener” para dar paso a lo que necesitamos. De igual manera, podemos enfocarnos en vivir y experimentar más en el presente. Finalmente, se genera un impacto positivo en el medio ambiente pues al comprar menos, producimos menos basura y hacemos un uso racionado de los recursos que tenemos disponibles.

Aunque la aplicación minimalismo es más evidente en el mundo de lo material, también puede trasladarse a nuestra filosofía de vida: ¿a cuántos pensamientos negativos nos aferramos a diario porque creemos que nos protegerán o mantendrán más alertas?, ¿cuántas reglas de vida nos resistimos a simplificar porque “así hemos actuado toda nuestra vida” ?, ¿cuántas emociones hemos acumulado a lo largo de los años, pero no logramos dejarlas ir? Hacer una mejor selección de nuestras ideas y emociones es sumamente beneficioso y puede darse con más facilidad si empezamos por analizar aquellas cómo estamos eligiendo aquello que ocupa nuestro entorno físico.

Conoce otro artículo de su autora, Miriam Lúcar:

Miriam Lúcar es “65 y más. Envejecimiento activo”