El pasado viernes en la Universidad Carlos III se celebró el Seminario Internacional: “Género, Trabajo y Envejecimiento. Relaciones y Propuestas Intergeneracionales” con la participación de nuestro compañero Francisco Olavarría Ramos, licenciado en Historia y Teoría del Arte, con estudios en gerontología y comunicación social.

Su propuesta versó sobre la vida de Georgia O’Keeffe (1887 – 1986) y como su envejecimiento podría servir de gran ayuda a generaciones perdidas y sin modelos para vivir la vejez de manera autónoma y placentera.

La comunicación evitó el análisis de su obra pictórica, analizando el fenómeno de la vida larga como algo nuevo en el que la mujer puede vivirlo sin miedos y con orgullo, como así lo vivió la artista norteamericana.

El envejecimiento como creación artística y protector de la salud

“Podría haberos hablado de una mujer anónima, como mi abuela, para este viaje hacia la vejez satisfactoria pero en la vida de Georgia podemos observar el papel que durante siglos la mujer ha protagonizado. Un viaje desde la abnegación hacia la libertad, desde la complacencia hacia los autocuidados”, sentenciaba Francisco Olavarría.

Relató anécdotas como la defensa de su apellido de soltera, su negación a usar los productos cosmética  o a participar en exposiciones colectivas de mujeres reflejan su compromiso por los valores de justicia y libertad que el feminismo ha agradecido.

“Siempre me ha molestado que me digan que hay cosas que no puedo hacer porque soy una mujer”, ante la audiencia del Partido Nacional de la Mujer en 1926.

Del trabajo señaló su prolija obra, sin duda de unas de las artistas con mayor cotización dentro del mercado del arte, además de el interés a última hora por seguir aprendiendo de otras técnicas para demostrar toda su creatividad. Así ocurrió con la cerámica. ¿Quién sería su maestro?, lo revelaría minutos después y sorprendiendo a la audiencia.

Después de la muerte de su marido, el gran fotógrafo Alfred Stieglitz, Georgia se mudaría del bullicioso Manhattan al sur de los Estados Unidos, en ese camino hacia la libertad añorada. Un rancho solitario en la inmensidad del desierto de Nuevo México sería su hogar para el resto de los tiempos.

En esta etapa, aparecieron los primeros declives en su salud. Problemas en la vista. Es entonces cuando sucede el milagro. En 1974 conoce a Juan Hamilton (50 años menor que ella) mientras buscaba un hombre que le ayudase con las múltiples tareas de su nuevo hogar y el transporte asociado a esta nueva situación. Delicada y menos autónoma. Este hombre de antepasados latinos (con el que aparece en la foto que ilustra esta entrada) no sólo atrapa su corazón sino su interés por el arte que él dominaba, la alfarería. El sería el maestro.

Él llegó justo en el momento más desesperado, cuando más lo necesitaba

Frente a la pasividad y el abandono, la respuesta sabia es la actividad, la superación, la ilusión, la formación continua y la creatividad como el más poderoso antídoto del temido, por todos, envejecimiento patológico. Bajo estos preceptos, podemos situar la prolija obra pictórica de nuestra protagonista que pese a los problemas de visión, anteriormente mencionados, no dejó de crear nunca; manteniendo la ilusión por llegar a los 100 años.

De su autoría también es la siguiente obra que además contribuye a financiar este medio digital que vive la vejez con naturalidad y agradecimiento:

Cuaderno didáctico: “El Micro Edadismo lo vamos a jubilar”