¿Cuáles fueron los orígenes de Hartford? 

Hartford se constituyó como empresa privada a finales de 1990. En esa época, los Ayuntamientos estaban dando los primeros pasos hacia la externalización de servicios socioculturales, tales como talleres, actividades en centros de mayores, dinamización infantil y juvenil, etc. La complejidad gestora de estos proyectos requería el concurso de entidades privadas (empresas, fundaciones y asociaciones) para dar una respuesta flexible y adaptada a los requisitos específicos de cada programa. Hartford nace en ese contexto, si bien no se formularían objetivos de crecimiento y expansión hasta el año 2000.

Ya desde un principio, la empresa se orientó claramente al ámbito de la Animación Sociocultural con personas mayores, aunque también prestaba servicios en nuestras otras dos áreas de trabajo: la educación no formal y la gestión cultural. Pero nuestra vinculación al Envejecimiento Activo se produce desde el primer momento, ya con los contratos iniciales que se firman con el Ayuntamiento de Madrid. Con mi acceso a la Gerencia, ese mismo año 2000, y dada mi trayectoria profesional anterior, esta área de trabajo no hizo sino reforzarse e ir a más en sus objetivos.

¿Qué importancia tiene la intervención con mayores de todos los programas desarrollados por esta empresa de intervención social?

Si tomamos como referencia el pasado año, 2017, los programas de intervención con personas mayores supusieron un 74,67% de la facturación anual. Todos ellos están orientados a la Animación Sociocultural y el Envejecimiento Activo, puesto que Hartford no trabaja en el ámbito de la dependencia (residencias, centros de día o ayuda en el hogar). Nuestros profesionales, mujeres principalmente (hablamos de casi 600 personas), desarrollan su trabajo en más de 350 centros de mayores en 11 comunidades autónomas. En el Ayuntamiento de Madrid, por ejemplo, gestionamos este tipo de programas en 10 Distritos que abarcan un total de 38 centros y 131.904 socios y socias. Más de 1.200.000 mayores pueden acceder a las actividades que gestionamos para distintos ayuntamientos y, en especial, en el marco del Programa de Mayores de Obra Social “la Caixa”. Estas cifras reflejan nuestra implantación en el sector, pero lo realmente importante es el estilo de trabajo por el que intentamos caracterizarnos: nuestras señas de identidad.

En primer lugar, el cuidado al profesional, que se traduce en máximo respeto a sus conocimientos, a su sentido de la responsabilidad y su autonomía a la hora de tomar decisiones sobre el terreno. Procuramos también que el trato a la persona mayor no sea paternalista, que no se infantilice a nadie ni se utilicen de forma ilimitada estereotipos edadistas. Cualquier persona de edad avanzada posee una riquísima historia de vida, son auténticos faros en la niebla para las generaciones más jóvenes. Su condición de depositarias de la memoria oral, no solo familiar sino comunitaria, las hace indispensables para fortalecer el tejido social. Esto lo hemos podido apreciar de manera sobresaliente durante los años más duros de la crisis económica.

Por otra parte, siempre transmitimos a nuestras profesionales la necesidad de una escucha activa hacia las necesidades de los mayores, así como trabajar desde una escala de valores participativa y normalizadora. En el pasado mes de marzo organizamos una jornada de formación profesional con cerca de 60 animadoras socioculturales de mayores pertenecientes a Hartford. Fue muy satisfactorio comprobar que el estilo Hartford impregna a nuestros equipos y que estos, a su vez, valoran de forma muy positiva nuestra filosofía de intervención.

¿Cómo ha sido la evolución de los actuales centros de mayores desde que trabajas en el sector?

Mi primer contacto profesional con los centros de mayores se produjo en 1986, al acceder a un puesto de animador sociocultural en el Ayuntamiento de Coslada (Madrid). Se trataba de locales pequeños, acondicionados solo con un bar y un salón de juegos. Las únicas actividades que se realizaban eran una comida navideña y varios turnos de vacaciones en destinos de la costa española, Benidorm en particular. Estaban frecuentados solo por hombres y la presencia de mujeres todavía era mal vista por muchos de ellos. Las Juntas Directivas, exclusivamente masculinas, gestionaban el bar y organizaban alguna excursión en verano. Recuerdo que en otoño de ese año, en colaboración con el Centro Municipal de Salud, pusimos en marcha una campaña informativa para que los mayores se vacunaran de la gripe. Cerrábamos el bar y obligábamos a quienes se hallaban allí a escucharnos, bajo amenaza de no reabrirlo hasta que termináramos de hablar. En 1988 conseguí poner en marcha un grupo de teatro con mujeres y comenzar la participación en visitas a museos, exposiciones, etc. En términos personales, fue una época de enorme implicación personal. Sentías que estabas cambiando el mundo a tu alrededor.

Durante la década de 1990 se produjo un salto cualitativo. Las mujeres se incorporaron en masa a las actividades de los centros, sobre todo a las vinculadas con la salud (yoga, gimnasia, taichí, memoria, etc.), de forma que al comenzar el nuevo siglo, justo en el momento de mi incorporación a Hartford, había ya un tejido participativo muy extenso y bien trabado, con asociaciones culturales, grupos autónomos, voluntariado y comisiones participativas. Los programas de turismo social cobraron un gran auge debido a que esas generaciones de mayores, que hasta entonces no habían dispuesto de oportunidades ni recursos para viajar, se encontraron en disposición de hacerlo, tanto individual como familiar. Podían acceder a una oferta económica y de gran calidad hotelera. También el nivel educativo y cultural era mayor que en el pasado. En mi opinión personal, entre 1995 y 2005, aproximadamente, se sentaron las bases de lo que hoy conocemos como programas de Envejecimiento Activo.

A partir de 2005, con el auge de las nuevas tecnologías y el recambio generacional, los nuevos mayores empezaron a demandar programas formativos más completos. Se incorporaron a actividades muy novedosas (producción cinematográfica, teatro de vanguardia, universidades de mayores, etc.), y los centros se convirtieron en equipamientos imprescindibles en el sistema de bienestar social de las administraciones públicas.

Me gustaría resaltar aquí el papel de las mujeres mayores, que han sido el verdadero motor del cambio. En los programas que gestionamos desde Hartford, a día de hoy, 7 de cada 10 personas participantes son mujeres. Sin ellas no es comprensible el tremendo avance que se ha producido en España en materia de protección, cuidado y participación de las personas de edad avanzada.

¿Cómo ves el futuro de los mismos?

Los centros de mayores son un pilar fundamental en las políticas de Envejecimiento Activo, no solo por su oferta de actividades sino como espacio de encuentro generacional. Ahora que, por fin, la soledad de las personas mayores empieza a ser tenida en cuenta como un grave problema social, no debemos olvidar el papel que los centros han venido cumpliendo en España desde hace más de tres décadas. Sin embargo, la persistencia del edadismo, incluso dentro de los propios Servicios Sociales, limita su potencial comunitario.

En mi opinión, las actividades que ofertan los Centros deben abrirse más al entorno: colegios e institutos, centros culturales, bibliotecas públicas, equipamientos deportivos, etc. Para ello es preciso que los programas de animación sociocultural se enfoque tanto a las necesidades del colectivo (salud, ejercicio físico, arte y cultura) como a su capacidad de enlazar a las restantes generaciones en torno a un proyecto. El voluntariado es clave en este aspecto. He podido experimentarlo en varios ayuntamientos donde Hartford gestiona la Animación Sociocultural de sus centros de mayores: grupos de cine, aprendizaje-servicio, etc. La Red de Ciudades Amigables de la OMS es ejemplar, al incorporar a este grupo de edad a los procesos de mejora urbana.

Me gustaría resaltar que cada vez más personas mayores realizan actividades culturales, deportivas o artísticas en equipamientos de adultos, así como en universidades de mayores. Los centros deberían conectar con las inquietudes de este sector y diversificar más la oferta en cierto segmento de actividad (idiomas, más informática, escritura creativa, etc.), a fin de evitar una brecha creciente que puede arrastrar a los centros, sin pretenderlo, a cerrarse en torno a un nivel determinado de estudios u orígenes profesionales.

A grandes rasgos, ¿qué diferencias ves entre las mujeres y los hombres mayores que participan de vuestros programas?

Como ya he dicho antes, las mujeres han jugado un papel decisivo en la transformación de los centros en espacios de Envejecimiento Activo. Siempre han participado menos que los hombres en lo que llamaría «estructuras de poder» del centro: Juntas Directivas, comisiones, consejos, etc., aunque esta tendencia se ha ido revirtiendo en los últimos años. Conceden una particular importancia a las actividades relacionadas con la salud y su implicación en materia de igualdad es cada vez mayor.

Los hombres, en cambio, han tenido un rol menos relevante a la hora de promover Animación Sociocultural y quizá demasiado excluyente en esas «estructuras de poder» a las que me he referido antes. No obstante, las diferencias van desapareciendo a medida que las generaciones provenientes de la revolución cultural y de valores de la década de 1960 se van incorporando a la vejez y la jubilación. Seguramente, en los próximos años, la frontera entre adultos mayores y mayores va a ser imperceptible, al menos hasta edades muy avanzadas o personas con un elevado grado de dependencia.

¿Ha sido casualidad que su empresa esté formada mayoritariamente por mujeres? 

El 75% de la dirección ejecutiva de Hartford son mujeres. Esta regla 7:3 se mantiene en todos los niveles de la empresa. Creo que no es casualidad. La implicación de las mujeres en las profesiones vinculadas a la intervención sociocultural es decisiva para entender lo mejor del funcionamiento del Estado de Bienestar en España. Como empresa hemos ido creciendo también en lo interno, facilitando al máximo la conciliación de la vida laboral y personal. En febrero del año pasado dimos un paso más allá al suprimir, en nuestros servicios centrales, el modelo tradicional de jornada de trabajo vinculada a unos horarios rígidos y a una presencialidad estanca, sustituyéndola por una flexibilidad total adaptada, de un lado, a las necesidades del cliente, y de otro, a las circunstancias familiares de nuestra plantilla.

Desde noviembre de 2016 disponemos de un Plan de Igualdad con arreglo a la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres. Este Plan fue fruto del esfuerzo conjunto entre la dirección de la empresa, el departamento de RRHH y el Comité de Trabajadores/as. La Comisión de Igualdad es un órgano permanente de la estructura de Hartford.

¿Cómo ha cambiado la animación sociocultural desde los años 80?

La Animación Sociocultural bebe de dos grandes manantiales: la escuela francesa y la latinoamericana. Esta última posee una identidad y una praxis muy vinculada a los movimientos sociales surgidos en torno a 1968. Tras la puesta en marcha de los ayuntamientos democráticos en España, a partir de 1979, tuvo un gran impulso en ese ámbito local, entre otras razones por las graves carencias en infraestructuras y servicios socioculturales que tenía entonces nuestro país, tras el erial de la dictadura. Es cierto que hubo iniciativas magníficas de desarrollo comunitario, como el programa Culturalcampo, dirigido por Avelino Hernández, uno de los grandes maestros de nuestra Animación Sociocultural. Pero, en líneas generales, se impuso el modelo francés, donde la gestión de servicios ocupaba un gran espacio político y administrativo. El caso de los programas dirigidos a personas mayores fue idéntico. Durante la década de 1990, este modelo de gestión derivó en un práctico abandono de los enfoques participativos originales de la Animación Sociocultural, en línea, por otra parte, con las tendencias globales de la sociedad española hasta la irrupción del 11M.

El Envejecimiento Activo, sin embargo, ha ofrecido espacios de participación muy amplios que no siempre son bien aprovechados por las profesionales. No obstante, creo que en el ámbito gerontológico es donde se está llevando a cabo una Animaciónn Sociocultural más diversa, muy enriquecedora y con un profundo sentido de los lazos comunitarios e intergeneracionales. Y aunque en los centros se siguen realizando muchas actividades idénticas a las de hace veinte o veinticinco años (lo cual no es malo en sí mismo, pero refleja una fuerte tendencia al edadismo), se ha evolucionado muchísimo, sobre todo en el área de las nuevas tecnologías.

¿Qué proyectos pensados para las personas mayores fueron un éxito y cuáles un fracaso?

A partir de mi experiencia personal, la creación audiovisual hecha por personas mayores ha sido un enorme éxito. Es un formato muy participativo, intergeneracional y que permite establecer lazos comunitarios muy potentes. Creo que el teatro podría englobarse también en esta categoría. Y de forma muy específica, es espectacular el resultado del certamen de relatos organizado por RNE y Obra Social “la Caixa”, donde participan cada año más de 1.300 personas mayores, lo cual me parece una cifra descomunal, en términos de lectura y escritura creativa.

No sabría decir muy bien qué proyectos pueden considerarse un fracaso, pues incluso los que han podido dar peores resultados en términos de participación, nos han servido para generar nuevas actuaciones, más ajustadas a la realidad. Durante muchos años me ha preocupado enormemente la escasa repercusión de los programas intergeneracionales. Creo que los centros de mayores propician una cierta endogamia colectiva que se traduce en un escaso compromiso en esta área de intervención. Pero es cierto que el edadismo supone una gran barrera para que los jóvenes y adultos jóvenes vean en los mayores una fuente de cohesión social, su aportación comunitaria, y se tiende a infravalorar más allá de iniciativas un tanto aisladas.

Creo que los ayuntamientos podrían hacer mucho más para impulsar modelos como el Aprendizaje-Servicio, que se nutren de lo intergeneracional y son muy eficaces para combatir el edadismo.

En un plano más personal, ¿qué sientes en los momentos que miras hacia atrás?

Empecé a trabajar con personas mayores, como ya he dicho al principio, en 1986. Yo tenía entonces 25 años. Me asomé al trato con personas cuyas raíces emocionales se hundían en la España de comienzos del siglo XX. Era un mundo que ya había desaparecido y que, de pronto, se mostraba a mis ojos juveniles en toda su intensidad original, más allá de los libros de historia. Nunca estaré lo suficientemente agradecido a esas personas que tanto me ayudaron a madurar, a ampliar mi visión social y a ser mucho más tolerante y respetuoso de lo que habría sido en otro tipo de trabajo.

Cuando pongo los pies en un centro actual, veo los carteles de talleres u otras actividades y escucho a la nueva generación de mayores, obtengo una visión global de los cambios sociales en largos periodos de tiempo. Consigo desprenderme de la inquietud cotidiana, relativizar el estrés y los problemas laborales. Me encanta escuchas a estas personas y sentir que, de alguna manera, yo he sido partícipe activo en la construcción de esas redes de actividad en las que ahora participan.

Pero no es una visión nostálgica, ni mucho menos. Me alegro de haber tenido esta historia de vida. Me siento muy afortunado. Llevo la animación sociocultural en el corazón.

¿Qué personas mayores influyeron en ti para bien?

La gente, a esta pregunta, suele responder mencionando a sus abuelos y abuelas. En mi caso, dado que fallecieron cuando yo era muy niño, fueron una influencia menor. Siempre he admirado (por inclinación personal, dado mi gusto por el arte y la literatura) a creadores como Kurosawa, que dirigió cuatro de sus mejores películas a partir de los 65 años de edad; Saramago, cuya voz narradora no deja de agrandarse durante su vejez; o, por citar otro ejemplo, Picasso, que trabajó sin descanso prácticamente hasta el mismo día de su muerte, con 91 años. Ese ese modelo de vejez activa, que rompe todas las fronteras de la edad, con el que me identifico en lo más hondo.

¿Qué haces para combatir una vejez patológica?

La vejez patológica (siempre que no haya enfermedades invalidantes) procede de la inactividad física y mental; también de la sensación de haber llegado al final de la vida y arrojar la toalla. En mi caso, aunque no soy una persona mayor por edad (ahora tengo 57 años), he comenzado a adentrarme en el mundo de la escritura creativa, la narrativa de ficción. Emprendo nuevos proyectos que estimulan mi imaginación. Espero ser un autor consagrado a partir de los 70 años. Es una buena edad, creo. Y viajar en compañía de mi pareja y de mis amigos. Supongo que cuando la muerte venga a reclamar mi óbolo, la miraré cara a cara y le diré: «No me has dejado tiempo suficiente, todavía me queda un largo futuro por descubrir».

Luis Gómez García, director gerente de Hartford.