Nunca encontró la partida de nacimiento pero ella creía haber nacido entorno a 1899. Fue en Jávea, provincia de Alicante, de padre marinero que enviudó relativamente joven y que educó a sus 3 hijas para casarse, procrear y perpetuar los valores de una familia tradicional, de las de como se decía por entonces, eran las de toda la vida. Cristiana y decente.

Se llamaba María pero la conocían como “Chispi”. Si te preguntas por este sobrenombre, debías haberla conocido. Era pura alegría, tanto que a todo aquel que se le acercaba con actitud lastimera, les soltaba la misma frase: “¡Nadie quiere a gente triste a su lado, así que no seas tú una de esas!” La recuerdo perfectamente aunque yo fuese por entonces, una adolescente algo despistada cuando ella murió.

Cuando las mujeres de su edad si llevaban moño alto (nunca más), ella, una castaña baja. Nunca vistió de luto a pesar de las múltiples muertes que habían golpeado a su familia. A ésto respondía con otra frase recurrente “¡Yo la pena la llevo por dentro!” Tan dentro que nadie la escuchó lamentarse. Era una mujer sencilla pero que sentaba cátedra cuando hablaba.

Nació mucho antes del prêt-a-porter, ni siquiera lo hubiese sabido pronunciar u entendido el fenómeno que supuso todo aquello que a mi ya empezaba a interesarme. Si hoy viviese tampoco no habría comprendido el boom de las blogueras y su capacidad de imponer gustos. Como si la viera, seguro que diría: “¡Van echas un adefesio!” y no le faltaría razón.

Contrariamente a sus amigas y hermanas, nunca le interesó la costura. Eso sí, a su marido Benito siempre le subía los bajos de los pantalones y sus camisas para trabajar en el campo, eran zurcidas con empeño, “porque allí no se iba a presumir de clase”. Esta literalidad se la debo a mi madre.

Compraba sus vestidos en el mercadillo de los jueves o en la tienda de su amiga, Confecciones Felisa, donde se fiaba. Con simples alfileres lograban escaparates dignos de reconocimiento. ¿Os acordáis como eran esas vitrinas? Aquello si que era maximalismo. Lo reconozco, me pongo nostálgica. De su mano, los observábamos fascinadas, soñando con algún día poder lucir esos vestidos en la graduación de alguna de sus nietas. Sin imaginarse que años después la pequeña, ósea yo, estudiaría diseño textil.

De ella aprendí que el estilo no se compra, que las tendencias pasan de moda rápido y que la elegancia puede ser heredada, pero sólo con el ofició de la educación y el respeto al diferente.

En mi juventud observaba extrañada aquellos estampados imposibles y confieso que lo atribuía a una desconexión de la realidad por su avanzada edad. Mucho he recapacitado sobre ello y creo haber llegado a una conclusión. A medida que nos hacemos mayores, nos sentimos más libres para todo y también, para combinar prendas de vestir al libre albedrío. Entendí que si ella sentía guapa, ¿quién era yo para cuestionar sus estilismos?

Antes de que las modernas “inventaran” los ‘wrap dress’, o los ‘tea dress’ que ahora parecen que son lo último, mi abuela ya era una toda una “influencer”. Sin likes pero con seguidoras, no más allá de su barrio, que admiraban su naturalidad y bien-estar en cualquier situación.

Coincidencias del destino, murió el mismo día y en el mismo lugar que otro de mis ídolos en el mundo de la moda. Cristobal Balenciaga había elegido el pueblo de mi abuela para pasar sus últimos días.

Aprendí que en moda todo vuelve pero no así, las personas que como mi abuela o como aquel ilustre vecino, con el que nadie reparó pero que transformó el mundo de la alta costura. Ella me dejó la mejor herencia y ÉL, el mejor legado a la profesión de mi presente por siempre jamás. Como dirían las antiguas, del corte y la confección.

Por cierto, me estoy dejando el pelo largo para recrear aquel moñete que tan buenos recuerdos me trae. ¿Lo pondré de moda?

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